Los peligros de Tajakistán (II)

 

Por Juan Francisco Torres

Shahrzad no era muy hablador. Mientras caminábamos juntos por el bazar, me di cuenta de su buena postura, y la forma en que caminaba revelaba confianza. Sus zapatos, brillantes y elegantes como el resto de su atuendo, repelían el polvo de las calles. Se detenía con frecuencia para saludar a otros hombres, también bien vestidos. Me imaginaba, que eran los magnates de Vahdad.

Me presentó a algunos de ellos, que daban su mano derecha antes de colocar la izquierda sobre la mía, dejando nuestros brazos entrelazados, pero no sin antes haber llevado la mano derecha al área del esternón, como si se sostuvieran el corazón, para luego realizar una pequeña reverencia.

Yo no lo sabía entonces, pero tan pronto como salí de Tajikistán, comencé a extrañar mucho ese saludo, a pesar de que implicaba tener que encontrar un lugar para apoyar una bicicleta de cincuenta kilos para tener ambas manos libres.

En un momento dado, Shahrzad me dijo que esperara. Desapareció entre la multitud y mis ojos comenzaron a vagar por el mercado. El rojo del pimentón y la naranja del azafrán. El amarillo de los mangos y el bermellón de la sangre de cabra que goteaba sobre la mugre. Todas esas especias, sus colores y sus fragancias, hicieron que mis sentidos intensificaran mi apetito hasta un punto en el que comencé a salivar.

Por suerte Shahrzad no tardó en regresar. Ví que llevaba una bolsa de papel en las manos.

-Toma esto, Janek. – dijo el joven. Cuando abrí la bolsa, vi una botella de agua fría, una bebida azucarada y un puñado de albaricoques secos. Sería suficiente hasta que llegáramos a casa.

-Gracias, Shahrzad. – le respondí, conmovido, y al mismo tiempo, curioso y ansioso por encontrar el origen de toda esa amabilidad.

No mucho tiempo después, me encontraba limpio, acostado sobre una de esas gruesas mantas bordadas a mano que cubrían el suelo y las paredes. Era la habitación de invitados. La habitación más grande de la casa y la única con aire acondicionado. Una enorme televisión reproducía clips de música de Asia central.

De los diversos tipos de almohadas que vi apiladas prolijamente en todas partes, más tarde descubriría que sus diseños y colores eran significativos, y que también formaban parte del ajuar que había pertenecido a varias generaciones atrás.

Mantas y almohadas por todas partes. Esa era una de las características más comunes que compartían las culturas nacidas sobre la estepa.

-¿Puedo ayudar? – pregunté a Fátima mientras preparaba mi cama en un rincón de la habitación.

-No, no – respondió su hermano, mientras hacía un gesto con la mano, ordenándome que permaneciera sentado -. Toma un poco más de Chai. Pronto la comida estará lista.

Volví a acostarme, y aunque la situación no me hizo sentir demasiado incómodo, quise mirar a Fátima con más cuidado, y tratar de encontrar signos de desacuerdo. Tal vez por dentro, pensé, ella quería romper con la tradición y tener un trabajo, ser la que traía dinero a casa, y que fuera su hermano quien cocinase y preparase la cama para el invitado.

Observé su atuendo tradicional. Un pantalón hecho de un material fino, algo ajustado y con cuentas y lentejuelas doradas. Una camisola estrecha con mangas cortas le caía hasta las rodillas y realzaba las líneas de su espalda. Su postura y cada movimiento parecía felino. Sus expresivas cejas, que enmarcaban perfectamente sus ojos, enormes y redondos, indicaban una ascendencia occidental, tal vez turca o persa. Sin embargo, su nariz recta, sin redondez hasta la punta, combinada con el color oliva de su piel, me recordó al Mediterráneo de los Balcanes.

Yo seguía allí semi tumbado, pensando que tendría que aceptarlo. Mi rol en aquella casa era el de rey, aunque me resultara incómodo. De lo contrario podría ser un insulto para ellos.

-No sé cómo agradecerte todo esto -dije. Shahrzad volvió a hablar con gestos, llevándose la mano al corazón y haciendo una pequeña reverencia. Fátima no dijo nada. En cambio, siguió trayendo las delicias más exquisitas.

Empanadillas de cabra, una variedad de cremas y yogures. Tres tipos de miel. Un pan delicioso con mantequilla refinada,  que se horneaba de manera muy similar al Naan Indio, y cuya masa los panaderos pegaban a las paredes de un horno de barro, o Tandoor. Había una gran fuente con todo tipo de frutos secos. Galletas y racimos de uva. Una sandía. Y, por supuesto, Pilaf, que era un arroz sorprendentemente similar a la paella.

Incluso sofreían la cabeza de ajo entera, como haría mi madre, sin pelarla. Luego la dejaban cocinar con el resto de los ingredientes en el medio de la sartén, que también era bastante similar a la Mediterránea, pero algo más profunda, lo que le daba al grano un acabado algo más húmedo y grueso. La rasera que utilizaban sí que era idéntica a la nuestra, con la diferencia de que en la parte posterior había escrito “Made in Pakistan”, en lugar de “Hecho en Valencia”.

Para muchos, el origen del nombre de la paella es árabe y proviene de la palabra Baqiyah. Para otros tantos provenía del Latín, patella, que se traducía por sartén, pero lo cierto es que yo descubriría luego más similitudes mucho más cercanas sobre el nombre de la misma receta. Polau, en la India. Palaw en Afganistán. Pilav en Armenia, y, Pallao en Sánscrito, el ancestral idioma de las filosofías hindúes, budistas y jainistas. A fin de cuentas, es posible que fuera Alejandro de Macedonia quien descubriera ese cereal para el oeste.

Una vez que finalmente había derrotado a su enemigo persa, Darío III, pudo abrir esas rutas a lo desconocido. Después de cruzar el Hindu Kush, fundó ciudades en esas tierras para no ir más lejos. El arroz también continuó su viaje y veintitrés siglos después, mi madre compartiría conmigo sus trucos culinarios con el cereal.

-Para nosotros, un invitado es un regalo de Allah. No tienes que agradecernos nada, somos nosotros quienes te agradecemos a ti que vengas a nuestra casa -dijo Fátima conforme recogía la mesa. Yo, engrandecido por la felicidad que me procuró aquel banquete y la compañía de aquellos hermanos, mas cómodo cada vez, acepté todas aquellas costumbres y me porté como un rey, no sólo en su casa, sino por el resto de mi estancia en Tajikistán. Y allí semi tumbado, con mi estómago lleno, acabé durmiéndome sobre las mantas.