Yo voto

10 de noviembre. Fiesta electoral. Celebremos la democracia. A mi alrededor, algo parecido a una mezcla de hastío y decepción que no es capaz de esconder el resquicio de ilusión que nos queda porque esto salga bien. Mientras me hago el desayuno, tranquilamente por primera vez en toda la semana, pienso en que podría pasar de ir a votar. Que es mi domingo libre y que el colegio electoral está en mi antiguo distrito. Vaya pereza.

Pero de repente suena el chofchof de las primeras gotas de café cayendo, el pan tostado empieza a oler a quemado y pienso que sería gilipollas si no lo hiciera. Porque no solo voto por mí cada vez que meto el papelito en las urnas. Y pienso en por qué me voy a poner mi vestido favorito y lo voy a agujerear con la chapa del partido al que daré mi voto y otra en la que pone “pelea como una mujer”, voy a coger el metro y me voy a pegar media hora de trayecto para meter la papeleta en la urna.

Voto porque quiero que se hagan políticas igualitarias y feministas con base en la educación donde se enseñe a respetar a las mujeres, no como madre, como hermana o como hija, sino como persona. Donde no haya que protegerlas porque lo que necesitamos no es protección, sino no tener miedo.

Voto porque mi mejor amigo pueda tener una vida acorde a su identidad de género y que no tenga que vivir para siempre escondido (literal y figuradamente), porque mi hermana pueda decir libremente y sin miedo a nada que no se identifica con ningún género.

Voto porque podamos ir tranquilas por la calle, sea la hora que sea, vayamos con la ropa que vayamos, borrachas, sobrias, solas o acompañadas. Porque no tengamos que escribir un Whatsapp que diga “ya he llegado a casa, tranquila”.

Voto porque mis abuelos tengan una vivienda digna en la que no tengan que pasar frío cada invierno porque su pensión no llega para poner un radiador. Voto porque mis padres puedan tener esa pensión después de toda una vida pagando impuestos y sosteniendo este país duramente.

Voto por quienes quieren una vida digna para todos. Vengas de donde vengas, sin importar si has nacido en una familia rica o pobre, de Valladolid o de Siria. De Palestina o de Reino Unido. Haya venido en avión o en patera. Voto porque no creo que ninguna vida valga más que otra.

Voto porque nadie se merece que le opriman. De ninguna de las maneras.

Voto porque quiero un trabajo digno que no me sorba la vida. Porque quiero un piso decente donde vivir con agua caliente, calefacción y una ventana por la que entre el sol sin tener que dar por ello más de la mitad de mi sueldo. Voto porque el salario mínimo interprofesional es insuficiente para una vida digna. Porque nos han engañado con aquel sueño de la clase media. Voto porque quiero formar una familia y con estas condiciones de vida y trabajo, es una misión imposible.

Voto porque me hubiese encantado seguir estudiando pero la educación pública casi no existe. Porque aunque siga haciéndolo, sé que mi situación laboral casi no va a cambiar. Porque no quiero irme de mi país y dejar a mi familia y mis amigos atrás por buscar un futuro mejor. Y, mucho menos, que me obliguen.

Voto porque no se me olvida quién soy ni de dónde vengo. Como decía una señora sabia de mi pueblo cuando le preguntaban para quién iba su voto: “A los pobres, hija, a quién voy a votar si no es a los nuestros”. Voto con la conciencia tranquila y la mente despierta.

Voto porque quiero dignidad y memoria. Porque no quiero arrepentirme de ello. Y lo haré las veces que haga falta. Por las que no pudieron, por las que hicieron posible que pudiésemos, por las que hoy no pueden hacerlo. Y, sobre todo, para sigamos pudiendo votar.