Periodismo de alquiler

A finales de 2015 un grupo de amigos decidimos montar La Línea de Fuego. La razón era bastante obvia: tener una trinchera donde disparar las palabras que nos diera la gana ya que el sistema nos consideraba muy jóvenes (e ingenuos) para entrar en una redacción con un contrato bajo el brazo.

No queríamos ni ser becarios ni estar presionados por aquellas empresas que formaban parte de un gran árbol genealógico que se explicaba en Estructura de la empresa en 1º de carrera. Hoy, ese árbol parece muy revolucionario que se saque fuera de las aulas.

Después de crear una línea de combate, seguimos siendo jóvenes, ingenuos y muy a nuestro pesar, también fuimos becarios precarios. Pasamos a cobrar una miseria por entrar en el sector que se aprovechaba de nuestra vocación y buena voluntad. Ahora nos damos cuenta que aunque lleves años dando vueltas en el mismo círculo, se sigue cobrando una miseria.

Decir que los medios de comunicación tienen intereses políticos y económicos no es nada revolucionario. Que venga de nuevo Josep María Huertas y nos diga aquello de que “los periodistas tenemos que hacer de cada mesa un Vietnam”. Que venga y que nos lo recuerde.

Se nos tendría que caer la cara de vergüenza si negásemos las comidas gratis, coches oficiales, desayunos en los mejores hoteles y todo aquello que implican las “coberturas amables”. Entre el confeti que algunos jefes reparten en las redacciones que parecen más una sala de fiestas, hay un ejército de compañeros que todavía no se han dado cuenta de la falta de libertad porque consideran a la empresa para la que trabajan su casa. Un error.

En una época de griterío y mucho ruido, falta lucidez en los medios de comunicación. Somos el triste espectáculo que forma una cadena de trabajadores que funcionan como grabadoras o taquígrafos repitiendo las consignas de un lado y de otro. Nuestro deber es ponerse al frente de comentarios machistas, xenófobos, racistas, homófobos o tránsfobos, porque de no hacerlo estaremos actuando como altavoces del odio y ese nunca ha sido nuestro cometido. Tenemos una gran responsabilidad porque somos capaces de moldear las realidades.

Hoy en día me sorprende la capacidad de muchos periodistas de poder mimetizarse con un sistema que es capaz de precarizar sus vidas mientras se dan golpes en el pecho orgullosos de su pseudolibertad. El mundo paralelo en el que viven algunos y que está tan alejado de las calles, es espectacular.

Cada vez son menos los que deciden no pasar de puntillas o hablar con la boca pequeña sobre algunos temas tan graves como la fabricación de pruebas falsas por parte de una mafia policial que utilizó dinero de todos contra partidos políticos legales simplemente por el hecho de ser adversarios. Y cada vez son más los que alimentan la curiosidad basura a través de titulares espectaculares o los gurús del periodismo que creen que toda entrevista es un salto de obstáculos y por eso, creen tener la legitimidad de interrumpir o de cuestionar lo que es absolutamente incuestionable aunque ello suponga faltar a la calidad de servicio público.

La confusión se premia en una profesión que cada vez requiere menos tibieza y más valentía, tomándo esta como la rebelión de la verdad. Parece mentira que ahora tengamos la tarea de identificar en qué jaulas está el periodismo y en qué espacios se disputa algo de luz.

El periodismo no debería ser el cuarto poder a no ser que este se entendiese como la capacidad de enfrentar a los otros tres (legislativo, ejecutivo y judicial). Debería ser una trinchera desde la que se tuviese la capacidad de transformar la información en experiencias para el pueblo y pudiese desnudar a los reyes con indiferencia del color que lleve su capa. Más que nunca necesitamos más periodismo, más investigación, más medios y más recursos. Antes de que sea demasiado tarde.