Éramos poesía

Éramos poesía, musas sin escrúpulos atemorizando poetas malditos. Éramos la Beatriz inalcanzable de Dante, la Helena por la que se libró una guerra en Troya, las osadas nínfulas de Humbert Humbert. Eramos la impudica Bovary, la loca que inspiró los versos más tristes de Neruda. La que enseñó a hacer versos de amor a Lope, la puta que le dijo a Baudelaire que sus flores estaban malditas.

Éramos poesía y, a veces, como mucho, un éxtasis de Santa Teresa, versos de Safo desde una isla griega. Sylvia metiendo la cabeza en el horno mientras sus hijos duermen. Alfonsina vestida de mar y con los bolsillos llenos de piedras. La espera de Gabriela Mistral. La rosa de Gertrude que después inspiraría a tantas otras. Elise saltando por la ventana antes de que sus padres quemasen sus poemas sobre sexo con mujeres.

Éramos la oscuridad interior de Pizarnik luchando por salir. Rosalía (la de Castro) cantando a su tierra en galego. Anna Banti contando la vida de Artemisia. Hettie Jones conduciendo temerariamente. Ruth Weiss cantando los pormenores de aquella generación beat en su Postal 1995. Anaïs y el fuego. Somos todas esas flores de Giocconda Belli. Damos gracias a la vida como Violeta Parra. Somos las sirenas de Luna, las veinteañeras de Silvi y las siemprevivas. Las maneras de soltarse el pelo de Elvira.

Éramos poesía, poema naciendo de las manos del otro luchando por salir de las manos propias. Nos han cantado como el mal del hombre. Pero también nos hemos compuesto como flores que crecen fuertes.

Eramos poesía. Pero también somos poetas.