En la boca del lobo – Parte I

Por Juan Francisco Torres

No tardé en encontrarme con ese familiar aunque abrumador sentimiento de pequeñez en el momento en que me vi cara a cara con esas paredes de roca desnuda que habían roto el suelo y querido alcanzar el cielo miles de metros hacia arriba.

Ni dos años habían pasado desde que alcancé el Tíbet desde Cachemira, pero había algo magnético en esas montañas que hacían a uno querer volver repetidamente y, pese a la relativa distancia que me separaba de la India, el escenario que contemplaba ahora era idéntico. Al menos siempre y cuando no fijara mi vista en los refugios de piedra de los pastores Afganos.

El escenario que había sido creado hacía treinta millones de años al colisionar un pedazo de tierra desprendido de la placa continental de Gondwana con la Eurasiática, formando esos pliegues en la superficie del planeta que desde nuestra perspectiva eran magníficas cordilleras. Montañas que moldearían el orbe, contribuirían a la creación de los desiertos más prominentes, cambiarían la dirección de las corrientes de aire y verían nacer las tribus que transformarían el curso de la historia de la humanidad. Luego harían de fortalezas naturales. Protegerían imperios y mantendrían aisladas cientos de culturas, preservándolas hasta el día de hoy. Se les habían nombrado independientemente, pero eran hijas de la misma madre. Karakoram, Himalayas, Hindu Kush, entre otras.

Yo llevaba varios días ascendiendo a ellas por carreteras sin ningún mantenimiento aunque construidas con buena ingeniería durante la ocupación Soviética, cruzando de valle a valle por collados que cada vez eran más altos.

Hasta ese momento, el agua de los ríos de deshielo que me acompañaban a contracorriente, habían ido acumulando sedimento hasta convertirse en poderosas masas de lodo gris.

Conforme ganaba altura, los ríos iban tornándose más claros. Al menos ahora podía acercarme a beber y a limpiarme por las noches sin correr el riesgo de ser arrastrado y aplastado contra las rocas.

Los mismos “estrechos desfiladeros y situaciones intensas en Balashsán” que Marco Polo había descrito en sus viajes hacia Oriente, eran los que seguían manteniendo tan aislada la provincia del Gorno-badakhshan, abreviada a GBAO, en la que yo me encontraba ahora y de la que había precisado un visado especial.

Tan abrupta, que se decía que ni los Khanes ni los emperadores que habían dominado el centro de Asia habían tenido alguna vez control sobre el área, o que fuera posible que en ocasiones los habitantes de entonces no supieran ni que formaban parte de un imperio. Ni siquiera se puede decir que el gobierno de Tajikistán tenga control absoluto hoy en día.

Pese a que comprende casi la mitad del área del país, GBAO tan sólo posee un 4% de la población total. Hechos que, junto a la gran variedad de etnias e idiomas y el desempleo por la total ausencia de industria, hacen del lugar un corredor de piedras preciosas y opio, del que varios países se aprovechan.

Durante algo más de dos semanas anduve recorriendo las carreteras que se adentraban en la triple frontera de Tajikistán, Afganistán y China.

Varias veces al día me encontraba con soldados tajik, muy jóvenes, que patrullaban a pie tostándose bajo un sol de leyenda sin perder el buen humor .

Me pedían cigarrillos y bromeaban acerca de mi bicicleta, tan cargada. De vez en cuando me ofrecían vodka, y yo, que hacía tiempo que había aprendido a aceptar lo que se me ofreciera, sentía la calidez del alcohol tanto como la de su compañía, aunque fuera por tan solo un rato.

Contradictoriamente, aunque eran muy amigables, me tenía que esconder de ellos por las noches, ya que en teoría, no estaba permitido dormir cerca de las fronteras. Incluso me habían advertido de que no me bañara en el río Panj, frontera con Afganistan, por el riesgo de ser disparado.

No sé si bromeaban o no, o si mi pobre nivel de ruso había creado un malentendido, pero es cierto que aquello afectó a mis hábitos. Por ejemplo, esperaba al anochecer para buscar campamento, y no me introducía en el río hasta que la noche era cerrada. Acampaba escondido entre la vegetación a ser posible, y de lo contrario, me acercaba a hurtadillas a llenar mis odres de agua y me marchaba.

Aquel día el sol era incluso más fuerte que otros. Fuera que la escasa vegetación hacía que sus rayos reflejaran contra la roca pelada del valle y se disiparan en todas direcciones. Quemaba la piel sin tregua.

La poca cantidad de agua que me quedaba estaba caliente y no parecía que menguara la sed, con lo cual sentí un gran alivio al ver desde lejos el campamento militar, vigilado por varios soldados que ya me estaban guardando un sitio bajo la sombra de los árboles en el interior del recinto.  

Fue allí con ellos, al despertarnos de una siesta tras un festín de pilaf y vodka, donde aprendí sobre las tensiones y sus causantes en GBAO.                                              

Por una parte, preocupada por la posibilidad de uighures o “musulmanes chinos” escapando hacia el Medio Oriente a través de las montañas, China había aumentado la seguridad en sus fronteras.

Mis amigos soldados bromeaban de un modo irónico y entre más tragos de vodka, con que a Rusia no le agradaría averiguar que China estaba infiltrando tropas en territorio tajik, lo que parecía no ser una broma.

Por otra parte, hacía treinta años que la USSR había sembrado la frontera tajiko-afgana de minas terrestres. Había sido en su retirada, como en una rabieta, al haberse encontrado con un hueso duro de roer tratando de ocupar Afganistán.

Cientos de miles de minas terrestres que aún yacen hoy bajo tierra.

Puede ser que Tajikistan no tenga los medios económicos para limpiar el escarpado territorio de GBAO, o tal vez que la inestabilidad de la zona conviene a muchas potencias. Mientras que el 90% del total de la producción mundial de heroína se produce en Afganistán, el 85% pasa por GBAO antes de llegar a Rusia, Europa y América.

Los letreros de advertencia de campos minados que yo veía ahora a los lados de la carretera me hacían entender lo mucho que aquello podía limitar el desarrollo de la provincia. Por ejemplo, el acceso a tierras de pastoreo, la recolección de madera o cualquier otra actividad era prácticamente imposible.

A mí, como era lógico, me repercutía en gran medida a la hora de a escoger mis campamentos, con la dificultad añadida de tener que esperar al anochecer escondiéndome de mis amigos los patrulleros, e incluso algo tan simple como encontrar un lugar libre de minas donde poder hacer mis necesidades se convertía a veces en toda una odisea.