Los peligros de Tajikistán (IV)

Por Juan Francisco Torres

Después de un largo paseo por el campo, en el que muchos niños habían ido uniéndose en el camino, llegamos al centro del pueblo de LijakJusto antes de la puesta de sol.

Fátima había mencionado varias veces que había algo que no podía perderme: la “poda“, que era el momento en que los pastores regresaban a sus casas con sus rebaños desde las montañas, donde pasaban el día buscando brotes frescos, ya que en los valles más bajos de Dushanbe, el calor extremo y la estación seca habían convertido la superficie en un manto dorado de hierba muerta.

Mientras esperábamos la poda apoyados en un gigante y torcido roble que había dominado el centro de la aldea de piedra durante siglos, comprendí que era una tradición importante para todos los habitantes.

Las mujeres habían abandonado sus tareas para salir a la calle. Había niñas jugando con palos y cuerdas. Los ancianos fumaban sus pipas. Todos esperando que sus hijos, hermanos o padres bajaran de las montañas. Aquello era un pasacalles diario. Un evento simple, pero uno que adoraba y mostraba respeto por lo que era la base de la economía de la aldea.

Al mismo tiempo que sentí un ligero temblor en la corteza del roble, una nube de polvo apareció detrás de los edificios. Sentí una mano en mi hombro y escuché una suave voz que mi cuerpo ya interpretaba como la de un ángel. “Ya están aquí”.

Algunas cabras encabezaban la “poda“, cuyo dueño era un niño tan joven que apenas era más alto que ellas y caminaba sosteniendo con ambas manos un bastón apoyado sobre sus hombros detrás de su cabeza. Siguieron vacas, docenas de ellas, y algunos toros, caballos y cientos de ovejas. Y el resto de los pastores, que eran hombres de todas las edades, desde ancianos en una forma física increíble, hasta adolescentes. Todos ellos compartiendo la misma exaltada expresión de satisfacción. Sus familias y sus platos de pilaf les esperaban.

Pronto me daría cuenta de que el hecho de que Fátima perteneciera a la clase alta no explicaba el motivo de su hospitalidad, aunque era obvio que un pastor del altiplano no habría podido ayudarme de la misma manera que ella.

Confiadamente me prestó cien dólares, y una vez que yo encontrara un lugar con wi-fi, probablemente en Khorog, a más de seiscientos kilómetros de distancia, le haría la transferencia a su cuenta bancaria.

No creo que yo tuviera una apariencia de tristeza ni debilidad, ya que después de algunas semanas, mi forma física era casi óptima. Aun así, personas de todo tipo venían a ofrecerme lo que tenían. Mientras pedaleaba, o descansaba.

A veces era un granjero que sacaba patatas y ajos de la tierra. Otras veces, una lechera que caminaba con sus cabras. O los dueños de una tienda de comestibles de la que salía con bolsas repletas de cebollas. A menudo, me invitaban a su casa para pasar la noche. Jugaba con sus hijos mientras los padres me mostraban con orgullo fotografías de sus mayores.

En una ocasión, y sólo por ayuda financiera, quise comprar una manzana a una niña de tres años que las vendía en la carretera. Ella insistió, con la madurez de un adulto, en que me llevara muchas más. Sin pagar, por supuesto.

Hubo una vez que un pastor se me acercó, después de sacrificar una cabra, y con las manos aún ensangrentadas, me ofreció el costillar entero.

Había amabilidad en los vendedores de combustible. Los verduleros. Albañiles. Ancianos y adolescentes. Niñas cargando agua. Policías y militares, que me ofrecían comida o chai después de comprobar mi pasaporte.

Hubo muchas despedidas emotivas. En algunas prometí enviarles libros. En otras prometí que volvería.

Aquella noche en mi campamento, sentado sobre la hierba, escuchando el chapotear del río y el crepitar de la leña en el fuego, asando el costillar de cabra que había clavado en un palo al suelo y recordando la benevolencia con la que el pastor me había mirado antes de marcharse, las preguntas de mis más allegados resonaban en mi mente con más fuerza. “¿Acaso Tajikistán no es peligroso? ¿Realmente necesitas hacer esto?”.

Sus miedos y desconfianza hacia los Tajiks me hicieron sentir herido de alguna manera, casi como si yo fuera el juzgado. Por el simple hecho de que se relacionara a aquellas gentes con los extremistas.

La cultura y las ciudades occidentales de ninguna manera pueden considerarse más seguras. Yo había estado viajando a pie y en bicicleta por África, y también me lo habían desaconsejado.

Nadie quería que lo hiciera, pero también recorrí Centroamérica y Sudamérica.

Que si me iban a robar, o a asesinar, o a raptar.

Jamás me enfrenté a un solo peligro, al menos no al que los medios nos ponían en mente.

El miedo a lo desconocido, y especialmente el miedo al Islam, habían transformado en estereotipo la idea que se tenía de aquella cultura. Un estereotipo que al final resultaba estar bien lejos de la realidad.

Pero, por supuesto, nadie nos advertía nunca que tuviéramos cuidado con los peligros en Occidente, y ahora, sentado sobre la hierba, comiendo el costillar de cabra y recordando las palabras de advertencia de los míos, tenía la sensación de que el racismo comenzaba en nuestra boca, y una vez más me alegré por haber seguido mi corazón y por haber ignorado los temores que todavía mantienen a la comunidad humana tan segregada en todo el planeta.

Propaganda, claro. ¿Cómo podría olvidarlo?