Me llamo Marilyn

Ilustración de David Kirchen para el Manifiesto Femen

Me llamo Marilyn. Mi madre y mi padre son portugueses, pero a mí me nacieron hace 27 años en un pueblo al norte de Burgos de poco más de 6.000 habitantes. Antes de cumplir los 18 me vine a Madrid a estudiar, y aquí sigo después de algunos paréntesis maravillosos en los que me he dejado caer por las preciosas Lisboa y Oporto. Ahora soy periodista e historiadora, en septiembre podré decir también que tengo un Máster en Estudios de Género y algún día trabajaré publicando algo de lo que me enorgullezca más que los publirreportajes que escribo ahora en un periódico de tirada nacional y línea editorial conservadora. Aparte de todo eso, soy una Femen desde el 6 de abril de este año y la madrugada del pasado domingo 6 de octubre participé en mi primera acción de protesta encadenándome a las puertas de Vistalegre a unas horas de que diera comienzo un acto masivo de precampaña del partido de extrema derecha liderado por Santiago Abascal: VOX. Y aunque no lo creáis, son dos realidades tan unidas como separadas.

Unidas, porque todas mis experiencias vitales hasta este punto me han construido como feminista y me han decidido a dar el paso de ponerme en pie de guerra contra todo lo que me parece injusto. Separadas, porque cuando me coloco en posición de protesta, con el puño en alto y la mirada ardiendo, lo hago como activista anónima que no es nadie y a la vez es todas. Y hasta aquí todo bien, si no fuera porque, además de tensar el cuerpo y enrabietar el semblante, expongo mi torso desnudo con mensajes políticos pintados en tinta negra y de puño y letra de mis compañeras. Entonces, las dos realidades dejan de ser dos, tanto, que la una absorbe a la otra hasta eliminarla por completo, de un plumazo. Por supuesto, la que desaparece de la ecuación es la que empieza con un “Me llamo Marilyn”, porque, de pronto, a nadie le pesa ejercer su violencia más cobarde contra mí, humillándome y vejándome por la forma, pero obviando por completo el contenido.

Y esa es la lección más valiosa que me llevo de mi primera experiencia real como una Femen de verdad, eslogan en pecho y corona enfundada: si te expones públicamente, te expones individualmente. Porque la gente no es capaz de discernir entre la persona y la activista, como tampoco sabe la diferencia entre el cuerpo femenino empoderado y el cuerpo femenino sexualizado. Así que mezclan, y mezclan tanto que acaban por reducir la primera a la segunda hasta simplificarla en una especie de maniquí inerte que ni siente ni padece, pero que, por alguna razón, molesta, y molesta mucho.

Sin embargo, sí siento, como Marilyn y como activista. De hecho, durante aquella acción pasé un frío que no había sentido nunca ―ni siquiera las noches de aquel Viña Rock pasado por agua―; las rodillas me cedían en un vaivén incontrolable que, por suerte, no se aprecia en las fotos, como tampoco captaron las cámaras el castañeo de mi mandíbula porque la apreté fuerte para evitarlo y hoy me duele a rabiar. Pero lo que no sentí fue miedo, porque no estaba sola, y porque miedo tendría si no nos quedaran fuerzas ni herramientas para luchar contra una ola fascista que nos amenaza a todas.

Que por más que haya quien se empeñe en llamar activismo a condensar todo su odio en un puñado de caracteres infames desde el abrazo cálido del sofá de casa, el activismo sin acción no es activismo, será otra cosa, pero no activismo ―si es que la propia palabra lo dice, joder―. Que por más que muchos y muchas se esfuercen en argumentarnos como peores mujeres, peores activistas y hasta peores feministas, lo cierto es que lo único que somos con seguridad las Femen es libres. Libres de reclamar nuestra justicia, libres de plantarle cara al machismo y libres de hacerlo como nos parece más radicalmente efectivo: transformando nuestro cuerpo, de objeto de consumo a instrumento de protesta.

Al final, tal vez tengan parte de razón los que no distinguen la que siente de la que lucha. Pero no porque la una se haya comida a la otra, sino porque las dos se cogen fuerte de la mano, como me la cogían en un intento de compartir unas migajas de reservas de calor mis compañeras durante nuestro encadenamiento de casi tres horas a las puertas que, después de que a nosotras la Policía nos desalojara de allí, se le abrirían al fascismo legal, nuestra mayor vergüenza nacional. Y no sé cómo se me veía a mí desde fuera en ese momento, pero desde dentro y a pesar de la piel de gallina, yo me sentía en llamas, y me sentía Marilyn y activista.