La zona de confort

 

Hace unos años, unas amigas empezamos un proyecto periodístico empujadas por una razón: mantener la alegría ante la precariedad laboral del momento. Ahora, puede que este sea el decimoquinto artículo de la semana dedicado a la precariedad, el décimocuarto al periodismo y el tercero desde esta trinchera a ambos. También puede que sea igual de necesario que el resto.

Desde el día que empezamos a disparar he vivido en cuatro países diferentes intentando huir de la precariedad e intentando alcanzar al periodismo y me he topado con cien mil cosas diferentes. Las que escriben detrás de estas páginas se han ido de casa y han vuelto, han puesto café y copas, han doblado la ropa tras unos mostradores y han acunado a niños que no eran suyos. Algunas han trabajado en un tanatorio y han mantenido el buen humor.

Nos prometieron que viviríamos mejor que nuestros padres pero nos mintieron: no tenemos empleo, ni piso, ni pareja estable, y a penas podemos localizar en un mapa nuestra zona de confort.

Nos enfrentamos a un mundo donde buscar trabajo y no tener un duro no crea lazos ni empatía, ni mueve a las masas. En un mundo donde pagar por una habitación más de 600 euros se llama “co-living” en lugar de burbuja del alquiler y el “networking” es el nuevo método para buscar trabajo. Las que vivimos en un pueblo y somos clase trabajadora, geográficamente y clásicamente, nos pilla mal el “net” y el “working” urbanos que se exige hoy en día.

Si no triunfamos al encontrar un trabajo “de lo nuestro”, todavía hay que escuchar a ciertos directores espirituales que dicen que podemos montar un “smart business”, para pasar de la precariedad a estar arruinados. Ir a limpiar váteres a Reino Unido es crecimiento personal pero quedarse en tierra es sinónimo de conformismo.

Aguantamos chaparrones con nombres en inglés y mentiras en español. Somos acusadas de falta de madurez, de escasez de análisis, esclavas del like y lo efímero pero nos enteramos por un titular de El País que somos ricos. No, señores, no hacemos la compra con el reconocimiento laboral ni pagamos el alquiler con la experiencia.  

A pesar de todo, seguimos escribiendo por amor y poniendo cafés, copas y doblando la ropa detrás de un mostrador para sobrevivir. No tenemos un trabajo indefinido, ni una vivienda digna y en más de una ocasión la vida nos obliga a elegir entre una pareja o un empleo como si no tuviésemos derecho a ambos. Sin embargo, algunas ya encontramos nuestra zona de confort desde la que luchar y para mí, está detrás de esta trinchera, con mis amigas.