En la boca del lobo. Parte VIII

Por Juan Francisco Torres.

El lago Issyk-Kul es el séptimo lago más profundo del mundo, el décimo en volumen y de todos los lagos salados, sólo el mar Caspio es más grande. Cinco días me llevó bordear su cara sur, desde Balykchy hasta Karakol.

El frío era cada vez más notable, pues estaba acercándome al fin de octubre y en pocas semanas las temperaturas caerían bien por debajo de los treinta grados negativos. Sin embargo, la primera vez que me introduje en el lago, me sorprendí al sentir una gran calidez, pues la temperatura del aire era de menos cinco grados. La razón eran las aguas termales que le alimentaban y que le prevenían de incluso congelarse en invierno manteniéndolo en ese momento a una temperatura, según mis cálculos, de doce grados.

Algunos estudiosos rusos decían que Issyk-Kul había sido el lugar de origen de la peste bubónica, tema que aún hoy resultaba controvertido ya que todos parecían querer zafarse de aquella responsabilidad.

El lago, habitado por una gran variedad de marmotas y otros roedores portadores de la bacteria Yersinia Pestis, había estado entre los límites de una de las secciones más importantes de la ruta de la seda en el siglo XII y XIII y vinculaba las áreas controladas por los Persas con Tibet y hacia el sur con el Hindu Kush, hacia los sultanatos del Hindustan. Hacia el este, la dinastía Yuan, la moderna China, que no eran sino los Mongoles de Kublai Khan que se habían hecho cómodos y abandonado la cultura nómada.

El lago era un paso obligado de reabastecimiento para las caravanas, que paraban a refrescar a lo que era el principal medio de transporte del momento: el camello Bactriano, que dado el alto nivel de salinidad en las aguas subterráneas en Asia central, se había adaptado a beber agua salada.

 

La sombra de la peste

El cómo llegó la plaga a Europa parece algo más claro. Los tártaros, unidos a la Horda de Oro del imperio mongol, seguían su conquista avanzando hacia el oeste arrasando todo a su paso. Se decía que parte del éxito de los Mongoles, aparte de ser buenos arqueros y unos magníficos jinetes, era debido a su falta de higiene. Arrasaban en guerras y pillaje, y llevaban infectadas de peste en sus filas.

En 1344, llegaron a la moderna Crimea (Ucrania), la misma península que Putin decidió anexionar a Rusia hace apenas unos años. Los mongoles sitiaron la ciudad de Kaffa que entonces pertenecía a los genoveses y se dedicaron a lanzar cadáveres infectados al interior del recinto. Los que sobrevivieron, pocos pero suficientes, huyeron y llevaron consigo la peste al oeste de Europa.

Entre la expansión de la epidemia y las gestas de Timur, las zonas de Persia y Asia central perdieron hasta el 70% de sus habitantes. Aquello también fue el comienzo del fin del imperio mongol en China, que había perdido el 50% de sus gentes.

Aunque ya no era una epidemia, la enfermedad no estaba erradicada. Sergei, el amable regente ruso de un hotel en Karakol, me contó que hacía cuatro años, a escasos kilómetros de donde estábamos, un joven pastor había muerto por la peste.

 

Una carrera contra el invierno

Por suerte, la gran nevada cayó en buen momento. Ocurrió durante la primera noche que pasé en la ciudad. Al despertar y ver a través de la ventana una capa de nieve de veinte centímetros supe que tendría que quedarme allí varios días.

La ciudad entera se había quedado sin electricidad, y yo allí, arropado entre mil mantas, utilicé mi tiempo para decidir la ruta recopilando información con ayuda del ruso y pensar en la estrategia para combatir el frío.

Me quedaba una última cordillera que cruzar hasta que llegara a la estepa Kazakh y las temperaturas ya estaban cayendo cerca de los veinte negativos. De repente entendí que estaba en una carrera contra el invierno.

Hacia el oeste, la ruta bordeaba la cara norte del lago hacia la capital kyrgyzstaní, Bishkek. De ahí, podría entrar sin problemas a Kazakhstan. Era la ruta más concurrida y, teóricamente, la mas fácil.

En cambio, dirigirme hacia el este, adentrándome hacia la triple frontera de China, Kazakhstan y Kyrgyzstan, era muy arriesgado, ya que el puesto fronterizo cerraba sus puertas hasta la primavera en siete días, el último de octubre.  Sin embargo, escogiendo la ruta difícil tenía claras ventajas para combatir el frío.

 

La taiga

Inmensos bosques de alerces y otras coníferas que me iban a abastecer de una fuente ilimitada de madera. Por contra, el suelo arenoso, salado y sin nutrientes de la orilla del lago Issyk-kul que me encontraría de escoger la opción fácil, apenas permitía el desarrollo de pequeños arbustos espinosos. Fue por ello que escogí mi ruta hacia el este.

Durante la noche, percibí entre sueños que la tormenta amainaba. Por la mañana, vi que el sol brillaba con fuerza. Era el momento de partir.

Comencé a cargar la bicicleta en el patio del hotel, que era un antiguo edificio que no conocía reformas desde la época comunista, teniendo en cuenta la fachada y el empapelado art deco en las paredes de los dormitorios.

Vi que el ruso me miraba por la ventana de la recepción. Nos hicimos un gesto con la cabeza, en el cual nos dijimos muchas cosas, y desapareció entre las cortinas.

Tensando las cuerdas de mi carga, pensé en él y sentí calidez. Era una de tantas personas que se iban a quedar grabadas en mi memoria. Personas que eran gran parte de mi viaje. Mucho más que los monumentos turísticos.

Se llamaba Sergei y acababa de cumplir setenta años. Había regentado el mismo hotel desde hacía más de tres décadas. Qué hombre tan amable.

Atento en todo momento en que yo estuviera cómodo, observé costumbres que me agradaron mucho.

Cada vez que yo le tenía alguna pregunta, bien fuera sobre la ruta o bien sobre lo que recordaba de la época comunista, se colocaba unas pequeñas gafas que llevaba colgadas del cuello y sacaba del bolsillo de su camisa un bolígrafo y un pedazo de papel. Garabateaba todo, sin excepción, compensando su mediocre nivel de inglés con mi bajo nivel de ruso, y así contribuía a una fluida comunicación.