En la boca del lobo – Parte IX

Por Juan Francisco Torres

Sergei vino a despedirse cuando me vio preparado para salir. Le vi envuelto en su chaqueta de pana, de la que asomaba su chaleco de lana, y su camisa, y donde yo sabía que guardaba sus bolígrafos con los que garabateaba.

-¡Janek! Hermosa mañana, ¿verdad? -habló mirando hacia el azul del cielo azul.

Dobroye utro, Sergei. Sí lo es.

-Ya has decidido la ruta, imagino.

-Iré hacia el este -dije mientras terminaba de preparar las alforjas. Tras unos segundos, noté como su mirada se tornó algo inquisitiva.

-¿Por qué crees que cierran la frontera, joven?- me giré hacia el ruso y observé el movimiento de sus pobladas cejas amarillas y cómo la comisura de sus labios se apretaban de preocupación.

Según Sergei, el tramo de setenta kilómetros que separaba la última población Kyrgyzstaní con la primera en Kazakstan era un páramo deshabitado. Ya era bastante difícil llegar al puesto fronterizo y además la nieve habría escondido la carretera. Encontrar la frontera cerrada sería desastroso.

Yo no pude evitar una sonrisa. No por provocar a mi amigo el ruso, de quien sabía que su preocupación era genuina, sino por su calidez. Tras un corto silencio, Sergei preguntó.

-¿Y qué hay de los lobos?

-No me puedo permitir más noches miserables por el frío, Sergei. Es lo único que me preocupa. Voy a hacer hogueras enormes cada noche. Además, eso también les mantendrá alejados. Hacia el Oeste no hay madera que quemar – añadí, sin dejar de pensar que era la segunda persona que me advertía acerca de los lobos.

Una cómplice sonrisa en su gesto me afianzó incluso más en mi decisión. Le tendí la mano y se la estreché con fuerza. Para mi sorpresa, el ruso dio un tirón y atrajo mi cuerpo hacia el suyo para darme un fuerte abrazo.

 

La Taiga

Los troncos de los alerces, que crujían como quejándose al ser agitados por el viento, hacían mecer el dosel del bosque y dejaban caer nubes de nieve en polvo antes de ponerse a silbar, otorgando al invierno de la Taiga de su carácter áspero y despiadado.

Tal era la grandeza de aquel bosque, que comenzaba donde yo estaba en ese momento, y se extendía mucho más hacia el este de Mongolia, hasta la península de Kamchatka, a ocho mil kilómetros de allí.

Verme rodeado de nuevo por ese biom

a me traía todas esas sensaciones y recuerdos. El otoño de hacía tres años, había recorrido a caballo la Taiga del norte de Mongolia, pero nunca la había visto vestida de blanco.

Desde los años 20, los soviéticos se habían aprovechado de la inmensidad de la Taiga siberiana, la que haa las veces de cárcel natural a la que enviaban presos políticos, intelectuales, artistas o cualquiera que fuera considerado enemigo de la madre Rusia.

Los gulag, campos de trabajo, o colonias de labor correctiva, no necesitaban de mayor vigilancia. De escapar, los presos sabían que les esperaban miles de kilómetros en cualquier dirección de una naturaleza agreste que tenía como habitantes a los tigres, a los osos y a los lobos.

Yo habría arriesgado un escape. Sin duda que morir de inanición o en las mandíbulas de un tigre era una muerte más decorosa que humillado a mano de los estalinistas.

Escogí con mucho cuidado mi campamento. Estudié la dirección del viento y encontré un recoveco que me protegiera, bajo unos árboles que me cubrieran del rocío del alba. Estaba cerca de un río, ya congelado, cuyas piedras pensaba utilizar.

Los cielos estaban claros y no se esperaban nieves. Sin embargo, aquello haría que las temperaturas cayeran en picado durante la noche. Se esperaban dieciocho grados negativos, y mi saco de dormir apenas soportaba los cinco negativos. La noche más fría en el altiplano había sido de doce grados negativos, y había sido la noche más fría de mi vida, y una de las más largas.

