El periodismo contra la ultraderecha

Desde la irrupción de VOX en las elecciones andaluzas no paro de preguntarme cómo deberíamos tratar la prensa a un partido de ultraderecha, al mismo tiempo que me riño a mi misma porque la curiosidad me mata si hay algún artículo sobre “las 25 cosas que no sabías de Santiago Abascal”.

El domingo por la noche, Jordi Évole emitió en Salvados el reportaje “Vox al natural” a través del relato de Carlos Herrera. Évole decía en  el programa que siempre había tenido dudas al realizarlo porque no sabía si estos relatos en prime time iban a dar alas al discurso extremista. Fue apagar la televisión y me quedé con la sensación de que la mayoría de sus votantes no son fascistas que salen como champiñones en la tierra, sino que son abuelos y nietos  franquistas amables que han encontrado en VOX el hueco frente a su descontento político.

Hace unas semanas quedó reflejado que el voto de VOX se expande entre aquellos barrios de rentas altas que tradicionalmente votaron a la derecha y no quieren perder sus privilegios y el discurso también se filtra por poblaciones multiculturales donde el local considera que otros están robando un espacio de competición por los recursos.

Más allá de quien vote o deje de votar a vox, la pregunta que nos deberíamos hacer muchos comunicadores, es como debemos de informar y cuál debe ser nuestro lenguaje acerca de un fenómeno claramente machista, xenófobo y tránsfobo que parece venir desde la época de la mismísima “Reconquista”.

En cierto modo, la relación de algunos medios con la ultraderecha es de Síndrome de Estocolmo: nos odian pero seguimos buscando su mensaje, mientras no paramos de cuestionarnos. La duda reside entre si nos enfundamos el arma de la esperanza frente al odio y los silenciamos, si atacamos frontalmente sin un gramo de corrección política o si contratamos a más periodistas exclusivamente para ir desmontando cada mentira que suelten por la boca los dirigentes de VOX sobre denuncias falsas o inmigración.  

 

| La relación de algunos medios con la ultraderecha es de Síndrome de Estocolmo: 
nos odian pero seguimos buscando su mensaje |

El abanico de libertad de expresión se ha ampliado tantísimo que no sabemos cómo tratar la información cuando abarca el lujo de decir barbaridades sin responsabilidad ninguna o sin un breve análisis sobre las consecuencias que puede llegar a tener.

En verano, Matteo Salvini apareció en la portada de XL Semanal bajo el título “el hombre que se ríe de Europa”. Seguro que esa mañana, al coger la revista, el vicepresidente italiano se puso cachondo consigo mismo. Aparecía desafiante, semidesnudo y consciente de que se estaba riendo de todas nosotras. Quizá todo esto este blanqueo fue después de facilitar expulsiones de inmigrantes en masa o decir que “desgraciadamente, a los gitanos italianos hay que quedárselos”, como si las personas fueran un juguete.

 

Matteo Salvini para XL Semanal (Portada Julio 2018)

 

Abascal es amante de los pájaros podría ser una nueva edición de aquella publicación que hizo el New York Times sobre el vegetarianismo de Hitler y su pasión por las tortas de crema. Como relata Nuria Alabao en su artículo “Por un periodismo antifascista” para Ctxt, siempre hay medios que les ceden espacio para contar sus ideas xenófobas en un contexto más amable.

Desde nuestras redacciones necesitamos un parón para reflexionar. Si ponemos el pie en el freno y no en el acelerador como estamos tan acostumbrados, podremos recordar que los medios de comunicación tienen que tener un carácter de servicio público responsables. Desde los inicios de Vox, hemos infravalorado el poder del discurso neofascista. Ni antes era inofensivo, ni ahora es aceptable.

El periodista francés David Pujadas, señala en una entrevista con Ana Pastor, que cuando explosionó el Frente Nacional en Francia, al principio los medios se lanzaron al cuello acusándolos de fascistas para después decidir hablar de los tecnicismos de su programa y terminar de silenciarlos en 2002. Ese año, Jean-Marie Le Pen consiguió pasar a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales.

Rompiendo con todo lo aprendido en las facultades de comunicación, el reto para poder hacer frente a los discursos del odio no es la neutralidad. No podemos garantizar una plataforma gratuita que sirva para normalizar una lucha entre el último contra el penúltimo en un discurso sencillo ante problemas complejos y sin ser conscientes de que cala y profundiza en ese calado.

 

 | El reto para hacer frente a los discursos del odio no es la neutralidad |

Si queremos informar de la ultraderecha alemana, española, francesa o italiana, que sea siempre desde la responsabilidad y todo esté contextualizado para no hacer fácil la viralización de un discurso políticamente incorrecto, que hoy llevan por bandera a través de un mantra: “Hemos venido a decir lo que no quieren oír”.

Ante cualquier mentira es necesario trabajar mucho para estar al frente y poder desmentirla y señalarla. Callar es ser cómplice de un discurso que nos provoca y nos divide a todos, principalmente a las que estamos en el foco de atención por ser mujeres, inmigrantes o pertenecientes a la comunidad LGTBI+. La escritura de mujeres nunca antes fue tan necesaria y particular, porque algo tiene que estar haciendo bien el feminismo para causar una preocupación tan grande en una facción de la sociedad para la que antes nunca existimos.