En la boca del lobo. Parte VI

Acercándome a la Taiga, la nieve pronto se hizo presente.

 

 

 

 

 

 

 

Por Juan Francisco Torres

-Me metieron en un coche, sin preguntar, y me llevaron contra mi voluntad a más de dos mil kilómetros, desde Guazhou hasta la frontera Tajik, -soltó Bob a bocajarro, – y no se marcharon hasta que no se aseguraron que salía de China.

-¿Cómo? ¿Quién? -balbuceé.

-Las autoridades Chinas, claro. ¿Acaso crees que al gobierno Chino interesa que el mundo sepa de lo que está ocurriendo en Xinjiang?

-Te refieres a la etnia Uigur, ¿verdad?

Bob se puso a hablar detalladamente de lo que había visto y cómo si el hecho de hablar de aquello hubiese aumentado su calor corporal, se bajó la bufanda y se descubrió la boca.

Pude ver sus dientes, muy blancos, y apreciar que se afeitaba con regularidad, lo que me daba más detalles para poner cara a aquel noticiario. Por fin tenía toda mi atención.

Según los historiadores Uigur, los ancestros de aquella etnia llevaban más de cuatro mil años habitando los llanos de la cuenca de Tarim, en el extremo Oeste del País. Defendían su antigüedad con unas momias encontradas en el desierto de Taklamakan.

Por contra, la predominante etnia Han, que comprende el 92% de la población China, alega que el origen de la minoría étnica no se extiende más allá de unas tribus nómadas que se habían unido apenas hacía unos siglos. Según Bob, aquello no era sino otra excusa para eliminar su cultura.

Yo ya sabía que China, preocupada de ser rodeada por el avance soviético en los años 80, había invertido cientos de miles de dólares en armamento para los Mujahideen. Lo que no sabía era que les habían construido campos de entrenamiento militar entre las fronteras de China, en Xinjiang, ni que oficiales del ejército Chino se habían encargado de la formación militar de los extremistas.

 

El interés en Xinjiang

El dia que el viento me trajo noticias.

Xinjiang llevaba cinco siglos siendo un estado principalmente musulmán, con costumbres muy diferentes al resto de China, y hasta habían conseguido periodos esporádicos de independencia.

Hacía pocos años que China comenzó a ver el potencial económico de los recursos naturales de la provincia, principalmente petróleo y gas, con lo que comenzó enormes inversiones y oleadas masivas de chinos Han para la explotación.

Los Uigur, cuya lengua era de origen túrquico, se sintieron desplazados con el empeoramiento de su calidad de vida e iniciaron protestas contra los mejores sueldos con respecto a los Han. Algo idéntico a lo que todavía hoy seguía ocurriendo en Tíbet.

Las protestas escalaron, hasta que el gobierno respondió con violencia provocando un éxodo de Uigures. Algunos buscaban asilo, seguir con sus creencias y una vida tranquila. Se fueron a Europa o a Turquía. Otros muchos otros se dirigieron a Afganistán y Pakistán y se unieron a al-Qaeda y otros grupos terroristas, como ISIS o ETIM y así continuar con la lucha separatista.

En el año 2014, el gobierno Chino intensificó aún más la represión contra las libertades, religión y cultura uigures. Se prohibieron los ayunos durante Ramadán, el uso de velo, los nombres propios musulmanes, e incluso dejarse barba.

De nuevo estaban metiendo a todos los musulmanes en la misma caja donde metían a los terroristas. Los mismos terroristas a los que ellos habían entrenado.

 

Campos de concentración

-Hace unos años – Bob siguió hablando- comenzaron la construcción de unos edificios masivos que utilizarían como campos de concentración para lavarles el cerebro y así convencerles de que la religión era un veneno que actuaba contra la madre patria.

-¿Cuántos se estima que hay encerrados?

-Puede que hasta dos millones. Sin previo juicio, fueron acusados de terrorismo y separatismo. La inmensa mayoría tan sólo por sus creencias.

-¿Qué?- solté entre dientes mientras un escalofrío me recorría la espalda.

