Mejor muertas que violadas

Un 23 de febrero pero de 2001 la Corte Penal Internacional dictaba la primera sentencia por violación sexual. Si, la fecha está bien, fue en 2001, no hace ni 20 años de esto. Las violaciones, por supuesto, han existido siempre y los hombres se han encargado de narrarlas (y legitimarlas) a través de la cultura.

Desde los mitos grecolatinos hasta la actualidad encontramos historias de mujeres violadas. Sin embargo, no es algo que veamos solo en la literatura. La escultura y la pintura también nos han mostrado a multitud de mujeres violadas.

Infinidades de cuadros sobre violaciones cuelgan en los Museos más selectos alrededor del mundo. Podéis echar un vistazo a las representaciones pictóricas de la violación de Lucrecia que mencionaba el otro día @laisladecirce en Instagram.

Además, la violación como violencia contra las mujeres es un concepto demasiado reciente. Siglos de historia han entendido la violación como un crimen de honra, es decir, un crimen contra el padre o marido de la mujer violada.

Simbólico patriarcal

El simbólico patriarcal sigue legitimando las violaciones cuando vemos sentencias como las de la manada. Cinco hombres violan a una mujer y ella, por no oponer resistencia física, no es creída y los inculpados se libran del delito de violación.

Cuesta creer lo difícil que sigue siendo que se crea a una mujer cuando esta afirma haber sido violada. Lo primero de todo, porque siempre se pensará que si sigue viva, podría haberse resistido más. Que si prefirió vivir violada a morir sin violar, es que tanto no le estaría disgustando.

Estos pensamientos siguen formando parte del simbólico patriarcal colectivo. ¿Cómo se construye este simbólico? En un mundo en el que los hombres detentan el poder social, político y económico, necesitan construir un simbólico en el que también detenten el poder. Porque el resto de poderes, sin ostentar el poder simbólico, podrían tambalearse.

Me propongo hacer ahora un repaso sobre cómo se han contado las violaciones en el simbólico patriarcal para después analizar como se están contando las violaciones ahora, cuando las mujeres empezamos a tomar parte de la producción simbólica y cultural siendo conscientes de la importancia de los referentes.

Violaciones en Las Metamorfosis de Ovidio

Este libro, uno de los clásicos de la literatura grecolatina, hace un repaso por todos esos mitos en los que alguno de sus protagonistas se metamorfosea. En el primer libro encontramos la historia de Apolo y Dafne. Al primero, Cupido le lanza una flecha para que se enamore. A la segunda la flecha de la independencia sentimental.

Así habla Ovidio de Dafne en este libro: “muchos la pretendieron, ella rechazando a los pretendientes, independiente y sin varón, recorre bosques inaccesibles sin preocuparse de lo que es Himeneo, Amor o el matrimonio”. En uno de esos bosques, Apolo ve a Dafne y como esta no le hace caso decide perseguirla para conseguirla. Dafne corre y corre y cuando ve que Apolo va a alcanzarla, decide transformarse en un árbol de Laurel. Apolo llega y abraza al árbol y afirma que hará del Laurel su insignia. Esta insignia, paso a ser la de la victoria en general.

Leyendo bien este mito podemos observar como se nos dice a las mujeres que salimos solas, que vamos sin varón, que nos exponemos al riesgo de ser violadas. Además, también se nos dice que es mejor convertirse en árbol a ser violada. O, en resumidas cuentas, que estamos mejor muertas que violadas. Terrible, ¿no?

Además, hay otras metamorfosis que versan sobre la violación como Júpiter y Europa, Medusa (quien es castigada por ser violada) y el rapto de Proserpina. En este último, cuando Ceres, diosa madre de Proserpina, acude a Júpiter para que le ayude a recuperar a su hija, que ha sido raptada por el dios del Inframundo, Júpiter contesta que ese rapto “no es una violación, sino amor”.  Más terrible es esta afirmación si tenemos en cuenta que Júpiter era el padre de Proserpina.

¿Cómo estamos contando las violaciones ahora?

El poder simbólico sigue siendo dominio del patriarcado. Sin embargo, cada vez hay más mujeres y hombres feministas que crean con sus obras otros simbólicos, que llaman a las violaciones por su nombre, que dan referentes femeninos y feministas.

Una de esas mujeres es Lucía Baskarán quien en su primera novela Partir narra una violación muy poco violenta. La protagonista de su novela decide salir a bailar y divertirse. Conoce a un chico en una discoteca con el que termina besándose. Sin embargo, ella no quiere pasar de ahí, ella quiere seguir bailando. El chico consigue llevarla hasta una habitación de hotel donde la viola aunque ella le dice que “solo quiere bailar”.

Antonio J. Rodriguez también cuenta una violación en su última novela, Vidas Perfectas. Esta obra narra la vida de una pareja admirada que aparece muerta en una sauna en Japón. La hija, con la ayuda de un amigo de la pareja, decide investigar que pasó con sus padres, pues se niega a pensar que fuera un crimen machista. Es en esta investigación en la que la joven descubre un diario de la madre y puede leer como la primera vez que sus padres tuvieron relaciones, él violó a su madre, como diría Pamela Palenciano, “con mucho amor”.

Edna O’Brien cuenta en Un lugar pagano como un sacerdote intenta violar a una niña que ni siquiera ha llegado a la adolescencia. La muchacha es católica por lo que le cuesta rebelarse contra la autoridad del Padre. Este la manosea pese a las negativas de ella y aunque no llega a penetrarla, si que eyacula sobre ella. Cuando la familia de la joven se entera, el padre decide pegarle una paliza porque seguro que ella ha “seducido” al padre.

Luna Miguel cuenta en su primera novela, El funeral de Lolita, el abuso que ejerce Roberto, un profesor de literatura, sobre Helena, una estudiante adolescente. La novela narra las relaciones de poder y dependencia que se crean en una relación con esa desigualdad de edad. El momento en el que podemos leer el diario de la Helena adolescente es realmente desgarrador. Tengo grabada una imagen de la novela cuando Roberto está toqueteando a Helena en su despacho y le introduce los dedos en su vagina y esta le grita que pare, que le duele, pero el no la escucha.

Cultura de la violación

En un mundo en el que se sigue cuestionando a las víctimas de violación, en el que sigue, en definitiva, imperando la cultura de la violación, necesitamos más referencias simbólicas y culturales en las que se castigue y culpe la violación.

No pretendo yo culpar a Ovidio y al resto de autores clásicos de las violaciones. Sin embargo, me parece interesante reflexionar sobre cómo el patriarcado ha legitimado su poder social, su poder para ejercer violencia contra las mujeres, desde sus construcciones simbólicas.

Me parece interesante ver como estos autores han narrado las violaciones. Y como todos y todas nos hemos acostumbrado a leer sobre mujeres violadas o a verlas violadas en los cuadros de los museos.

¿Contra esto? Feminismo

Feminismo que construya simbólico donde a la violación se la llame por su nombre. Y también, muchas Despentes que cuenten sus violaciones, como sobrevivieron a ellas y que nos digan alto y claro lo que es la cultural de la violación:

La violación es un programa político preciso: esqueleto del capitalismo, es la representación cruda y directa del ejercicio del poder. Designa un dominante y organiza las leyes del juego para permitirle ejercer su poder sin restricción alguna. (…) Correrse de placer al anular al otro, al exterminar su palabra, su voluntad, su integridad. La violación es la guerra civil, la organización política a través de la cual un sexo declara al otro: yo tomo todos los derechos sobre ti, te fuerzo a sentirte inferior, culpable y degradada.