La genialidad de ‘Listas, guapas, limpias’

Acabo de terminar de leer la novela Listas, guapas, limpias de Anna Pacheco (Ed. Caballo de Troya). Lo único en lo que puedo pensar ahora es en lo bonito que es vivir en una época en la que mujeres de tu generación están escribiendo justo eso mismo que tú has vivido.

Escribir sobre una chica que llega a la Universidad, una chica que viene de familia obrera, “la primera de la familia que tendrá una carrera universitaria”. Qué maravilla poder leer como esa chica se siente fuera de lugar entre gente de mejores barrios, con padres de clase media y mucha más cultura que la suya.

Escribir sobre como esa amiga de la infancia y tú empezáis a distanciaros al mismo tiempo que vuestros caminos se separan. Como ella tiene novio fijo y un trabajo que le gusta y tú estás todavía dando tumbos sobre ti misma.

Escribir sobre masturbación, sobre cómo pensabas estar defectuosa por no necesitar introducir nada en tu vagina para disfrutar. Sobre esa culpa y vergüenza post-masturbación. Sobre como sientes que alguien te ve y te juzga.

En mi caso, ese alguien era mi abuelo muerto. Resulta que no me di cuenta de que lo que hacía era masturbarme hasta que un cura habló en la catequesis de la masturbación. Ahí fue cuando me di cuenta de que lo que hacia antes de la siesta estaba mal, era sucio y era un pecado de los gordos. No logro recordar cuando empecé a hacerlo pero se que me prometí no volver a hacerlo más. Fracasé.

Mi abuelo murió poco después de mi Primera Comunión. Desde aquel momento me atormentaba pensar que me estaba viendo desde el cielo. Que me veía disfrutar antes de la siesta. Recuerdo como al terminar rezaba para pedirle perdón. Para pedirle que me siguiera queriendo y que, por favor, mirase también todas las otras cosas que hacía y que me dejase un poco de intimidad.

Qué tétrico crecer en una cultura católica en la que sientes que todos tus seres queridos te estarán observando desde el cielo todo el rato. Qué bien que mi fe no durase mucho más después de mi Primera Comunión.

Volviendo al libro, qué bonito que haya mujeres que escriben sobre lo que sus abuelas tienen que contarles. Escuchar a nuestras abuelas, aunque lo que nos cuenten no sean precisamente historias bonitas. Escucharlas, aunque no podamos soportar que nos cuenten como eran “sacos de trigo” sin capacidad de decisión sobre sus vidas. “Hija tú no te cases nunca”.

Escribir mails que nunca llegan a enviarse a ex-novios con copia a ex-amantes. Mails en los que te sientes una persona mayor porque ahora estás en la universidad y envías mails todo el rato. Escribir todo lo que quieres decirle a esos hombres con los que te relacionas, con los que miras al techo mientras tienes sexo y por los que te hormonas para no tener bebés aunque ellos no sepan comer un coño.

Escribir una novela tan genial como la que ha escrito Anna Pacheco es difícil. Pero qué maravilla que haya mujeres que escriban así.