Lluvia

Joyce Salvador (nombre ficticio) mira fijamente con la mirada perdida por la ventana. Las gotas de lluvia resbalan por el cristal. La preocupación se va adueñando poco a poco de su rostro. Es temporada de lluvias en Filipinas y nunca se sabe que puede pasar. “Hay que estar preparados para todo” dice, mientras sonríe nerviosa porque nota que se ha encendido el botón rojo de la cámara que indica que estamos grabando.

Un pequeño muro nos separa del exterior en donde unos niños juegan con la pelota como si la lluvia no existiera. Nosotras mientras tanto nos miramos. Sonreímos. Y empezamos a intentar entendernos las unas a las otras. Porque al fin y al cabo todas somos mujeres. Todas somos conscientes de que el tiempo por fin nos ha dado un espacio para que nuestra voz pueda sonar libremente sin que tengamos que sufrir por ello.

En Filipinas la población se divide en barangays, es decir, pequeños pueblecitos en donde los principales problemas suelen ser la ausencia de saneamiento o la falta de higiene. Desde el 2014, estos distritos tienen que cumplir con una serie de preceptos creados por el Estado para trabajar en el desempeño del buen gobierno. Y las mujeres han decidido formar parte de ello.  La estructura organizativa no es muy diferente a la nuestra. Tienen un “Barangay Captain” que es lo que nosotros entenderíamos como alcalde y varios “Barangay Kagadaw“, es decir, concejales.

 

Son cada vez más las mujeres que ocupan los puestos de Kagadaw. Juntas han creado un lugar en donde la sororidad va mucho más allá del significado propio de la palabra. “Hemos encontrado un espacio en donde no estamos solas. Donde nos tenemos las unas a las otras”. Hablar de embarazos, la menstruación o algo tan simple como el amor es algo muy complicado en un país donde queda mucho por hacer aún a la hora de hablar de igualdad.

El paso de los minutos hace que esas sonrisas nerviosas se conviertan en sonrisas sinceras y Joyce Salvador y las mujeres que le rodean comiencen a contarnos su historia. “No quiero que mi hija tenga que pasar por lo mismo que pasé yo cuando me quedé embarazada. No había ningún hospital cercano y tuve que dar a luz en mi casa”. La mayoría de las mujeres que viven en Tagas, el nombre de este barangay se dedican principalmente a la ganadería y la agricultura. Las constantes lluvias y la frecuencia de fenómenos naturales adversos hacen que la población de estas regiones no lo tengan fácil a la hora de recuperar sus tierras de cultivo. “Cuando nació mi último hijo apenas tuve tiempo para reponerme. Teníamos que trabajar. Teníamos que sobrevivir”, suspira.  No obstante, todas tienen algo muy claro. Trabajar para su comunidad y para su familia es algo que se puede hacer sin ningún problema. Conciliación familiar lo llamamos en el mundo occidental.

 

Cuando la confianza entre unas y otras comienza a aparecer deciden enseñarnos uno de sus refugios. A escasos cinco minutos del lugar en que nos encontrábamos estas mujeres han construido una cabaña en donde invierten gran parte de su tiempo libre.

Nos sentamos. Fuera sigue lloviendo. Y Joyce decide enseñarnos algunas de las prendas y artilugios que ellas mismas han aprendido a fabricar. En un momento dado me dan lo que parece un miniestuche de tela. Lo observo. Es verde y rosa con alguna que otra flor estampada. “Se trata de una compresa de tela. Las fabricamos con estos colores para que a nuestras niñas no les dé vergüenza hablar de un tema natural”, explica. Y ahí entendí que algo tan natural como la menstruación sigue siendo un tabú en muchos países. Fue una de las lecciones de vida que me dieron estas mujeres y es que tenemos mucho que hacer todavía.

Volvimos a la calle y dejamos que la naturaleza formara parte de nosotras. Ya éramos un equipo. Nos fundimos en un gran abrazo mientras las gotas de lluvia resbalaban por nuestro cabello. En lo que duró una tormenta estas mujeres me dieron grandes lecciones de vida. Fue efímero. Fue bonito. Fue espectacular.