En la boca del lobo. Parte III

 

Por Juan Francisco Torres

Detuve mi marcha una vez llegado al punto más al sur de Tajikistán.

Me senté sobre el polvo para decidir mi ruta, pues tenía dos opciones. Si continuara acariciando la ribera afgana durante varios días podría asomarme al corredor de Wakhan, un estrecho desfiladero que se abría de este a oeste y que había sido paso obligado por razones geográficas para las caravanas desde tiempos remotos.

Tenía gran interés en explorarlo.Desde una perspectiva cultural, la etnia Wakhi había logrado permanecer bastante intacta tras décadas de conflicto.

También ocurría que desde ese punto, me separaban menos de quinientos kilómetros de Abbottabad, en Pakistán, la ciudad donde Bin Laden se había escondido durante años antes de ser asesinado por los Navy Seal de EEUU.

Descubrir que la casa de Osama Bin Laden se encontraba a menos de trescientos metros de una academia del ejército pakistaní y de viviendas de oficiales retirados había causado un gran revuelo. No era la boca del lobo, pero casi. En algún lugar de su hocico.

Si acaso el gobierno sabía que el hombre más buscado del momento se escondía ahí, tendrían que explicárselo al mundo. Por el contrario, declarando que no lo sabían, habrían demostrado una gran incompetencia.

Sin embargo, no hubo demasiada presión a espera de respuestas. Varias potencias tenían interés en que el fuego siguiera ardiendo.

Qué mejor manera de probar el nuevo armamento que en un campo de batalla real.

Lo de Pakistán parecía más necesidad que interés. Poseía un ejército enorme, puesto que en el momento de la partición de la India Británica en 1947, se había llevado casi la mitad del ejército para un quinto del área dividida, siendo el 80% del área restante para la India.

Yo me mantenía al margen, aunque durante mis estancias en India, escuché que Pakistán no era un país con un ejército, sino un ejército que tenía un país.

También escuché, demasiadas veces, sobre las amenazas extremistas desde India y Afganistán, que Pakistán utilizaba como pretexto y así pedir ayuda a EEUU para combatir el terrorismo.

Según los indios, las amenazas no eran ciertas, sino creaciones de Pakistán para justificar la inmensidad de su ejército, estrategia que por décadas les funcionó bien. Pero por suerte, decían los indios, Trump está haciendo un buen trabajo cerrando el grifo que alimenta la supuesta lucha antiterrorista. No hay mal que por bien no venga.

Era curioso ver cómo las relaciones entre Pakistán y China habían ido estrechándose desde que las de EEUU y Pakistán habían ido deteriorándose.

Con todo, encontrar al hombre más buscado del mundo, en el lugar más seguro de un país que se suponía su enemigo, daba mucho que pensar.

EEUU no pudo castigar a Pakistán como hubiese querido. Para poder acceder a Afganistán por tierra, los puertos en Karachi eran su única opción. Desde ahí, también podrían exportar gas y petróleo como importar tropas y suministros. Otras opciones por tierra eran inviables. Por el Oeste, sus relaciones con Irán estaban muy deterioradas. Y por el Norte, Tajikistán y Rusia mantenían una buena relación.

 

 

Una nueva meta

Con todo esto en mi cabeza, tal vez cansado por tanto politiqueo e historia, disgustado por las mentiras y propaganda, o entristecido por ver cada día a las mujeres afganas obligadas a esconder su identidad bajo un burka, decidí virar al norte, despedirme de Afganistán y alejarme de todo aquello.

Desde Khorog comenzaría a ascender de valle en valle, despidiéndome también del verde. En cuatro días habría alcanzado el altiplano.

Sabía lo que me esperaba allá arriba. Me esperaban tiempos de escasez. Me esperaba el hambre y la sed. Me esperaba la falta de oxígeno. Noches enteras en vela. El frío. Aunque para los que sepan de lo que hablo, no había nada más doloroso que la soledad.

Durante semanas enteras estaría rodeado de nada más que no fuera polvo y roca, completamente aislado de otros seres vivos.  Ya no es que no hubiera ninguna persona con quien poder comunicarme, es que ni siquiera vería una brizna de hierba verde, ni un gato. Con suerte, vería algún cuervo, aunque sus graznidos tampoco me hacían sentir bienvenido.

La ansiedad de imaginarme por momentos separado en cientos de kilómetros de cualquier ser humano, ganaba más peso a medida que crecía el agujero en mi estómago, y aunque me había tomado años de experiencia en los desiertos aprender a silenciar el hambre en Tanzania o Madagascar, ocurría que la vida en los desiertos fríos era mucho más dura.  La energía se disipaba con el frío, ya que el cuerpo utilizaba casi todas las calorías de los alimentos para mantener el calor interno. Además de porque escaseaba el oxígeno, que es la opción más directa del cuerpo para obtener energía, y por la irracionalidad con la que uno se encuentra al haber perdido el aliento.

Por no hablar de las noches más largas que uno podría imaginar, acurrucado en su saco de dormir, no escuchando más que sus propios latidos del corazón que trabaja más rápido tratando de mandar el suficiente oxígeno al resto de los órganos. O la deshidratación, pues poca es el agua que uno encuentra a cinco mil metros de altura. Además, derretir hielo para beber es un proceso desalentador, al ver lo que disminuye su volumen.

Pero sobretodo, lo peor era estar preocupado por imaginar a los míos preocupados. Qué galimatías.

Yo ya había pasado por todo aquello en los desiertos fríos de Atacama, en Chile. En el Gobi, en Mongolia. En el de Ladakh y Spiti en Cachemira. En Tibet. Aún así, sabiéndolo, había decidido volver porque también sabía lo bien que hacía a mi persona pasar por aquello.

No puedo entender al mundo sin conocerme a mí, y la única manera de lograrlo es enfrentándome a mis miedos en soledad.  Sí, es doloroso. Del mismo modo que duelen los músculos tras el primer día de gimnasio. Todo este dolor por aislamiento y soledad no es sino agujetas en el alma, y como tales, se desvanecen para dejar un cuerpo y mente más sanos y funcionales.