En la boca del lobo – Parte II

Por Juan Francisco Torres.

Los vientos del Oeste que traían a los llanos de la capital partes de los desiertos de Irán e Uzbekistán se topaban contra la barrera natural que formaban aquellas montañas, así que una vez dejados atrás los valles bajos de Dushanbe me encontré alegre con una atmósfera más limpia. Un cielo más claro con cada vez menos partículas de polvo que irritaran mi nariz y difuminaran los contornos de los cerros.

Además, estaba irremediablemente emocionado por sentirme cerca de las legendarias historias nacidas entre aquellas cimas blancas que tanto me habían fascinado desde pequeño.

Ibn Batuta y Marco Polo habían pasado por allí y escrito sobre la rigurosidad de la ruta. Sobre el frío intenso, sobre la Ruta de la Seda y todas aquellas desconocidas culturas.
También se había escrito sobre sangre, pues la mayoría de los conquistadores que habían atacado Hindustan habían utilizado el paso de Khyber, todavía de gran importancia estratégica hoy en día.

Alejandro de Macedonia, que conquistó Cachemira, hizo del rey vencido su sátrapa y decidió dar vuelta. Muchos de sus soldados, cansados tras casi una década de conquistas sin retornar a casa se quedaron para siempre en los verdes valles de Malana, en la parte alta del río Beas, uno de los afluentes del Indo. Yo había visitado aquel valle que hoy pertenecía a la India, y en el cual sus habitantes de ojos verdes me decían orgullosos que eran descendientes del Macedonio.

También Timur, el conquistador turco-Mongol pasó por allí haciendo de las suyas.
Sediento de Oro y queriendo corregir la “excesiva tolerancia” mostrada hacia los infieles hindúes del sultanato, marchó con su ejército hacia la capital del Hindustán, Delhi, esclavizando a cuantos encontraba a su paso.

Tras encontrarse con la primera línea de defensa India formada por elefantes, cargó sus propios camellos con maderos y aceite, les prendió fuego y aventó contra ellos. Los elefantes, asustados, se dieron la vuelta y cargaron contra sus propias tropas. Al entrar en Delhi, Timur mató a cientos de miles de infieles, saqueó la ciudad y se marchó por donde había venido.

La ciudad tardaría más de un siglo en recuperarse del saqueo, aunque había sido el golpe moral lo que más les había afectado. Escuchar a los indios hablar tanto sobre aquello me hacía entender que el resentimiento aún flotaba en el aire, a pesar de que habían pasado quinientos años. Se dice que hombres de la ciudad quemaron sus casas con sus mujeres e hijos dentro con tal de que no cayeran vivos en manos de Timur, a sabiendas de cómo se las gastaba.

Volviendo a Samarkand, la capital de su imperio, decidió de repente que mantener a los esclavos ponía en peligro la eficiencia del ejército. En un abrir y cerrar de ojos, los mató a todos. Más de cien mil.

 

El nombre de la cordillera

Hindu Kush, podría traducirse por “asesino de hindúes”, en referencia a la cantidad de indios esclavos que morían en ellas de hambre y frío, cuando eran transportados hacia medio Oriente durante los siglos en los que la actividad esclava fue tan prominente.
Así que, en cuanto descendí varios miles de metros por carreteras de piedra e incontables curvas de herradura, y por fin me encontré cara a cara con esas cimas blancas, no pude evitar un extraño sentimiento de contradicción. Lo boquiabierto que me dejaba su majestuosidad, como también la conciencia sobre la sangre derramada en ella.

Continué mi viaje hacia el altiplano, remontando el río Panj, que hacía las veces de frontera física con Afganistán durante más de mil kilómetros. El valle y su cauce, tan profundo que en ciertos lugares apenas dejaba pasar los rayos de sol, zigzagueaba caprichoso con la misma apariencia en todo el recorrido. Un río espeso y gris, bordeado en su cara norte por la carretera en la que yo me encontraba y por el terreno más árido que daba paso a cientos de metros de paredes casi verticales de roca desnuda.

En la parte sur, la Afgana, una pendiente mucho más suave comprendía la ribera del río. Papayas, Mangos, y otros árboles frutales. Verduras y legumbres, aparte de toda una amplia actividad ganadera. También se veían las sendas que utilizaban los pastores y que alcanzaban las tierras altas, inclinadas hasta el punto de darme vértigo de imaginarme caminando por ellas.

