En la boca del lobo. Parte V

Por Juan Francisco Torres

Con las características que convertían la zona en un vasto páramo, no habían obstáculos que frenaran el viento. Maldito viento. A mí, personalmente, no me traía nada bueno, ni aunque soplara a mis espaldas y ayudara en mi traslado, lo que ocurría pocas veces.  Desde el amanecer, en el momento en que los fotones del sol calentaban las partículas de gas de la atmósfera, estimulando las corrientes de aire y hasta que se ponía, me castigaba sin tregua.

Era más común que soplara directo en mi cara y se introdujera en mis narices, resecándolas, que sangraban todos los días que pasaba a más de tres mil metros de altitud, o que soplara de lado, desestabilizándome. Tampoco era placentero en mis oídos, y es que su silbido constante como único sonido existente durante toda la jornada podría volver loco a cualquiera.

Vientos de cuarenta kilómetros por hora. No eran ni mucho menos los vientos más fuertes a los que yo me había enfrentado, pues las ráfagas de la Patagonia cambiaban a uno la percepción de lo que era el viento. El de los Pamires, en cambio, se caracterizaba por su constancia, y añadía peso a las dudas en cuanto a mi decisión de explorar Hindu Kush en los meses en los que entraba el invierno.

Las temperaturas durante el día apenas llegaban al punto de congelación, con lo que un viento de cuarenta kilómetros por hora, creaba una sensación térmica de unos quince grados negativos. Por eso es que en un lugar en el que no existían refugios contra el viento, parar a comer o tan siquiera a descansar, era impensable.

Así que aquellos días sobre el plateau, aparte de mi nutricional sopa de arroz, lentejas, ajos, patatas y cebollas, que tomaba de noche y de mañana, dentro del único refugio que era mi carpa, mi dieta durante las horas de pedaleo eran los panes tajik, horneados con mantequilla y yogurt de yak, que encontraba congelados dentro de mis bolsas, a los que iba dando bocados a cada rato, alternándolos con bocados a una barra de mantequilla, igualmente congelada.

También tenía una bolsa de cinco kilos de dátiles que había comprado en KhorogComprar aquella dulce delicia había sido una gran victoria, pues por experiencia sabía que tendría que comer sobre la marcha. Además, gracias a la glucosa, era uno de los pocos alimentos que encontraba descongelados en mis bolsas.

Cada treinta minutos exactos de pedaleo, premiaba a mi cuerpo con un dátil y era sorprendente reconocer a mi reloj biológico que adivinaba certero el momento del dulce. Al menos aquello disipaba por un rato el pensamiento del maldito viento. Aquel tesoro en decadencia que guardaba con recelo y que era mi bolsa de dátiles, me duró tres semanas.

 

Tres semanas pedaleando

En aquellas tres semanas sobre el altiplano, perdí alrededor de once kilos de peso, sin embargo, alcancé un estado óptimo de salud física y mental.

Hubo un día que me encontré pedaleando impaciente, tratando de llegar al anochecer a la población de Murghab, muy cerca de China. Había escuchado sobre unas saunas que los lugareños construían contiguas a sus casas de barro y en cuyo interior, forrado de láminas de alerce, una ingeniosa estufa alimentada con excrementos de yak, calentaba unas rocas a la vez que un tanque de agua situado en su doble fondo.

Fue aquel mismo día que el viento me trajo noticias. Desde Murghab, la ruta se dividía en dos, una hacia el este que comunicaba con Kashgar, una ancestral e importante ciudad comercial en el oeste Chino, y otra hacia el Norte, que bordeaba la frontera sino-tajik hasta entrar en Kyrgyzstan, hacia donde yo iba.

Pese a que el viento soplaba fuerte en mi cara, pedaleaba con determinación para poder meter mis huesos en una de esas saunas tajik, puesto que hacía seis días que me estaba lavando el cuerpo con medio litro de agua y un paño. Además, tenía ganas de comer yak hervido.

 

La llegada de Bob

Bob.

En un momento, al levantar la vista vi en la lejanía un ciclista que se acercaba a mí. Él sí que se movía a gran velocidad propulsado por el viento que le daba de espaldas. Sin embargo, no dudó en frenar. Nos estrechamos fuertemente la mano, como lo harían dos personas que se encuentran en un desierto.

Primero me imaginé su cara, pues iba cubierto de pies a cabeza y tan sólo asomaba una naricilla roja que moqueaba sin cesar. Era algo más bajo que yo y, aunque estaba forrado en gore-tex, se le notaba de una musculatura compacta.

Se llamaba Bob y resultó ser muy hablador, aunque tal vez fuera el aislamiento al que estábamos sometidos el que le hizo ponerse a parlotear sobre la situación política en Tibet o Taiwán. Era un hombre culto y que utilizaba su conocimiento de un modo abierto. Hubiese sido un buen compañero. Sin embargo yo, algo abrumado por la altitud y porque hacía días que no hablaba con nadie, tan sólo quería llegar a la sauna, y me sentí reticente a meterme de nuevo en un mundo de política.

Desde su primera palabra había sabido que era Inglés. Por eliminación supe que no era de Manchester, ni de ningún lugar del oeste, al notar que no cortaba el final de las palabras con una exhalación abdominal. Hablaba con un tono y acento muy claro, con lo cual no podía ser escocés ni galés. Tampoco canturreaba como lo hacían en la provincia de York. Sería de algún lugar del sur, aunque no sonara como los londinenses que yo conocía.

Rondaría los cuarenta y pico. Dijo que venía de cruzar la totalidad de China, y en algún momento creí escucharle decir que era médico. Pude atisbar a través de los cristales oscuros que sus ojitos eran menudos aunque muy vivos y quise pedirle que se quitara las gafas y terminara su monólogo, pero no me atreví. En vez de eso, seguí escuchando a ratos, sin dejar del todo el mundo de las suposiciones.