Mujeres en política: invisibles o rebeldes

Seis. Mujeres. Se buscan. Se persiguen. Casi se suplican. Como en una especie de llamada ritual a la lluvia. Como si tras un largo letargo la tierra reclamara a los cielos desesperada ser bañada de rocío cristalino. Cada cuatro años —a veces algo menos—, las mujeres del mundo aparecemos, somos, brotamos del suelo o surgimos de la nada para convertirnos en seres codiciados como engranajes imprescindibles de algo —esta vez sí— con carácter público: las listas cremallera.

Porque el próximo 26 de mayo será domingo de elecciones municipales y en mi localidad —de menos de 6.600 habitantes y bajando— ellas, las resucitadas de entre el silencio, vuelven a estar muy cotizadas por la izquierda política que, en un acto noble por la igualdad de género, se ha autoimpuesto la norma de colocar a hombres y mujeres ocupando puestos alternos en sus candidaturas para gobernar la ciudad. Y digo noble sin ironía, pues garantizar que una agrupación política esté formada por un 50% de mujeres es un mínimo, y no un mínimo a agradecer, sino a exigir.

Ahora bien, una vez dado el primer paso de la buena intención, los cabezas de lista —siempre son «los»— se encuentran con un muro infranqueable para el que no están entrenados a saltar: nuestra inseguridad, la de las mujeres, como grupo y como individuas. Así que, sin más, se lanzan al anuncio de vacantes libres mientras se hacen preguntas que a mí se me presentan demasiado obvias. «¿Por qué no sacan tiempo como nosotros las mujeres de nuestra edad?», pregunta, inocente, un integrante de una de estas listas de izquierdas a la caza de nombres en femenino. Precisamente, un hombre de la quinta de todas esas que, contratadas o no por un patrón, asalariadas o no tras una jornada laboral que tiempo y sudor les costó a las que nos preceden ser dignas de trabajar, viven en una guardia constante de cuidados. «Pues porque no lo tienen», me vi obligada a contestar, desilusionada y casi decepcionada ante su duda.

Y, sin embargo, la respuesta va mucho más allá del tiempo del que no disponen. Porque a las mujeres nos cuesta entrar en política por desconfianza, en nosotras mismas o, en el mejor de los casos, en el sistema.

Invisibles en la sociedad

Hipersensibles. Extremadamente empáticas. Viscerales. A las mujeres se nos atribuyen una serie de cualidades que nos vienen innatas en tanto que mujeres. Algo así como un sello de identidad femenina que se nos graba a fuego en la piel al nacer y del que nos es muy difícil librarnos. Cualidades que, además y curiosamente, se contraponen por definición a esas otras que relacionamos con la actividad pública y, particularmente, con la acción política. Fríos. Extremadamente pragmáticos. Racionales. Los hombres están naturalmente preparados para la oratoria, para la toma de decisiones, para la representación y el liderazgo —o eso nos han hecho creer, claro—.

Así las cosas, no es de extrañar que las mujeres acabemos desarrollando una fuerte inseguridad en nosotras mismas: unas porque se saben hipersensibles, extremadamente empáticas y viscerales y, por lo tanto, inútiles políticamente hablando; otras porque se saben frías, extremadamente pragmáticas y racionales y, por lo tanto, menos mujeres. Como resultado: nos hacemos invisibles en la sociedad, al fin y al cabo y salvando las épocas de campaña en las que nuestra imagen gana una connotación positiva en torno a la igualdad y al progreso, esto de la política nunca fue cosa nuestra.

 Invisibles en el sistema

Ocurre también que, aunque llevemos ya la friolera de 70 añazos pudiendo votar —ahora sí, nótese la ironía—, todo nuestro papel político se reduce a eso, a un papel. Porque, por lo visto, bastante que nuestras irritantes e insensatas voces agudas tienen cabida entre los vértices de ese valioso sobre que llevamos menos de un siglo pudiendo meter en las urnas electorales. Como si más allá del voto no hubiera vida, como si con eso bastara, como si formar parte de la ciudadanía no significara más allá de un día o una campaña cada cuatro años. O peor, como si no nos diéramos cuenta de que las que entran lo hacen con un «bueno, vale, pero al final de la lista», ahí atrás, en un rincón oscuro donde no se nos vea mucho, donde nadie note nuestra presencia.

Así las cosas, las que hemos superado —o al menos en gran medida— las presiones sociales que nos hicieron creer durante demasiado tiempo que la política no es cosa nuestra, nos encontramos con una forma de hacer que no nos representa. Tanto, que no sólo no nos conformamos con votar, sino que ni siquiera nos contentamos con acceder a las esferas de poder porque, simple y llanamente, éstas siguen rigiéndose por parámetros patriarcales. Como resultado: las que hemos logrado dejar de sentirnos invisibles en la sociedad, nos damos cuenta de que, pese a los esfuerzos, seguimos siendo invisibles en el sistema.

Rebeldes en política

Por eso y con todo, cualquier mujer que se aventure a la vida política es una rebelde por necesidad. Y no importa el color ni las siglas, ni tampoco la forma en que se ha involucrado en ello. Desde la mujer que acude a una manifestación en protesta hasta la que se presenta como candidata a un puesto de poder en las instituciones pasando por todas las que hacemos activismo para dejar de ser invisibles en un sistema caduco. Somos necesariamente rebeldes en tanto que, en el mismo momento en que nos planteamos salir de las sombras y exponernos como parte efectiva de la ciudadanía, rompemos con los estereotipos sociales y, algunas también, con el orden establecido. Y aún más, somos necesariamente rebeldes cuando, incluso una vez dentro del engranaje político, sabemos que no es suficiente y no nos rendimos por más que nuestras iniciativas sean ahogadas por unos esquemas que fueron planteados antes de que se nos permitiera siquiera acercarnos a ellos.

Y así, rebeldes, venceremos. Con o sin listas cremallera.