Una defensa de Modern Love

Dev Patel y Catherine Keener en el episodio de Modern Love que ambos protagonizan, vía La Vanguardia.

Modern Love es una de las series que más reacciones polarizadas ha suscitado en los últimos meses. Meses, cuando hablamos de ficción televisiva, es decir mucho. Por un lado, leo que su estética es impostada y sus personajes caricaturescos; que su forma de mostrar las relaciones es conservadora y pretenciosa. A grandes rasgos, sus detractores señalan que es una ficción fabricada para hacernos sentir bien desde una óptica comodona y romántica al estilo tradicional. En otras palabras, que es ñoña, tradicional y que no aporta nada nuevo. Y es cierto que tiene un buen número de defectos.

Sus defensores, entre los que me cuento, apelan a que necesitamos sentirnos bien de vez en cuando. En una parrilla televisiva dominada por distopías que te hacen dormir mal (Years and Years, El Cuento de la Criada), comedias agridulces (Fleabag) o ficciones sobre asesinos en serio (Mindhunter), por citar solo algunas de las que componen la gran oferta, a veces no es mala idea escapar al Nueva York que propone la serie de Amazon.

La premisa es muy atractiva: cada capítulo es una adaptación (con detalles añadidos de ficción) de una entrega de la columna del New York Times que lleva el mismo título de la serie y que recientemente ha cumplido 15 años. Hay historias de amor cuanto menos extrañas, hay historias que se acaban a la vez que otras empiezan, historias que surgen por la naturaleza misma de una ciudad como Nueva York, personajes que no esperaban el amor y otros que trabajan con él día tras día pero no lo tienen en su vida.

Un Nueva York de sobra conocido

Escrita por John Carney (responsable de Begin Again o Once, dos películas que me provocan reacciones totalmente opuestas), está compuesta por ocho capítulos de media hora de duración, algunos mejores y otros peores, pero que consiguen lo que buscan: ofrecer un punto de vista amable acerca de la complejidad de las relaciones (y no solo del amor romántico) en nuestra sociedad capitalista y aspiracional. No pretende ofrecer lecturas rupturistas sobre nuestra vida moderna, ni innovar en su narrativa o discurso; eso ya lo han hecho otras producciones con mayor o menor éxito.

El Nueva York de Modern Love es en realidad el Nueva York que ya hemos visto en otras series y películas, como Girls oMaster of None o cualquier film de Woody Allen. Es una ciudad que hace pensar al espectador que cualquier cosa es posible, especialmente si el espectador está en ese espacio-tiempo tan ambiguo y proclive a ensoñaciones que comúnmente denominamos “domingo”.

Las exigencias de la ficción

Y es cierto lo que dicen muchos críticos: hay dosis altas de azúcar y una tendencia al alza a llevar al público de la manita por ese Nueva York idílico elegido a la perfección y por ese “porno inmobiliario” (así lo denomina Javier Aznar en su podcast). Pero también hay episodios bellísimos, como When Cupid Is A Prying Journalist, y actores maravillosos, como John Slattery, Andrew Scott y Catherine Keener.

Puede que el amor que retrata (platónico, fugaz, paciente, fortuito, diverso) no tenga nada de moderno, que incluye poco (o más bien ningún) análisis de clase y que sus personajes sean todos de clase media-alta (aunque sí deja entrever muy bien las contradicciones entre el discurso y la forma de vida de muchos de sus personajes).

Pero sí es un punto de agarre, un asidero, una bocanada de aire en un ambiente de producción cultural cada vez más pesimista y exigente, en el que buscamos constantemente la siguiente obra maestra de la que alardear haberla visto.