Bukowski hubo uno y no necesitamos más

 

Vengo pensando últimamente sobre los modos en que se manifiesta la Literatura a lo largo de la vida. En el arte en general. En cómo reaccionamos ante ella como reacción ante la sociedad. Pensaba especialmente en el realismo sucio -uno de los géneros que más he disfrutado, he de decir-, porque los tiempos que corren son sucios en sí.

Pensaba en Bukowski y en cómo tantos intentan emularle pese a que esto ya no son los años 50 ni estamos en Estados Unidos ni la forma de ser políticamente incorrectos es ser unos desgraciados de la vida (o al menos jugar ese papel). Como decía Silvi, no está la cosa para emborracharse. Está para ser todo lo lúcidos que podamos. Para ser realistas, y nunca mejor dicho. La vida ya es demasiado sucia como para que la enguarronemos más.

No necesitamos ese deje de incomprendidos y marginados que son unos capullos porque la vida les ha tratado mal. No necesitamos que lo que se deja traslucir de esa literatura sea un machismo recalcitrante que se escuda en lo putas que son las mujeres que rechazan al protagonista -¡AL ESCRITOR!- porque, pobre, es feo y desgraciado. Que lo mismo esto pasa porque es un gilipollas, llámame loca del coño.

Puede ser que hace 50 ó 60 años no tuviésemos, ni como sociedad ni como individuos, las herramientas necesarias para enfrentarnos a esa realidad sucia y descarnada, a ese sueño americano frustrado. Ahora no tenemos Vietnam, pero tenemos derechos anulados, trabajos precarios y unas condiciones de vida  que nos prometieron y nunca vamos a tener. También estamos frustrados. Como lo estaban cuando surgió la generación perdida, los beatnik o el realismo sucio. Somos la generación frustrada, ¿cómo vamos a estar?

Nadie nos prometió el sueño americano, solo el cielo en el infierno. Un mundo Disney que no existe y que, además, emborronamos con tintes de una época pasada que nos parece romántica pero está desfasada.

Lo que toca ahora es buscar una identidad propia, no imitar a viejas glorias que a día de hoy no tienen nada que decir. Al final todo esto no consiste ni más ni menos que en encontrar una voz propia que nos represente como individuo dentro de la sociedad y sea el reflejo de quienes no tienen las herramientas para alzar la suya. Aunque todavía no sepamos muy bien si debemos quedarnos en la oficina de correos o morirnos de hambre. Pero ya es hora de que dejemos de perseguir al gorrión rojo.