El desencanto como insumo político mexicano

Por @AlineZunzunegui

México en el año 2018 tuvo la elección más grande de su historia. El nivel de participación en las elecciones ascendió al 60% y el Presidente de la República obtuvo un amplio rango de votos sobre los demás candidatos. Pero lo más emocionante apenas comenzó, ya que los rezagos a nivel democrático fueron sorpresivos: partidos políticos deslegitimados, desaparición de algunas fuerzas políticas, surgimiento de nuevas oposiciones y contrapesos, un partido con el poder político en casi todo el país y un discurso que se alimenta del desencanto de los mexicanos.

Sin embargo, para comenzar a visualizar el estado actual de la democracia mexicana es fundamental retomar dos debates paralelos: La deslegitimación de los partidos y el desencanto ciudadano como insumo político.

 

Actores políticos convencionales y deslegitimados

Muchos partidos pierden poco a poco su encanto y a la vez seguidores. La crisis de legitimidad que sufren los candidatos convencionales no es exclusiva de México, en otros países las situaciones son similares. El caso por ejemplo de Islandia, en donde Jón Gnarr, comediante, ganó para ser alcalde de Reykjavik. Jón se postuló en 2010 como un gesto de protesta y comedia ante la clase política a la que acusa de la crisis financiera. A pesar de que las intenciones eran una ficción, fue él quien terminó ganando las elecciones de su comunidad.

Casos como el anterior, se repiten en México, tal es el ejemplo de Cuauhtémoc Blanco, exfutbolista que se posicionó como Gobernador del estado de Morelos en esta actual gestión. Blanco se dedicó por casi 24 años al fútbol soccer pero en 2016 comenzó su carrera política tomando el cargo de presidente municipal por Cuernavaca, Morelos.

Los  ejemplos  de Gnarr y Cuauhtémoc Blanco son algunos casos que nos permiten demostrar cómo la ciudadanía busca votar por candidatos cuyos pasados no estén “completamente” ligados a los partidos políticos. ¡Gran reto!

Sin duda, muchos candidatos “convencionales” ya no conectan completamente con el contexto actual y el sistema ha recurrido a figuras de otros sectores como el deporte, el teatro, la televisión o la comedia.

El enojo se ha generalizado de tal forma que los ciudadanos buscamos actores políticos que nos digan que no lo son. No hay puntos en contra o favor, pero debemos asegurarnos de que los candidatos seleccionados, sin importar su origen político, brinden eficacia en sus decisiones para representar los intereses no sólo de sus votantes sino de las comunidades enteras.

 


“El enojo se ha generalizado de tal forma que los ciudadanos buscamos actores políticos que nos digan que no lo son”


 

Lo que parece interesante es cuando aquellos candidatos “no convencionales” no logran llenar las expectativas ciudadanas. El desencanto suele incrementar, en ese momento culmen sólo nos queda exigir que los próximos actores políticos sean completamente honestos o en su caso mantener el ciclo del desencanto transitando de una a otra corriente ideológica pero sosteniendo las mismas prácticas.  Cuál utopía a la que tenemos que dirigirnos es la profesionalización y honestidad de los representantes. 

 

 

Cuauhtémoc Blanco / Diario As

El desencanto como insumo político

Retomando el sentimiento de desencanto en la ciudadanía es importante mencionar que en 2016, el 80% de las personas no confiaba en los partidos políticos ni en los diputados. El índice de credibilidad hacía estas figuras ha sido extremadamente baja y no se diga de la participación ciudadana la cual no rebasa históricamente el 60%. El desencanto y la desconfianza han sido “pilares” de la democracia mexicana.

Los conceptos anteriores se han visto impulsados en cierta medida por los actos de corrupción, las noticias falsas y por la construcción de discursos políticos, estos últimos por lo regular suelen exacerbarse en campañas electorales y tienen como propósito deslegitimar a diversos grupos o instituciones.

Actores políticos que han utilizado el discurso basado en el descontento social son por ejemplo Pedro Kumamoto y Miguel Barbosa. Kumamoto candidato independiente en 2018 al Senado utilizó como eslogan de campaña la frase: “Vamos a reemplazarles” refiriéndose a los representantes actuales. El hashtag que posicionó fue #QueLoHaganMejor, y en sus spots se escuchaba: Si hacen campaña sucia, su gobierno será sucio.

Por su parte el candidato Miguel Barbosa, contendió en 2018 y también en la elección extraordinaria para 2019, después de la muerte de la candidata y virtual ganadora a gobernadora en 2018. En ambos procesos electorales, Barbosa posicionó el mensaje: “Juntos haremos historia en Puebla.” En diversas ocasiones el candidato mencionaba la importancia de acabar con el nepotismo y la corrupción, refiriéndose a las actuales gestiones y otras posturas ideológicas. 

Ambos candidatos mencionados en este artículo –pero no los únicos- apelaban al desencanto y la poca credibilidad que tiene la ciudadanía hacía otros actores, instituciones y partidos políticos. En ese mismo sentido, todas las candidaturas presidenciales en 2018 hicieron referencia a combatir las prácticas de corrupción, casi siempre refiriéndose a los actos corruptos de los contrincantes.

De acuerdo con el estudio realizado por Fabiola G Franco, Vicecoordinadora Operativa de Voto Informado, el tema de corrupción fue el más mencionado en redes sociales, sobrepasando seguridad, economía y relaciones bilaterales. La interrogante es por qué la corrupción se posicionó como el tema más relevante en la agenda política.

 


“Los actos de corrupción deben ser erradicados, pero para el bienestar y desarrollo de nuestras comunidades necesitamos aún más respuestas” 


 

Durante las campañas y desde poco antes se planteó bajo  el punto de vista de diversos académicos, influencers y políticos que el combate a la corrupción es la panacea que permitirá solucionar los problemas de todos los votantes. Al mismo tiempo, el posicionarse contra la corrupción significaba polarizar el debate y sólo aprovechar el bono electoral de ciudadanos desencantados. Sin duda, los actos de corrupción deben ser erradicados, pero para el bienestar y desarrollo de nuestras comunidades necesitamos aún más respuestas. 

Nuevamente reto el discurso y me pregunto ¿Qué pasará con la democracia cuando los candidatos que prometieron dar soluciones a todos los problemas no logren cumplir con las exigencias de los votantes?