Los peligros de Tajikistán

Por Juan Francisco Torres 

A pesar de que llevaba más de cuarenta y ocho horas sin apenas dormir ni comer, estaba seguro de que alcanzar la ciudad de Vahdad no iba a ser ninguna insensatez. No tenía ni un centavo en mi cartera, ni gota de agua en mis botellines. Ni tan siquiera un pedazo de pan duro al que pudiera hincarle el diente.

Como siempre, yo trataba de evitar entrar en la capital de donde quiera que me encontrase. Además, había escuchado sobre la circulación de la capital Tajikistaní, con esos vehículos de filtros sucios que quemaban un combustible de bajísima calidad y que levantaban tal cantidad de polvo que hacían desaparecer los agujeros de la carretera.

No era la primera vez que sobrestimaba mi capacidad física.

Aunque ya había descubierto cómo acallar al estómago, era la sed lo que lograba minar la moral, y aunque siempre me había resultado en extremo fácil golpear algunas puertas en busca de agua, la experiencia me decía que aún no debía beber agua del grifo. Al menos tendría que darle a mi cuerpo unos días para que gradualmente se adaptara al nuevo ambiente. Acababa de entrar en el país, y una reacción a las bacterias y minerales del agua podría ser fatal para mi ya exhausto cuerpo.

Tras varias horas de pedaleo, debatiéndome entre mi propia testarudez y la fuerza que me quedaba en las piernas, llegué a Vahdad. Era el cinco de septiembre de 2018, y el calor seco de aquel día me recordó a un momento en un desierto mexicano sin nombre, donde pasé un mes compitiendo con los cactus por el agua.

Por supuesto, una parte de mi conmoción se debía al hecho de que acababa de abandonar el Ártico, donde había estado viviendo durante los últimos cinco años y donde mi cuerpo se había acostumbrado a temperaturas mucho más bajas.

Estaba dispuesto a encontrar un cajero, sacar diez millones de Somones, tumbarme en el restaurante de una de esas tradicionales camas Persas, atiborrarme a agua, cerveza y a manti, esas empanadas rellenas de cabra y cocidas al vapor.

Luego iría a un hotel a dormir hasta que llegaran las lluvias y limpiaran el polvo de la carretera acumulado desde que se derritieron las últimas nieves, hacía ahora más de siete meses.

La ciudad de Vahdad, había sido un importante destino comercial, especialmente desde el último siglo, desde que se había construido el ferrocarril que la unía con la capital y la proliferación de la industria desmotadora de algodón, en la que acabó siendo especializada. Además, tan solo hacía unos años que se acababa de inaugurar otra línea que la unía con las provincias del sur.  

El inversor, por supuesto, era China, cuyo apetito por la economía global había llegado incluso a las áreas más remotas, como yo había visto con mis propios ojos, mientras recorría Madagascar y el este de África.

Había sido renombrada varias veces. En 1992, después de la caída de la cortina de hierro de Stalin, su nombre fue dado por el consejo musulmán, que había estado oprimido durante muchos años, y se traducía como “la ciudad donde los no creyentes se esconden”, en referencia a la cantidad de personas ortodoxas que vivían entre ellos. A los aldeanos musulmanes no les gustó la traducción, y defendían su fe en Alá afirmando que aquel nombre se debía a un río cercano, llamado “Profano”.

Sin embargo, la verdad detrás del origen del nombre es que Vahdad está habitada por un pastiche de culturas y grupos étnicos desde sus inicios. Tajiks, afganos, rusos, uzbekos, incluso los restos de otro clan ancestral habían encontrado su hogar en la ciudad: los tártaros, que hace siete siglos se habían unido a Kublai Khan para formar la Horda de Oro y atormentar a Europa del Este y la vieja Rusia durante siglos.

Todavía hoy es una creciente y efervescente ciudad de cincuenta mil almas, y un importante bazar agrícola y ganadero, y pese a estas características, sus bancos no tenían cajero, ni sus calles hoteles. La electricidad llegaba conforme el sol se escondía, y se iba tan pronto como aparecía.

No me llevó demasiado tiempo averiguar cómo estaba la situación económica de Tajikistán y de qué manera me iba a repercutir a mí. Me senté en las escaleras frente al Banco Nacional de Tajikistán, incapaz de sacar dinero, mientras la multitud observaba con curiosidad a aquel hombre devastado sentado sobre el polvo.

Mis planes apuntaban entonces a amorrarme al primer grifo de agua que encontrara, arriesgar una diarrea y regresar a la capital a tragarme sus humos. Necesitaba dinero. Y una ducha. Y dormir. Y comida, pero aún no estaba tan desesperado como para mendigar un trozo de pan.

-¿Puedo ayudarte en algo? – escuché en un inglés bastante correcto.

Al girarme vi a un muchacho vestido con elegancia. Unos pantalones azules de lino, que combinaban bien con una camisa ocre, bien planchada, que le hacía parecer flotar sobre aquel berenjenal de tierra y ruido.

Cuando comencé a explicarle mi situación, noté una genuina preocupación en su rostro que arrugó la piel joven de su frente, arqueando las cejas hacia atrás. Me miró con sus grandes ojos negros, sacó el teléfono de su bolsillo y marcó un número. No entendí lo que estaba diciendo, pero podía sentir que mi entusiasmo crecía ante la posibilidad de recibir ayuda.

Entonces puso el teléfono en manos libres y la voz del otro lado preguntó cuál era mi nombre.

-Juan Francisco, pero puedes llamarme Janek. Te resultará más fácil. ¿Cómo te llamas tú?

-Mi nombre es Fatima. Mi hermano Shahrzad me ha explicado tu situación y queremos ayudarte.

Me sorprendió un acento americano. Un inglés incluso mejor que el del muchacho, y su tono, suave y tranquilizador.

-Venid a la plaza principal. Caminaremos a casa juntos. Necesitas descansar.