En Brasil, Lula se multiplicará

“- ¿El departamento es suyo?
– No.
– ¿Seguro?
– Seguro.
– ¿Entonces no es suyo?
– No.
– ¿Ni un poquito?
– No.
– ¿O sea que usted niega que sea suyo?
– Lo niego.
– ¿Y cuando lo compró?
– Nunca.
– ¿Y cuánto le costó?
– Nada.
– ¿Y desde cuándo lo tiene?
– Desde nunca.
– ¿O sea que no es suyo?
– No.
– ¿Está seguro?
– Lo estoy.
– Y, dígame: ¿por qué eligió ese departamento y no otro?
– No lo elegí.
– ¿Lo eligió su mujer?
– No.
– ¿Quién lo eligió?
– Nadie.
– ¿Y entonces por qué lo compró?
– No lo compré.
– Se lo regalaron…
– No.
– ¿Y cómo lo consiguió?
– No es mío.
– ¿Niega que sea suyo?
– Ya se lo dije.
– Responda la pregunta.
– Ya la respondí.
– ¿Lo niega?
– Lo niego.
– O sea que no es suyo…
– No.
(…)
– Señor juez, ¿usted tiene alguna prueba de que el departamento sea mío, que yo haya vivido ahí, que haya pasado ahí alguna noche, que mi familia se haya mudado; o tiene algún contrato, una firma mía, un recibo, una transferencia bancaria, algo?
– No, por eso le pregunto.
– Ya le respondí.”

Juez Mouro a Lula durante su interrogatorio, Abril 2018

 

En el marco de la polémica trama de corrupción política de Brasil, conocida como Lava Jato, el expresidente del país y candidato de nuevo a la presidencia ,Lula da Silva, que tiene siete causas en su contra, recibió la primera con una dura condena: 12 años y un mes de prisión por recibir sobornos de la constructura OAS. En teoría, esta compañía entregó a al expresidente un lujoso departamento de 215 metros cuadrados, aunque todavía no existen pruebas de ello. 

Esta semana, Lula ha sido encarcelado. El candidato a la presidencia por el Partido de los Trabajadores (PT) fue condenado por ser propietario de un apartamento que no consta en su declaración.  En sí, esto sería un delito, pero más allá de que no existen pruebas más que las convicciones de los jueces brasileños del uso de dicho piso, se convierte en un hecho anecdótico comprobar que quienes lo condenan son los mismos que tienen las manos manchadas de corrupción.

Según las encuentas, Lula iba a convertirse de nuevo en el presidente de Brasil. Tenía un respaldo de más del 38% del pueblo y un pasado, que con sus luces y sombras en lo que permite un gobierno de 8 años (Lula fue presidente desde 2003 a 2010), sacó al país del mapa del hambre, entregó millones de viviendas populares, se crearon 20 millones de puestos de trabajo y 36 millones de brasileños y brasileñas lograron salir de la pobreza. No hace falta recalcar, que estas políticas sociales para la base repercuten en los poderosos.

Ahora, la izquierda brasileña ha quedado huérfana. El encarcelamiento de Lula es la segunda parte de un golpe de Estado que se inició con la expresidenta Dilma Rousseff en 2016 a favor del actual presidente Michel Temer. Hay un intento de que se impongan los líderes que actualmente quiere la cúpula del Gobierno.

En Brasil hay cientos de figuras de la corrupción, tanto en la izquierda como en la derecha y, en este amplio abanico también están incluidos Temer, que sigue dirigiendo el país, o Aécio Neves, que sigue siendo senador, a pesar de que todo el mundo escuchó en audio aprobar los sobornos pagados a los testigos para callar sobre la corrupción.

Cuando Lula comenzó a aplicar las políticas sociales en Brasil en 2003, se desarrolló el odio de clase. No hay interés que un descarrilado obrero metalúrgico de la periferia de San Pablo y con orígenes de familia campesina de una zona olvidada del país, esté y ahroa, vuelva a la presidencia. A los descarrilados, cuando se puede, se les aplica venganza.

Los que controlan el país no conocen lo que es el hambre, la pobreza y la miseria, por lo que la materia con la que intentan hacer política es visiblemente diferente a la de Lula. Cuando se anunció la imputación del expresidente, los mercados, que son primos-hermanos de los dirigentes actuales, se alegraron: la bolsa se disparó y la diferencia real del dólar bajó. Un reflejo más de que la lucha por el poder político siempre ha tenido dos perspectivas, aunque ahora,  parece ser que solo está ganando una.

La represión política en Brasil, cómo en cualquier parte del mundo, no cierra puertas. El dolor puede transformase en lucha y probablemente, de la unión de partidos políticos, movimientos sociales y sindicatos que han dejado hoy de lado sus diferencias para gritar ‘O povo quer a Lula Livre’ (El pueblo quiere a Lula Libre=,  provoque que se multipliquen los Lulas, las Dilmas y las Marielle Franco.

 

 

 

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