Gracias escritoras

Hoy, 15 de octubre, se celebra el día de las escritoras. Un día, sin duda, necesario para visibilizar la labor literaria de todas esas mujeres que han escrito a lo largo de la historia, cuando no les estaba permitido, bajo pseudónimos masculinos o bajo el gran y abundante «anónimo». Pero también para todas las escritoras que siguen escribiendo hoy en día enfrentándose a sociedades e industrias machistas y misóginas.

Como amante de la literatura, he leído desde que tengo recuerdos y, hasta que tomé conciencia de la situación, la mayor parte de las obras que leía eran de autoría masculina. Obras con las que sin duda he disfrutado porque, puesto que las mujeres estamos acostumbradas a que el personaje principal cultural sea un hombre, no tenemos problema para identificarnos, aunque sea parcialmente, con personajes masculinos. Algo que a los hombres les cuesta bastante más con libros cuya protagonista es una mujer ―contada por una mujer―, ya que eso suele entenderse como «literatura femenina». La universal es la de ellos. Nosotras somos «lo otro».

Cuando me di cuenta de que mis estanterías estaban llenas de escritores, decidí que era hora de hacerle un hueco en ellas a las escritoras y fue una de las mejores decisiones que tomé. De pronto, empece a ver personajes femeninos a los que les preocupaba lo mismo que a mí, mujeres que no siempre eran objeto de deseo de hombres, sino que ellas eran las sujetas de deseo. Leí libros en los que hablaban de la menstruación, de la cistitis, de las violaciones, de matrimonios en los que la mujer se siente encerrada en casa. Pero también leí libros de mujeres que vivían aventuras, que dejaban a sus parejas, de mujeres que se enamoraban de otras mujeres.

Leí libros en los que me sentía totalmente identificada y por ello quiero dar las gracias. Gracias a Emma Cline por decirme que esa obsesión que sentía de adolescente por gustar no era una enfermedad, sino lo que la sociedad enseña a las chicas. Gracias a Lucía Baskaran por contarle a todo el mundo que un chico te puede violar aunque hayas ligado con él en la discoteca. Gracias a Amélie Nothomb por decirme que una chica puede dejar al novio perfecto para perseguir su sueño de escribir y también por demostrar que hasta de un trabajo que odias puede salir algo bueno. Gracias a Sara Mesa por hablar de lo que nadie quiere hablar. Gracias a Luna Miguel por enseñarnos que una polilla chocando contra tu muslo puede dar lugar a que nazca tu bebé. Gracias a Caitlin Moran por gritar que odia las bragas sexys de encaje. Gracias a Belén García Abia por hablar de la imposibilidad de ser madre. Gracias a Virginie Despentes por hacer que me explote la cabeza. Gracias a Alice Walker por gritarle al mundo que tienen que escuchar a las mujeres negras. Gracias a Maxie Wander por darle voz a todas esas mujeres que vivieron en la República Democrática Alemana. Gracias a Joan Didion por ser un modelo para todas las mujeres periodistas. Gracias a Sylvia Plath por contar su vida en sus diarios, por su poesía y por enseñarme que no soy la única que siente que se le pasa la vida sin conseguir lo que quiere. Gracias a Kate Millet por decirnos que lo personal es político, a Simone de Beauvoir por demostrar que no se nace mujer, a Sylvia Rivera por darme la perspectiva de una mujer transexual, negra y trabajadora sexual, a Luisa Muraro por hacerme soñar con un orden simbólico femenino. Gracias a todas y cada una de ellas, y a todas las que faltan, pero sobre todo, gracias a Virginia Woolf por contarme que lo único que necesito para escribir es un pequeño sueldo y una habitación propia.