Mary Shelley, la mente que creó al doctor Frankenstein y a su monstruo

Puede que hoy en día ser escritora de un género cualquiera no sea nada poco habitual (aunque, por desgracia, nos sigan relegando a ciertos géneros en ciertas esferas), pero que en pleno siglo XIX una mujer se atreviese a escribir y, encima, una historia de terror, era algo más bien inusual.

Mucho se conoce a su criatura, ese libro que tuvo a bien titular Frankenstein o el Moderno Prometeo, con esas excepciones donde la cultura popular ha fusionado al monstruo con el doctor y no se sabe muy bien a quién atribuir el nombre de Frankenstein. Pero en este espacio no vamos a dilucidar la confusión, sino a dedicarle líneas a la verdadera creadora, cuya figura suele quedar desdibujada en los anales de la historia.

Mary Godwin, nació en Londres el último día de agosto de 1797, fruto del matrimonio de William Godwin, escritor, periodista y filósofo, y la gran escritora y filosofa feminista Mary Wollstonecraft. Con esta genética, estaba claro que algo se removería en la mente de Mary cuando fuese creciendo, y el hecho de que su madre muriera poco después de darla a luz no frenó el curso natural de la que debía der su formación. Por suerte, el legado de su madre fue una de las bases de su educación.

 

Una vida irremediablemente dirigida a las letras

Hija de escritores, su vida estaba abocada al arte de contar historias incluso antes de que tuviese poder para decidirlo por sí misma. El destino que le unía a las letras hizo lo propio al provocar que se enamorase de Percy Shelley. Le conoció a los 16 años y juntos emprendieron una vida llena de huidas. Poco antes de eso, su padre la definía como ”singularmente valiente, un tanto imperiosa y de mente abierta”. Y es que las ansias de conocimiento de Mary no pasaban desapercibidas.

Prueba de ello fue su continua formación y la manera de devorar libros a la vez que iba escribiendo, relatando sus aventuras de vida, dando cuenta de todos cuantos la rodeaban. Tuvo también interés por la ciencia, por los estudios de Darwin (Erasmo, no Charles) y el Galvanismo, aquella extraña ciencia que aseguraba que era posible dar vida a los muertos a través de corrientes eléctricas.

Aunque consideramos a Mary Shelley como abanderada de la novela gótica, lo cierto es que Frankenstein tan solo es una mínima parte de su obra. Durante su vida cultivó diversos géneros además de la gótica, como la novela histórica, el teatro o incluso una dudosa autobiografía.

Es el caso de su segunda novela, Mathilda, escrita en 1820 (aunque no publicada hasta 1959, más de un siglo después), ofrece su visión los temas típicos del Romanticismo pero que, curiosamente, también fueron los temas que sacudieron su vida. Sin embargo, estos temas también están tratados desde un punto de vista revolucionario a la par que un tanto tétrico y siniestro. Encontramos el suicidio como uno de los temas centrales, así como la muerte de uno de los personajes principales por ahogamiento. Paradójicamente, esta sería la causa de la muerte de su amado Percy dos años después.

Frankenstein como reflejo de la maternidad

Para algunos críticos, Frankenstein va más allá de una obra puramente gótica sobre la creación de un ser a partir de partes de cadáveres. Habla, más que alegóricamente, de la creación de un ser, de la maternidad en sí.

De los tres hijos que Mary parió, tan solo sobrevivió a la infancia uno de ellos. Tras la muerte de los dos primeros (cuyos mechones de cabello guardó hasta el día de su muerte), Mary se sumió en una profunda depresión. Sin duda, esto sería una parte fundamental de su obra, en tanto que todo escritor tiene una obsesión que le impulsa a plasmarla en un papel.

No suena del todo descabellado, visto desde esa perspectiva, que Shelley tuviese continuamente en mente la idea de poder dar vida, dados los infortunios. Y para muestra, las portadas de las ediciones de Nórdica Libros, donde se ilustra solo y exclusivamente con la figura representativa de una Mary Shelley embarazada. No debemos tampoco olvidar la fuerte influencia en Mary de los estudios feministas de su madre, así como tampoco el hecho de que ella misma no pudiese disfrutar de ser hija debido al pronto fallecimiento de Wollstonecraft. Quizá sea hilar muy fino, pero no podemos negar que con Frankenstein consiguió burlar a la muerte y dar a luz a un hijo que 200 años después, sigue muy vivo.