 

Una tierra tan fértil y bella

Desde mi posición parecía impensable que Afganistán fuera uno de los países más subdesarrollados del mundo. Desde luego que alguien por propio interés se había encargado de que fuera así.

Y es que a muchos de nosotros tan solo nos viene a la cabeza la imagen de los Talibanes, Al Qaeda, o Mujahideen en cuanto pensamos en este país tan extraño a nuestros oídos.

No son muchos los que saben, que en los años 70, Afganistán había sido un próspero país con mujeres en el gobierno. Que viajaban libremente por el mundo. Que tomaban café espresso mientras afganas con faldas bailaban jazz en lugares públicos de Kabul, y que había sido así hasta que el comunismo y el capitalismo lo convirtieron en su propio campo de batalla.

Primero fue la URSS, que invadió Afganistán tras comprobar que estrategias pacíficas y propaganda no ayudarían a mantener el comunismo.

A su vez, para evitar el triunfo comunista, los EEUU tan interesados en el gas y el crudo de Asia central que necesitaba ser transportado hasta las costas del mar Arábigo en Pakistán, con quien entonces mantenía buenas relaciones, apoyó a los Mujahideen contra los Soviéticos.

También China, temerosa de ser rodeada por los rusos, con quien había roto sus relaciones en los 60, se unió al respaldo extremista proporcionando armas, entrenamiento militar y apoyo financiero.

Entre China y EEUU, colaboraron a engrandecer un monstruo que detuvo el avance soviético, pero que volvió a mordernos a todos. Aunque lo sabemos, giramos la cabeza reticentes a aceptar el origen de su empoderamiento. Es más fácil culparle según su raza o religión, que aceptar que ha sido entrenado y radicalizado por un intermediario más cercano (a nosotros).

Los rusos cometieron el error de no mirar a la historia de Afganistán. Pensaron que aquello sería una conquista fácil. En vez de eso, se encontraron con un terreno más que abrupto repleto de unos guerreros que tenían grabado en sus principios que al morir combatiendo a los infieles conseguirían todo lo que no habían conseguido durante sus vidas.

A finales de los 80, tras seis años de guerra, el número de cuerpos enterrados sin placa comenzó a levantar sospecha entre los civiles rusos, a los que se les había convencido de que su ejército estaba plantando árboles y construyendo escuelas en Afganistán.
Entonces por fin comenzaron a retirar tropas. Quince mil bajas rusas. Sin embargo, el número de muertes Afganas era mucho peor. Dos millones. La unión Soviética había tenido su propia “guerra de Vietnam”.

Pero claro que dos millones de muertes no eran suficientes y los rusos no podían marcharse de allí cabizbajos habiendo perdido su primera guerra en décadas y menos aún a manos del Islam.

Así, que las últimas tropas en salir, apostaron tanques y lanzamisiles desde la frontera Tajik, y emprendieron tal ofensiva aérea contra varias aldeas afganas que mataron a miles en cuestión de minutos. Proclamaron victoria, sembraron cuantas minas pudieron y se marcharon, dejando a un títere comunista en el trono afgano que no duró ni un suspiro, y dando paso a una guerra civil que duró tres años hasta que cayó en manos de los extremistas.

Aquellas noches que logré acampar en la ribera Tajik, a pocos metros de un país que poseía una generación entera nacida bajo el estruendo de los morteros, veía a las niñas afganas que bajaban al río a por agua, cubiertas de pies a cabeza. O muchachos que jugaban con piedras. Nos hacíamos señas con la mano.

Tan sólo nos separaba un río que no justificaba la distancia real entre nosotros. Cabía la posibilidad de que aquellos niños no supieran lo que era la música, u otras artes, abolidas por el sistema Talibán, que aunque ya no tuviera el control absoluto, el apoyo que recibían de otros países les mantenía a flote, pues eran varios los interesados en que el fuego siguiera ardiendo. Sin embargo, daba la sensación de que era el gobierno chino quien mejor se pasaba por la entrepierna la restricción internacional en cuanto a negociaciones con grupos terroristas.

No saber si aquellos muchachos habían escuchado música en su vida me martirizaba. Varias veces calculé la anchura del río. Sólo para averiguarlo. Podría cruzar a nado la frontera con mi armónica, que siempre me acompañaba y era mi mejor aliada en momentos de soledad. Aquello sería una incursión rebelde en toda regla. Mi propio desembarco de Normandía.

Nunca lo hice, pero me aseguré de que escucharan una melodía irlandesa y por el modo en que me acompañaron con palmas, descubrí para mi propio bienestar, que sí sabían lo que era la música.