En la boca del lobo – Parte VII

Aldeas de pastores de yaks.

Por Juan Francisco Torres

El frío dentro de la carpa me imposibilitaba dormir y hubo noches en las que pasé hasta diez horas mirando al techo y escribiendo estas líneas. De no haber gozado de ese estado óptimo de salud, mis noches en vela hubiesen sido muy diferentes.

Desde luego que no disfrutaba con ello, pues la falta de sueño y mis miserables noches también contribuyeron a mi pérdida de masa muscular, pero encontraba de gran gozo pensar en las posibles razones que me mantenían sano en aquellas condiciones. Como si el cuerpo tuviera herramientas más aptas para enfrentarse al hambre, a la sed o a la soledad, que al estrés del tráfico, o al de un supermercado, o al de la cocina de un restaurante. O tal vez fuera que mi cuerpo sabía que enfermar en aquel páramo sería desastroso.

Por el frío intenso que me hizo pasar esas noches en vela fue que cada vez que veía una casa abandonada, me introducía en ella en busca de madera. Única manera de conseguirla, pues el límite arbóreo se había quedado dos mil metros más abajo.

Normalmente eran las vigas de edificios en ruinas de la USSR. A veces utilizaba excrementos secos de animales, que aunque no ardieran por demasiado tiempo ni hicieran brasa, eran ligeros para el transporte.

Un par de veces la buena suerte hizo encontrarme con pedazos de carbón que habían caído de los camiones chinos. Con el carbón mineral ocurría justo al revés que con los excrementos. La densidad y peso de aquellos materiales era proporcional a las horas que iban a emitir calor.

Me ocurrió en ocasiones que me encontré a media mañana con buen material para un fuego. El problema era que arrastrar el material conmigo durante cinco o seis horas era un gasto considerable de energía, algo de lo que no excedía. Sin embargo dejarlo atrás era un gran riesgo, pues a veces pasaban días en los que no encontraba ningún edificio abandonado ni antiguos corrales.  

Siempre acababa escogiendo la opción más segura y acarreando conmigo el material.

La compañía del fuego.

El consuelo de los recuerdos

Pensar en mi Quico, mi padre, mientras cargaba con diez kilos de madera sobre mi bicicleta siempre me traía una sonrisa a la cara. Él me había dicho: “La leña calienta dos veces. Cuando se lleva y cuando se quema”.

Hacer un fuego no era tan fácil. La ausencia de oxígeno o combustible imposibilitaba a la madera arder, y yo gastaba una cantidad considerable de energía soplándole a las llamas. Ver que una madera tan seca no ardía con facilidad era un proceso extraño y que cuando lo hacía, las llamas se movían de un modo vago, mostrando un color rojo, indicador de su baja temperatura, pero que calentaba al fin y al cabo.

Hubo una noche en la que se me había acabado la gasolina para el hornillo y no pude encontrar nada para quemar. Había dedicado el día a subir un collado desde los mil metros de altura hasta los tres mil quinientos, en un ascenso de cuarenta kilómetros, con un viento gélido soplando en mi cara y en los que sólo había comido algunos puñados del resto de mi avena, que eran mis raciones de emergencia.

Por no asustarme no quise averiguar el balance calórico de aquel día. Me fui a dormir con el cuerpo frío y el estómago vacío y para hidratarme tuve que masticar el hielo de una charca estancada que encontré cerca del campamento.

Era el cuatro de octubre y mi última noche en el altiplano. Era mi cumpleaños, y la situación en la que me encontraba era poco menos que miserable, sin embargo estaba radiante de alegría. Lo había conseguido. Ya solo tenía que descender mil metros para llegar hasta Shari-Tash, en la frontera con Kyrgyzstan, donde podría conectarme a internet y llamar a mi madre.

Exceptuando algunos puestos militares, tres o cuatro camiones chinos que cargaban carbón, aldeas de piedra de pastores de yaks, y el día que el viento me trajo a Bob, habían pasado diecisiete días de completo aislamiento.

Abandonar el plateau no significaba que las temperaturas iban a aumentar. Kyrgyzstan era un país igualmente abrupto, aunque la altitud media fuera menor, la latitud era mayor.

Los días se iban haciendo más cortos. El invierno estaba a una vuelta de la esquina, y ya no habrían circos de montaña que frenaran la humedad, lo que presentaba una nueva dificultad.

 

La nieve

Levantarme rodeado de una capa de veinte centímetros no era mi mañana ideal. Ni aunque fuera hermosa. Tener que escarbar en ella para sacar las piquetas de la carpa era un proceso desalentador, contando que no podía utilizar mi único par de guantes si quería reservarlos para mi marcha, la cual ya comenzaba con las manos entumecidas.

Levantarme rodeado de nieve no era mi mañana ideal.

Hubo un día, en que pedaleaba rodeado de un espacio puro y níveo hasta donde llegaba mi vista. No había viento y el sol brillaba calentando la superficie de la carretera. Aquello hacía que pequeñas partículas de agua flotaran en el ambiente y cambiaran a un estado visible en un proceso conocido en ciencias como dispersión, aunque a mí sólo me preocupaba cómo la humedad causada incrementaba la sensación de frío.

Por mi seguridad, me miraba las manos para asegurarme de que estaban aferradas al manillar. No sentía nada en absoluto. Ni siquiera dolor. Aquello me asustó. A bajas temperaturas, nuestro mecanismo de defensa reducía el flujo sanguíneo para tratar de preservar la temperatura, lo que era un arma de doble filo, pues hacía que la línea que nos separaba del congelamiento fuera mucho más fina.

No tenía gasolina, ni otras opciones para calentarme, así que me bajé de la bicicleta, me quité los guantes con ayuda de los dientes y me oriné las manos, una técnica que ya había utilizado en Ladakh.

El intenso dolor que sentí desde la punta de mis dedos y que fue irradiándose hasta el centro del pecho fue irónicamente bienvenido. Mis manos volvieron a la vida. Por un rato al menos. Aquel día repetí el proceso del orín tantas veces como pude y aunque con la piel agrietada, salí de Asia central con todos mis dedos.