¿Por qué las mujeres cobramos menos que los hombres?

En Israel las mujeres ganan 81 centavos por cada dólar y en Corea del Sur 0,65 centavos por cada dólar. Las mujeres ganan menos que los hombres en su trabajo, por lo que las mujeres ganan menos por el simple hecho de ser mujeres. La mujer que no es madre gana el 95 por ciento de cada dólar. Cobras menos por ser mujer y madre. 

Las trabajadoras de Deloitte en Reino Unido cobran un 43% menos que sus compañeros. Una brecha llamativa pero sutil que se traduce en complementos salariales y reconocimientos. En España, según el último informe de Oxfam  ‘Reparto Desigual’, las empresas del Ibex 35 han ganado un 11,3 por ciento más desde 2008 a pesar de haber bajado los salarios y no ofrecer transparencia acerca de los mismos. Teniendo en cuenta que solo el 21,8% de los puestos directivos son mujeres, no habrá paridad hasta 830 años.

El inicio de toda brecha salarial, una de las patas de la disparidad entre hombres y mujeres, me lleva a pensar irremediablemente en mi abuela y en las abuelas de mis amigas. No conozco a muchas abuelas farmacéuticas, médicas o abogadas porque lo más común ha sido que ellas o incluso nuestras madres, no hayan pisado nunca una facultad por quedarse en casa cuidando o por haber ocupado nichos de mercados feminizados. El no empezar a andar desde la misma casilla de salida fue la semilla que después haría crecer los estereotipos de género y cuestionar ciertas aptitudes de las mujeres.

El mantenimiento de esta brecha salarial se debe a que aunque hemos entrado en el mercado laboral, todavía se intuye que debemos ser las cuidadoras. Se asume nuestro rol desde cambiar el pañal hasta decidir la cena. Cuando una madre trabaja a tiempo completo fuera de casa, se calcula que a lo largo de un año trabaja tres meses más de labores del hogar. 

Hoy es el Día Europeo por la Igualdad Salarial de Mujeres y Hombre. Es probable que se saquen comunicados con el lema “Equal pay for equal job” mientras las mujeres cobran todavía un 21,5% menos que los hombres de media (según Eurostat), se les acosa o no se les reconoce su trabajo.

¿Por qué Ruanda “acabó” con la brecha salarial?

 

Cuando yo tenía dos años, en Ruanda, las mujeres no podían hablar en público ni abrir una cuenta bancaria. Tampoco podían defenderse de la violencia machista ni heredar las tierras de sus padres.  Vivían bajo el proverbio ruandés: “las gallinas no cacarean con un gallo delante” y se dedicaban a cocinar frijoles, recoger plátanos y a columpiar al bebé en casa.

En 1994, el gobierno hegemónico hutu intentó acabar con la población tutsi. Fue una de las consecuencias del gobierno colonial belga, que había establecido un sistema diferenciador entre castas dominantes y castas subordinadas.  La minoría hutu dominaba y la mayoría tutsi estaba subordinada. En solo tres meses de guerra, murieron 800.000 personas y violaron a 200.000 mujeres. 

Cuando el sistema de castas fue eliminado, más del 60% de la población estaba formado por mujeres. Ante la escasez de hombres en el mercado laboral, se vieron forzadas a cubrir ciertos puestos que antes eran impensables: ejército, policía, gobernadoras, alcaldesas. Las mujeres comenzaron a reconstruir el país por lo que la constitución se cambió para poder hacerlo efectivo institucionalmente.

Hoy en día, Ruanda tiene el 61% de los escaños en el Parlamento y una tasa de participación laboral del 88%. Eso sí, tuvo que haber un genocidio para poder empezar a reconocer a las mujeres como personas.

Ruanda puede parecer la utopía feminista según los rankings internacionales que lo sitúan por delante de Suecia y Canadá, referentes paritarios. Las leyes le han blindado cierta garantía a la igualdad entre sexos, sin embargo, las mujeres ruandasas se siguen enfrentando a violaciones y abusos. Generalmente, en institutos y en el mundo rural donde prevalece la tradición y la jerarquía.

Los privilegios cuesta perderlos y no entienden de fronteras ni de genocidios.