El feminismo de campo y el feminismo de ciudad

Fotografía de Fernando Busto

Se cansó del bullicio de las grandes avenidas, de la prisa, del anonimato, de la contaminación. Quiso recomponerse al calor de una hoguera, dejarse hipnotizar durante horas por el baile a bandadas de los estorninos, encontrarse entre los márgenes escritos de los libros de su habitación. Sí, el feminismo de ciudad necesitó un respiro, y fue a buscarlo entre los aires cálidos del mundo rural. Creyó, ingenuo, que aquélla sería una época de calma —como mucho, de meditación—, lejos de las primeras líneas de batalla, cerca de una pasividad social que no puede permitirse. Sin embargo, allí, en el pueblo, conoció al feminismo de campo, uno tan valiente, pasional, político, sororo y necesario como él —por momentos, incluso más—. Juntos, fundidos, se alimentaron el uno del otro comiéndose a besos y sin piedad.

Menos atrevido no es menos valiente

Al feminismo de campo no le gustan los piquetes. Ni los encierros en locales públicos. Ni las barricadas. Mucho menos las expropiaciones de productos en supermercados. Al feminismo de campo no se le puede hablar de vandalismo como medio y forma de conseguir nada, y no por cobardía, sino por pragmatismo. Que por muchos pasamontañas que se enfunde, al feminismo de campo se le reconoce allá por donde va, incluso en los andares. Y él, a su vez, conoce perfectamente a quienes regentan los locales y comercios de la zona, poniéndoles nombre y apellidos, circunstancias y pesares, vicios y virtudes. Es por eso que el feminismo de ciudad se dio cuenta de que en el mundo rural pesa más la red social tejida entre conciudadanas y conciudadanos que su necesidad en el mundo urbano de materializar la rebeldía de las mujeres en pequeños actos delictivos que, en este caso, poco a nada aportarían a la causa. La valentía del feminismo de campo es otra cosa y nace de la exposición personal de las que lo conforman ante su comunidad, aun sabiéndose desde ese mismo instante convertidas en abanderadas de un mensaje bajo una etiqueta y nunca más de sí mismas.

Menos experimentado no es menos pasional

Tal vez tuvo algo que ver la llegada del feminismo de ciudad, pero este año ha sido el primero en que el feminismo de campo ha logrado movilizar a las mujeres de una localidad que capitanea una comarca al norte de Burgos para salir a las calles al grito de «¡Aquí estamos las feministas!». Es más, el feminismo de campo acaba de nacer aquí y, aunque principiante, se presiente en sus miradas las ganas hasta ahora ahogadas de combatir a fuerza de amor y empatía el odio y la lógica de la dominación del machismo. La pasión del feminismo de campo está en la energía potencial que, durante años, fueron gestando en los corazones las mujeres que ya no sólo sueñan, sino que luchan.

Menos técnico no es menos político

Durante su visita, el feminismo de ciudad se dio cuenta de que el feminismo de campo desconoce mucha terminología que en el mundo urbanita parece imprescindible. Que si heteropatriarcado, que si cisgénero, que si hembrismo, que si antiespecismo. En el pueblo, todos estos vocablos huelen a cientos de lecciones teóricas que deben de impartirse lejos de allí y suenan a motivaciones perdidas en explicaciones indescifrables. Así que las esquivan, no vaya a ser que se les esfumen las ganas de reivindicación después de tanto esfuerzo por convertirlas en verdades. Lo político del feminismo de campo no está en la agresividad de los discursos, sino en el mismo acto de pronunciar un mensaje que, hasta el momento, no se había ni reflexionado.

Menos multitudinario no es menos sororo

Antes de, un centenar de personas le habría bastado al feminismo de campo para considerar su convocatoria un verdadero éxito. Porque partía de 0 y porque cada mujer movilizada es una victoria. Fueron más, tal vez cuatro centenares, y hasta al feminismo de ciudad, tan acostumbrado a sus millares de manifestantes, le pareció que lo que acababa de ocurrir allí era histórico. Tal vez sea una cuestión de perspectiva y tengan la culpa las plazas más pequeñas y las calles más estrechas, o quizás tenga más que ver con las mentalidades cerradas y las ideas caducas, pero cuando el feminismo de campo consigue sacar a su gente a protestar, la marea parece mucho mayor, incluso cuando la conforman (sólo) 400 personas. Lo sororo del feminismo de campo no está en el número de mujeres unidas en un mismo cántico, sino en el tiempo de calidad compartido con una misma y con las demás.

Menos mediático no es menos necesario

El 9 de marzo, con las almas agitadas y los cuerpos magullados de tanto sacudirlos, el feminismo de ciudad y el feminismo de campo se concedieron el placer de hablar —aunque con la voz rota de tanto gritarle al mundo que nos queremos vivas—. «¿Sabes?, es muy fácil ser feminista en la ciudad. De hecho, allá de donde yo vengo es mucho más difícil no serlo», le dijo el primero al segundo. «¿Pues sabes qué? Yo creo que es muy necesario ser feminista en el campo. De hecho, creo que aquí —y cuanto más pequeño sea el lugar— más imprescindible se vuelve serlo», contestó el segundo. Después de un largo silencio y con las lágrimas de emoción atascadas en la garganta y en el temblor de los puños cerrados, uno y otro se fusionaron de un golpe en un abrazo intenso, de esos en los que los latidos de cada corazón se sincronizan tan perfectamente que asusta y esperanza a partes iguales. No hubo allí ningún medio de comunicación para inmortalizar la escena, pero quedó grabada en la memoria de un puñado de mujeres que, aunque no protagonizaron las portadas de los periódicos aquella mañana, habían sido lo suficientemente rebeldes como para brotar de su tierra porque necesitaron hacerlo, por ellas y por las que siguen sin florecer. Pero florecerán.