Los peligros de Tajikistán (III)

Por Juan Francisco Torres

Fátima había insistido en que viajaramos a la aldea donde vivía el resto de su familia.

Allí, su abuela Zahida, que había cumplido hacía poco los noventa y tres años, pasaba el día tumbada bajo la parra, dejándose cuidar por todos.

Vi a su bisnieta, de siete años, lavándole los pies con extremo cuidado como si supiera de su fragilidad, tras haberlos introducido en un barreño de agua jabonosa que se adivinaba tibia.

Al cabo de un rato y con la misma naturalidad que la pequeña, su nieto de once se acercó a la parra y, sentado sobre las mantas, comenzó a pelarle fruta. También los adultos venían a cuidar de la anciana. Aunque aquello causaba menos impacto.

Todo era un flujo continuo de gestos que mostraban cuanto cuidaban a sus mayores, lo que me hizo pensar que en occidente deberíamos, al menos, tratar de entender que todas las culturas tenían algo que aprender de las otras. Vendría bien al mundo una buena cura de humildad, pues desde luego que no era común ver aquellos gestos ni costumbres en la cultura occidental.

Viendo todo aquello me recordó a algo que había leído en el Corán, y que decía “Quién honre a aquél de pelo gris, glorificará a Alá”.

Mientras observaba a su familia, comencé a pensar que toda esa amabilidad debía haberse registrado en su genética, ya que parecían haber sido entrenados para el servilismo, aunque sin sumisión. Tampoco era un caso de género. Todo tipo de personas, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, mostraban una profunda satisfacción después de haber ayudado en alguna manera.

Por supuesto, la responsabilidad económica de la mayoría de las familias todavía recaía en manos de los hombres, pero cada año eran más las mujeres que iban a trabajar, como maestras o enfermeras, e incluso algunos cargos en el gobierno. La misma madre de Fátima era doctora.

Pensé para mí mismo que si continuaran adaptando ciertos hábitos del oeste, como una mayor igualdad entre hombres y mujeres, pero fueran capaces de mantener su humildad y amabilidad, sería una sociedad maravillosa en la que vivir. El hecho de ver incluso a los niños más pequeños dispuestos a recoger la mesa, limpiar los platos o traer leña sin que sus padres tuvieran que dar la orden de hacerlo, era asombroso.

Además, sucedió varias veces que demostraron tener un sensor que indicaba mis necesidades, y en los días que pasé con ellos, en demasiadas ocasiones para que fuera una coincidencia, me preguntaban sobre mi fatiga, sed, o apetito, en el mismo momento en que pensaba en ello.

No pensé que el carácter altruista de aquellas gentes tuviera una razón histórica, no obstante, me fui a dar un paseo por sus recuerdos tratando de entenderlo.

El Tajikistán moderno había pertenecido al primer Imperio Persa, hasta que cayó en manos de los Macedonios alrededor del siglo III a.C.

Luego cayó bajo los Heftalitas, una confederación tribal de nómadas de la estepa, hasta que llegó el Imperio Tibetano, que durante los siglos séptimo y octavo aún no había comenzado a predicar su carácter actual de compasión y no-violencia. Pronto estuvieron nuevamente bajo el control de los persas, hasta el siglo XIII, cuando los mongoles llegaron durante el Khanato de Chagatai, que fue uno de los cuatro Khanatos en los que el imperio mongol se dividió tras la muerte de Genghis Khan.

El conquistador Timur, crearía más tarde la dinastía Timúrida que gobernaría con mano dura éstas y otras tierras hasta la llegada de la dinastía Bukhara, el origen del Uzbekistán moderno. Finalmente, llegó el imperio ruso, hasta la era soviética.

La mezcla de características físicas entre los tajiks, resultado de tantos siglos de intercambio, era algo que sí que se expresaba claramente. Se podía observar a un grupo de personas que comían en la misma mesa, con la misma ropa que los caracterizaba como pertenecientes al mismo grupo étnico, pero la clara distinción en sus rasgos físicos indicaba que sus genes provenían de partes muy distantes. El gen mongoloide de esas caras redondas sin barba y ojos rasgados, por ejemplo. O el túrquico, con narices puntiagudas y cejas tupidas. Incluso los caucásicos, con ojos y pelo claros.

Y aparte de toda esa mezcla de imperios y dinastías, religiones y culturas, una importante red de rutas comerciales habían pasado por allí durante quince siglos.

La ruta de la seda, que había sido una vasta y compleja red de rutas que conectaba el este con el oeste, y que no había sido sólo seda ni sus gusanos lo que por ella circulaba, sino una infinidad de productos, cultura, información, esclavos, ejércitos y enfermedades, y fuera posible, que los habitantes y sus comerciantes, durante esos mil quinientos años de intercambio, se hubieran acostumbrado a unas expectativas positivas. A una cálida bienvenida.

Protegidos por la seguridad relativa que ofrecían las ciudades, había sido la única manera de que las rutas lograran proliferar durante tanto tiempo.

Después de todo, protegerlas había sido un interés común entre todos los poderes del momento.