El verano que nunca tuvimos

No hay peor época para cambiar de trabajo que en pleno verano. Tampoco es bueno cambiar de piso, ni de barrio en una ciudad que piensas que conoces bien, pero no. No escribí nada comestible en todo el verano ni tuve mucho tiempo para sacar alguna foto en instagram que tuviese éxito.

Las vacaciones fueron una ilusión óptica, y nunca llegué a ir a restaurantes donde fotografías platos multicolores mientras haces un ridículo enorme. No se me dan muy bien los selfies. Así que a pesar de estar todo el día en piso nuevo, sentada en mi cama nueva, no he conseguido dar con mi perfil bueno. 

Por la pantalla vi vuestras vacaciones y platos cuquis. Lo que me ha dado pie a hablarle a Belén por cuarta vez en un día de verano para cuestionarnos si somos muy desdichadas. También a preguntarnos si en realidad, tenéis algún problema familiar o sexual para mostrar tanta armonía en las redes sociales. Nosotras vivimos para ir a trabajar, hacer tuppers para el día siguiente y preguntarnos cuánto dinero hay que tener en la cuenta para tener un buen feed de instagram.

“No sé si tenéis algún problema familiar o sexual para mostrar tanta armonía en las redes sociales”

La jornada intensiva hace que meriende lo que no he comido. Así que sigo un poco trastornada con el hecho de merendar champiñones rellenos con espinacas. Cambiar de trabajo en pleno verano me ha dejado sin vacaciones, pero como diría cualquier neoliberal o anuncio de Basic Fit  “es mi decisión”, así que no tengo mucho derecho a quejarme. 

La verdad que no tengo un verano desde el 2013. Ya me lo decía mi padre el otro día por teléfono. Aquel año, fui a mi pueblo y edité un video con mis amigos como recuerdo del comienzo de la vida adulta. Por aquel entonces, el verano ocupaba el lugar y el significado que le correspondía. Teníamos amores estivales, esperábamos las fiestas “de prao” como agua de mayo, y quedábamos para comer macarrones en la playa. Las noches eran para sentarse en las pistas de baloncesto a comer pipas. Y, cómo no a disfrutar de poder ir en pantalón corto cuando todo estaba oscuro.

“Por aquel entonces, el verano ocupaba el lugar y el significado que le correspondía: amores estivales, fiestas y macarrones en la playa”

El verano del 2019 se limitó a poner el ventilador a todo trapo en mi nueva casa y a echarme desodorante entre las piernas para que no me rocen los muslos. Lo mejor es de todo es que con esto de no poder salir de la ciudad, me ha quedado una reflexión bastante bonita acerca de la contaminación por el uso abusivo del avión que estamos haciendo. Quizá deberíamos dejar de viajar como lo estamos haciendo.