En la boca del lobo – Parte X

Llegué muy temprano a Kyzyl-Kyja y me sorprendió ver tanta actividad en la única calle de la aldea. Se veían jinetes aquí y allá a lomos de sus caballos, los que emitían espesas nubes de vaho. 

Era lunes, veintinueve de octubre, y me separaban cincuenta y dos kilómetros de la frontera, la cual cerraba en dos días. Una distancia enorme considerando que tenía que empujar mi bicicleta sobre la nieve por un camino apenas transitado, subir un collado y atravesar veinte kilómetros de una meseta totalmente yerma.

Tras comprobar que la bomba manual del pozo público estaba ya congelada, pedí agua a una anciana, que era una de las muchas personas que habían detenido sus labores para contemplar la maravilla tecnológica que era una bicicleta. Con una sonrisa, me indicó que esperara y se metió en su casa. 

Utilicé aquel tiempo para despedirme internamente de aquellas personas. Siempre causaba una gran emoción dejar un país que a la vez, había dejado tanto en mí. 

Entonces salió la anciana.

¿Kuda ty idesh? – preguntó en ruso a dónde me dirigía mientras me entregaba el odre. 

-A la frontera. Cierran el miércoles, ¿verdad? -respondí mientras reparaba en el pañuelo floral que cubría su cabeza y del cual sobresalían mechones de pelo lacio y plateado que denotaban un pasado rubio. Su aspecto eslavo y carencia de gen mongoloide me recordó a Sergei. Me dio tiempo a pensar si eran familia, o se conocían.

-Da. ¿Ty odin? 

-Sí señora. Voy sólo. Aunque mire cuánta gente. -Dije señalando hacia los aldeanos que se habían acercado.

-¿Ty ne boishsya?

-¿De qué voy a tener miedo, señora? -Respondí.

Iz za volkov, konechno. – aquella palabra era desconocida en mi vocabulario, con lo que necesité algunos segundos y repetirla en mi interior. 

Volkov. Volkov. Normalmente, si no entendía algo, buscaba su símil en polaco, idioma que sí dominaba.

En ese momento, la imagen de Bob parloteando sobre la odisea del ciclista con los lobos me cayó como un cubo de agua fría, y la anciana, que se había percatado de mi estado ausente, simulaba con las manos unos mordiscos en mis piernas. 

También Sergei lo había insinuado en algún momento. Yo había hecho caso omiso. Mi prioridad había sido combatir el frío.

El miedo al lobo

Claro. Volkov, plural de Volk. En Polaco, Wilk.  En Inglés, Wolf.  Y yo que me había tomado a broma la historia de los lobos.

Puesto que me dirigía hacia el norte, la subida al collado, sita en la solana, había sido relativamente fácil. Fue al llegar al punto más alto, donde el espesor de la nieve hacía la marcha mucho más complicada. 

Había tramos donde las alforjas delanteras topaban con un metro de nieve, lo que requería descargar la bicicleta e ir pasando a pie, primero con dos de las alforjas, volver a por las dos restantes, y finalmente recoger la bicicleta. 

Sin embargo lo que más me asustaba era quedarme sin baterías en el GPS, el cual se había convertido en una herramienta fundamental para comprobar que no me salía de la ruta, pues hasta donde alcanzaba mi vista, todo era un espacio níveo sin referencias a seguir. Sin casas, ni postes eléctricos. Nada.

En cuanto comprobaba mi ubicación, extraía las baterías y las dejaba en la parte más cálida de mi cuerpo en ese momento, en el interior de mis calzoncillos. El calor de mis muslos ayudaría en la tarea de conservar la energía de las baterías por más tiempo.

Reconocí en mi interior que Sergei había estado en lo cierto. Aquello era una meseta totalmente yerma y habían momentos en que el viento, que venía del norte levantaba con ráfagas la nieve del suelo y la arrojaba con violencia en mi cara. 

Sentí una oleada de calor desde mi estómago hasta el cuero cabelludo al entender que realmente podría perderme, pero era en esos momentos donde buscaba en el cajón de mi experiencia para mantener la calma. De todos modos, aunque sabía que tenía la orientación y la energía necesaria para sobreponerme a la situación, el hecho de saber que tenía las reservas de combustible para mi hornillo llenas, y comida suficiente para diez días, me tranquilizaba. Tan sólo necesitaba una palmada en la espalda.

Desde que llegué al collado a medio día, hasta bien caída la tarde, tan sólo había recorrido siete kilómetros. Me quedaban treinta para el día siguiente hasta la frontera. 