Pasé el día perfeccionando en mi mente la estrategia para combatir el frío. Llegar a ella había requerido un gran esfuerzo y un largo paseo por mis recuerdos.

Tsering Narboo, a cuya caravana me había unido por varios días en Ladakh años atrás, llevaba en el pecho en el interior de su caftán, un pequeño brasero envuelto en cuero de yak, y cuya doble pared evitaba el peligro de quemaduras. Recordando a aquel brasero en miniatura, pensé entonces en el que tenía mi abuela Elvira bajo la mesa del comedor de su casa de campo, “El Corral de la Pacheca”, donde mi familia se juntaba a comer todos los domingos de mi infancia.

De tanto que Elvira acercaba sus pies al brasero, acababa quemando la goma de sus alpargatas y como sufría de carencia de olfato, eran mis padres o mis tíos quienes avisaban con risotadas.

Ja està l’àvia cremant-se les sabatilles”. Una frase en valenciano que se repetía todos los domingos. Además, como también padecía del oído, tenían que gritar para que se percatara.

Yo no era más que un niño travieso que rondaba la década de edad, pero recuerdo bien las risas durante el postre que mi mente aún relaciona con aquella infusión de tomillo, tan dulce y tan tradicional en casa de la buena de mi abuela.

Con todo, un brasero en el interior de mi carpa consumiría oxígeno, y yo no tenía un canario ni otra especie centinela que me avisara de los niveles de gas, como tanto se había utilizado en minas desde la antigüedad hasta, tristemente, el día de hoy, en Africa, Asia o Sudamérica.

Con las velas pasaba lo mismo. Una cantidad suficiente de velas para calentar el espacio consumiría demasiado oxígeno y dejar las cremalleras entreabiertas para la entrada de aire sería absurdo.

 

Preparándome para la noche

Presa de la excitación, pues preveía que mi estrategia tendría un gran éxito, me puse manos a la obra. Primero, dediqué cuarenta y cinco minutos de duro trabajo a arrancar matorral con mi cuchillo y a construir un mullido colchón que al tumbarme me mantuviera alejado del suelo. Después, recogí una gran cantidad de madera para quemar, y colocarla de manera estratégica para que ardiera de la manera más paulatina posible, a una distancia prudente de mi carpa.

Traje del río las piedras más grandes que pude acarrear, las coloqué cerca de la hoguera y las dejé calentando.

De vuelta en el interior de la carpa, y al lado del lecho, amontoné una generosa cantidad de hierbajos aún verdes, entrelazados con ramas también verdes que previnieran que las piedras quemaran el follaje y agujerearan el suelo de la carpa.

Cayó la noche y ya había escuchado quebrar algunas piedras. Era el momento de probar la estrategia.

Sacrifiqué unos gruesos calcetines de lana noruega que utilizaría como guantes para el transporte de las rocas hasta el interior de la carpa. Luego las amontoné sobre el follaje, y para fomentar la conservación del calor, coloqué encima de las rocas un jersey de lana y mi toalla, ambos sacrificados, pese a que evitaba el contacto con las piedras con unos palos incrustados entre ellas.

Aquella noche conseguí un aumento de temperatura en el interior de mi carpa de veinticinco grados, pues dormí plácidamente con el saco de dormir abierto, y hasta tuve que quitarme el pijama en medio de la noche.

La técnica de las piedras fue perfeccionándose con el tiempo, y acabé utilizando un cubo metálico, que rellenaba con piedras calientes, y que me acompañó durante semanas por todo el sur de Kazakhstan.

Incluso descubrí que si metía entre las piedras ramitas de ciprés, emitían durante la noche un agradable aroma que tanto me recordaba a los templos budistas tibetanos de Nepal.

Mi padre siempre me hacía reír con este asunto, pues bromeaba continuamente preguntándome si acaso también viajaba de un lugar a otro con las piedras.