Volver

Dicen que somos niñas dos veces. Desde hace un tiempo estoy volviéndome adulta volviendo al origen. Solo cuando aprendí a frenar mi frenética vida, miré a todo lo que tenía alrededor y fui capaz de aprender a prestar atención a mis raíces. Cuando paré, aprendí que podía mirar con otros ojos aquello que yo consideraba “lo de siempre” pero sin darme cuenta que era difícil y transformador. 

Siempre he vuelto a casa con ganas, pero algunas veces he vuelto cuestionando lo que me rodeaba. Hubo un punto de mi vida en el que había cambiado de tal manera que ya no entendía los ritmos, los espacios y los tiempos que se necesitan en un pueblo pequeño. Exigía, pedía, reclamaba lo mismo para todos y todas.

Por un momento, se me había olvidado lo más importante. Cuando nací, mi madre puso los cuidados en el centro de su vida, al igual que había hecho mi abuela. Ellas siempre fueron las últimas porque antepusieron a todos los demás antes que a ellas mismas. Limpiaban las mesas, las ventanas y las fachadas, traían el alimento y lo cocinaban. Les dolían las manos de limpiar con lejía los trapos sucios de la casa y de lavar con cuidado la ropa que los demás utilizaban para lo que se consideraba el “trabajo real”. Fieles y pacientes. 

Ellas aprendieron todos los remedios y todas las caricias. Se convirtieron en médicas, farmacéuticas, cocineras, maestras, limpiadoras y psicólogas sin haber cobrado nunca un duro. Y lo que es peor, sin haber sido reconocido su trabajo, tan esencial e importante. Es la historia de otras tantas mujeres que quedaban a la sombra y sin voz a pesar de sostener la casa con sus manos. Y, es la historia de un país, que como dice María Sánchez en su libro de ‘Tierra de Mujeres’, “no puede ser más certera y a la vez más dolorosa”.

Visibilizar las tareas de cuidados en nuestro mundo rural (y marino) es una cuestión central en la vida porque es lo que nos sostiene y lo que nos permite mantenernos con vida. Los cuidados suponen más de la mitad del Producto Interior Bruto de un país y no se contabiliza en ningún ranking económico aunque se exigen, se reclaman sin ser reconocidos ni agradecidos. 

Los cuidados suponen más de la mitad del Producto Interior Bruto de un país y no se contabiliza en ningún ranking económico aunque se exigen, se reclaman sin ser reconocidos ni agradecidos

Ante la revolución feminista, las mujeres de los cuidados dudaban si el 8 de marzo era para ellas, porque desde la escuela nunca se explicó bien que significaba el “Día de la Mujer Trabajadora”. Ellas seguían limpiando, cocinando y en general, ellas seguían trabajando. 

Ahora, la primavera ha dejado de ser una estación para convertirse en un sinónimo de todo lo que germina. Y no hay duda, que hay algo que está germinando en cada paso, en cada conversación. Preguntarse qué pasaría si todas dejásemos de cuidar al mismo tiempo ha sido una cuestión completamente revolucionaria pero que nos ha servido para reflexionar y aprender a reconocernos en otras para sentir que existimos por nosotras mismas. 

Las hijas y las nietas solemos llegar siempre tarde a todo, pero reclamo que nos escuchemos las unas a las otras, que hablemos con nuestras abuelas, madres, tías, primas y hermanas, y que contemos las historias que tenemos entre los dedos. Reconocer la vida de nuestros pueblos que tiene cara de mujer significa que sabemos cuestionar el mundo que nos rodea.

No todo el mundo tiene pueblo ni puede volver a un trozo de tierra donde poder respirar el olor a salitre o arremangarse para coger las verduras al huerto. Sin embargo, todo el mundo debería tener el derecho de poder de ir despacio, de darse el lujo de frenar y mirar lo que hay alrededor. De hacer el camino a la inversa, de reconocer y admirar las manos que se dedican a los cuidados.