En la boca del lobo – Parte IV

Por Juan Francisco Torres

Tras un continuo y suave ascenso de varios miles de metros en cuatro días, noté cómo la carretera se allanaba. Lo noté en mis piernas y en la velocidad de la bicicleta.

Fue el veinte de septiembre que alcancé el altiplano y me encontré con un paisaje carente de referencias geográficas. No había ningún árbol, ni una casa, ni cualquier objeto cuyo tamaño fuera familiar y pudiera compararse para calcular distancias.

Además, todo lo que se veía desde mi perspectiva -no mucho- rocas de todos los tamaños o nubes, estuviesen lejos o cerca, estaban igualmente perfilados, ya que las luces, tan metálicas, viajaban libremente sin encontrarse con partículas de agua que las difuminara, pues la atmósfera carecía de la más absoluta humedad.  O fuera tal vez que la falta de oxígeno afectaba de esa manera mi percepción.

Lo más desmotivador era cómo podía estar seguro de que la carretera descendía enfrente de mis narices, cuando en realidad era lo contrario.  Una vez sobrepasado el poblado de Jelondy, y durante varios cientos de kilómetros, ya sólo me esperaban horizontes casi infinitos.

Solía detenerme y mirar abrumado a mi alrededor, y es que, pese a la estrecha relación que tenía con los espacios abiertos, nunca llegué a acostumbrarme a aquel paisaje.

Allá en la lejanía, se veían esas masas de roca que formaban el circo de montaña y frenaban la humedad. Las nieves y glaciares se acumulaban en la parte externa del circo, y sus aguas de deshielo fluían hacia el exterior.

Hubo veces en que tuve que cargar con toda el agua posible, como aquel día en que me despedí del precioso elemento en cualquier forma, ni siquiera congelado.  Hasta que alcanzara la siguiente aldea, me esperaban doscientos kilómetros de paisaje lunar, con tres pasos de montaña que rozaban los cinco mil metros de altura. Por suerte lo sabía, y cargué con nueve litros de agua que me iban a abastecer durante cinco días.

Lo tenía bien calculado.

Iba a necesitar mil trescientos mililitros diarios para cocinar nutritivas sopas por las noches, a la las cuales también añadía una generosa cantidad de sal y azúcar para recuperar electrolitos, y cuya segunda mitad solo tenía que descongelar para el desayuno.

También utilizaría algo del agua para limpiar mi cuerpo, pero aunque quisiera, no podría utilizar más de medio litro diario.

Si era capaz de escatimar doscientos o trescientos mililitros, podía permitirme el lujo de preparar té verde que llevaría en mi termo, pues de lo contrario se congelaría en el botellín, sólo por calentarme un poco, pues a esas alturas el cuerpo no me pedía agua durante el día.

Muchas veces otros viajeros me habían criticado, ya que estaban seguros que lo mío con mi higiene era obsesivo. Que si me jugaba una hipotermia al desnudarme. Que si no era necesario limpiarse todos los días. Podría ser cierto. En ocasiones había escogido pasar un poco de sed con tal de obtener un buen descanso, lo que no conseguía de estar sucio.

Además, hubo muchas veces en las que me sorprendí a mí mismo rompiendo la capa de hielo de un río semi congelado para introducirme en él. En aquellos momentos siempre pensaba en aquel ciclista Suizo que encontré en Tibet. Llevaba dos años por el mundo cuando nos conocimos. Por su apariencia de abandono, acabé refiriéndome a él como “el pirata de barro”.

Lucía unos pantalones de tela fina, rayados a lo largo con tonos marrones y que siempre llevaba arremangados por debajo de las rodillas. Una camisa abierta hasta el pecho con un corte triangular, también marrón, aunque un tono más oscuro, que parecía sacada de un museo vikingo. Ambas piezas raídas por el sol y el continuo uso, remendadas con pedazos de tela aquí y allá.

La piel del muchacho, que no estaba protegida por demasiada melanina, sufría los efectos del sol, cosa que a él no parecía importarle demasiado. Yo, en vano, traté varias veces de expresarle indirectamente el dicho que había aprendido hacía años de Tsering narboo, un comerciante del desierto de Ladakh a cuya caravana me había unido para atravesar un collado.

“Aquí uno puede sufrir quemaduras por el sol y congelamiento al mismo tiempo”.

El pirata de barro tenía una invariable expresión facial, con unos ojos que se hundían en el cráneo huyendo del mundo, como si tuviesen miedo de lo que miraban, y cuyo azul intenso contrastaba con sus largas rastas pelirrojas que le llegaban hasta la cintura y contra su blanca piel de porcelana. Sin embargo, se fijaban en mí con una absoluta confidencia cuando le preguntaba por la razón de no llevar casco o pedalear descalzo.

-Quiero un contacto absoluto con el planeta. De llevar zapatillas estaría bloqueando la energía de la tierra. Y de igual modo con el sol – decía el pirata. Luego descubrí que aquella era la misma razón por la que no quería bañarse.

Compartimos varios días juntos. A él le disgustaba que yo utilizara parte del agua para limpiarme por las noches, aunque fuera yo quién la acarreaba.

Yo le veía meterse en su saco de dormir, cada noche, con los pies cubiertos de roña. No llevaba ninguna muda de ropa, lo que significaba que la ropa de vikingo que utilizaba para pedalear, también era su pijama.

Su hedor me incomodaba en demasía, y por si fuera poco me juzgaba por llevar siempre calcetines, calzoncillos y una camisa limpios para dormir. Por suerte pude ser asertivo desde el primer momento en expresar mi intención de no compartir carpa.

Era lógico que aquella unión de dos viajeros no podía durar demasiado, pese a estar cruzando un desierto y pese a lo importante que era la compañía humana en esos lares, y aunque sentí una gran decepción, decidí continuar sólo.

Incluso una vez separados, no podía evitar juzgarle en mi pensamiento. Pedalear descalzo o sin casco era incluso peor que no bañarse, sin embargo, unos meses después descubrí que el pirata de barro había tenido que abandonar su viaje por una infección bacteriana en sus partes más íntimas.

Lo que estaba claro era que todos teníamos alguna manía, y lo suyo, como lo mío, era hablar de extremos. Con todo, mi manía me había mantenido sano hasta el día de hoy y que yo supiera, no molestaba a nadie.

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