Musidora: la musa que quiso ser artista

Si nos remontamos a la imagen de la vampiresa por excelencia, Carmilla es lo que nos viene a la mente con más rapidez en el campo de la Literatura. Sin embargo, si nos referimos al cine, las imágenes se alejan, se distorsionan e incluso nos será difícil encajar una concreta.

Sin embargo, en la década de 1910, una actriz se impuso como arquetipo de la vampiresa (aunque no como lo conocemos hoy por hoy) por excelencia en los círculos intelectuales franceses. Se llamaba Jeanne Roques y la conocieron como Musidora, nombre artístico que tomó de la heroína de Théophile Gautier.

“Leí Fortunio, de Gautier. Escogí el nombre de la heroína Musidora y comencé a vivir en un sueño. Me conmovió la fe: la escena, el telón que se levanta, la rampa, el maquillaje y los decorados, toda esa región de “lo inventado”. Quería estar a su servicio… Y aprendí mi trabajo como una artesana”.

Así, en 1910 comenzó su andadura como actriz en diversas obras de teatro, llegando a actuar incluso en la sala Bataclán de París, donde conoció a la escritora Colette, algunas de cuyas novelas se convertirían años después en adaptaciones al cine firmadas por Musidora.

Fue en aquella época también cuando Louis Fouillade se fijó en ella y le propuso el papel que le daría la fama en la serie de 10 películas Les Vampires. Se trataba de Irma Vep (el nombre es un anagrama de la palabra vampire) que, lejos de ser una vampiresa al uso, era ni más ni menos que una cantante de cabaret que acabaría por convertirse en líder de un grupo de delincuentes.

Enfundada en un ajustadísimo mono de satén en una época en la que el simple hecho de no llevar falda ya era revolcionario para una mujer, se convirtió en el arquetipo de la mujer fatal, incurriendo en una nueva feminidad y un ideal muy distinto al que la sociedad estaba acostumbrado.

“De alguna manera, Musidora es la mujer moderna. La figura que representa es lo opuesto a la conciencia”, decía de ella André Breton, que junto con François Aragon le rindieron homenaje en Le Trésor des Jésuites, donde todos los nombres de los personajes están compuestos por anagramas del nombre artístico de la actriz a la que bautizaron como “la décima musa”.

Más que musa

Sin embargo, actuar e inspirar ese ideal nada típico no era lo único a lo que Musidora aspiraba. Se enamoró de un rejoneador y con el se mudó a España, donde rodó tres películas como productora, guionista, directora e intérprete entre los año 1920 y 1924. La Capitana Alegría (1920) y Sol y Sombra (1922) fueron los dos primeros títulos.

Pero, como era casi de esperar, el rejoneador se fue con otra y allí quedó Jeanne, descompuesta, sin novio y con La Tierra de los Toros (1924) a medio acabar.

Volvió a su París natal para casarse con un médico y abandonar el mundo del celuloide para volver a las tablas. Tras su divorcio se refugió en la literatura y llegó a publicar dos novelas: Arabella et Arlequin y Paroxysmes, así como el poemario Auréoles y varias canciones.

Murió en la capital francesa tras una vida entera dedicada al arte y en cuyos años finales se volcó en la Cinemateca Francesa. Sus obras (sobre todo las literarias) quedaron en el olvido. Casi misión imposible es encontrar alguna de sus novelas o sus poemas en francés (no digamos en castellano), aunque gracias a la magia de Internet (y el pozo sin fondo que es Youtube) todavía podemos verla en acción con sus mallas y su mirada enmarcada en negro profundo.