En ese momento no supe de un modo exacto por qué no había dado la vuelta en cuanto la anciana me advirtió sobre los peligros. Ni siquiera me encontré en ningún momento arrepintiéndome de ello o cuestionando la decisión.

Hacia el oeste no había lobos. ¿Pero acaso no era más peligroso circular en una ruta mucho más concurrida, en aquellas condiciones heladas? 

No parecía que los propietarios de los vehículos Kyrgyz cambiaran sus ruedas por unas invernales y tampoco que el gobierno se preocupara demasiado de echar sal. 

Imaginarme arrollado por detrás por un camión descontrolado me aterraba mucho más que dormir en el bosque con aquellas criaturas. Al menos tenía herramientas para combatir la situación. Además, de dirigirme hacia el oeste me estaría jugando una hipotermia cada noche. 

Tan lejos que había llegado, y todavía eufórico por haber vencido al invierno con ayuda de las piedras calientes, me sentí seguro en todo momento en que mi decisión era la correcta. 

Cayó la noche y acurrucado en mi saco sentí una gran fascinación con respecto al fuego, y en el modo en que las llamas me hacían sentir protegido, sin duda un recuerdo grabado en nuestra genética del tiempo en que vivíamos hacinados en cuevas. 

Escuchando la madera crepitar repasé cien veces si acaso tenía reservas para que siguiera ardiendo toda la noche. Sería más que suficiente para mantenerlos alejados. 

Por si acaso, aunque más que nada lo hice por mi propia tranquilidad, oriné en varios puntos de los alrededores del campamento. Marcaría mi territorio, y aunque realmente dudaba de que iba a haber contacto físico, preparé todo el armamento posible. Dos antorchas. Una botella de gasolina. Mecheros. Cerillas. También fui a dormir con el frontal y guantes puestos. 

Desde mi carpa, repasé uno a uno todos los pasos que había tomado y desarrollé un protocolo de defensa, estudiando dónde tenía cada elemento. Tenía un gran respeto por aquellos animales, pero yo no contaba con nadie que viniera a socorrerme en caso de que osaran de meter sus hocicos en mi carpa. Incluso pasé un lazo por el mango de mi cuchillo, y lo até a mi muñeca. Bajo ninguna circunstancia lo perdería.

La noche era tranquila, y a través de la lona de la carpa se veía la luz de la luna, que en cuarto menguante iluminaba de un modo tenue la taiga que me rodeaba. 

Para mi sorpresa, tal vez por la calidez que emitían rocas al lado de mi lecho, o la protección de la hoguera, comencé a sentir que pronto me dormiría, algo que había tenido en duda por la situación en la que me encontraba. Reflexioné sobre aquello. Sobre el hecho de mantenerme tranquilo frente a tales peligros y sentí cierto gozo en comprender que mi tranquilidad era debida a haber escogido mis propios miedos. 

Estaba claro que no podíamos prescindir del miedo. Un instinto clave en la supervivencia. En todos los estratos de la sociedad. Un patrón que se repetía sin excepción. Miedo al vecino. Miedo a las razas, a la religión y las culturas. Sobretodo, miedo al cambio y a lo desconocido. ¿Pero, y si tratáramos de desenmascarar cuantos más factores posibles y así, ser capaces de saber escoger nuestros miedos?

¿Y si, al menos, pudiéramos conocernos mejor a nosotros mismos y así saber para qué tipos de peligros estábamos mejor preparados?

Claro que es más cómodo sentarse a ver las noticias, así dejamos que la propaganda haga el trabajo por nosotros y que escoja de quién debemos tener miedo. Además, tener miedo del mismo monstruo nos da un sentimiento de hermandad, seguridad y protección, a la par que evita el rechazo social. 

Imagino que estos miedos que nos habían mantenido segregados desde que nuestros ancestros bajaron del árbol, habían sido un factor primordial desde el punto de vista evolutivo, y todavía hoy contribuyen al desarrollo científico-tecnológico en gran medida. Sin embargo, yo aún soy incapaz de inclinarme hacia una respuesta positiva en cuanto a nuestra evolución. El hecho de que tras ciento cincuenta mil años de existencia, sigamos diezmando especies, eliminando minorías étnicas y contribuyendo al sufrimiento por nuestra propia diversión, así me hace pensar.

Bob tenía razón. La humanidad no sabe a qué miedos atenerse. 

Allí medio en sueños, con mi carpa sobre la nieve, y aquellas nobles criaturas merodeando los alrededores de mi campamento, entendí lo que quería decir. 

Él había dicho que todos éramos presa y lobo. Homo Homini lupus est. Ese era el problema. Que teníamos miedo de nosotros mismos.