-No se sabe. Cientos de miles, seguro. Los chinos han invertido millones de dólares en sistemas de vigilancia contra los Uigur. Reconocimiento facial en las calles, o aplicaciones espía en los teléfonos. Se sabe de un muchacho que fue encerrado por tener en su teléfono una frase del Corán. El periodista que expuso su caso ha desaparecido.

Bob había tratado de averiguar qué era lo que ocurría y cuál era la razón de que no se le permitiera deambular por la provincia de Xinjiang.

Lo que había descubierto le quemaba por dentro, de ahí su necesidad de compartirlo conmigo.

Toda aquella represión de la que él había sido testigo me recordaba más y más a la que yo mismo había observado en Lhasa, la capital de Tíbet. Aún recuerdo el control de pasaporte en cada esquina, detectores de metales, y observar a los Tibetanos sumidos en su miseria, incapaces de expresar su descontento. Rodeados de un creciente mundo de cemento y electrónica al que jamás se adaptarían.

China estuvo negando la detención Uigur durante varios meses, pero tras la clara evidencia aportada por cientos de personas exiliadas en el extranjero que desconocían el paradero de sus familiares y algunas imágenes de satélite que mostraban los edificios en el desierto, se explicó al mundo con que tan sólo eran “centros de re-educación” , sin dejar de alardear sobre el éxito del programa.

-Por una parte -continuó- los Chinos pregonan que la religión es un veneno y que hay que eliminarla de su país, y por otra parte, siguen negociando con los extremistas religiosos en países vecinos para que continúe aumentando la inestabilidad y así continuar su expansión.

¿Quién es el lobo? ¿Quién es la presa?

Tras un corto silencio añadió, esta vez generalizando.- En el momento en que hay dinero de por medio, nos olvidamos rápidamente de religión o raza. Homo Homini lupus est.

-Sólo el hombre es un lobo contra el mismo hombre -pensé en voz alta.

-Exacto. Y eso, ¿No nos define a todos como depredadores y presa al mismo tiempo? -se pausó al ver que yo me había callado y trataba de entender lo que decía. Luego continuó-. Me hace pensar que nuestro mayor problema es que no sabemos de quién tener miedo.

Necesité algunos segundos para meditar sobre las palabras de Bob, aunque luego descubriría que aquella reflexión me acompañaría por mucho más tiempo. Con todo, estaba fascinado de escuchar algo tan abstracto de un hombre de ciencias.

Hubiese sido un buen compañero.

-Hablando de lobos. -Dijo cambiando de tema. -Cuidado por las noches en tu ruta hacia el norte.

-¿Qué? ¿Por qué lo dices?

-Un ciclista amigo mío sufrió el ataque de una manada en la ruta hacia Kazakhstan, así que trata de no acampar muy lejos de las aldeas.

Me dio tiempo a pensar en que pronto me adentraría en la Taiga, y que no podría evitar algunas noches en el bosque, alejado de seres humanos.

-¿Estás de broma, no? -pregunté con la esperanza de que así fuera.

 

-No, no es broma. Por lo visto le atacaron durante la noche. Le rasgaron la carpa y se comieron todos sus víveres. Dice que se puso a gritar auxilio, y que fue salvado en el último momento por unos perros mastines que protegían el ganado.

El inglés sonrió al ver mi cara, y pese a que sentí cierto temor creciente, su cínico gesto no me molestó. Restaba importancia a la vida de otro ser humano: la mía.

Bob venía de ser testigo del sufrimiento de cientos de miles de almas y yo así lo entendí. Su sarcasmo estaba justificado. Con todo, éramos nosotros la especie que estaba haciendo tanto daño.

Él, que no se había apeado de la bicicleta, se acercó más a mí antes de posicionarse para emprender la marcha. Me palmeó cariñosamente el hombro, sonrió incluso más que antes, y formuló aquella pregunta que yo interpreté como un enigma a desenmascarar. “¿Quién es el lobo y quién es la presa?”

-Yo seguí allí pausado, todavía abrumado por el paisaje que nos rodeaba y tratando de asimilar las noticias que el viento había traído. Hasta que una punzada de hambre me recordó dónde estaba. Sólo entonces me di cuenta de que Bob desaparecía en la inmensidad del desierto.