Cuando lo políticamente correcto deja de hacer gracia

Más que nunca es necesario reavivar espacios de discusión donde la política se haga a través de tensiones que construyen la crítica en algo constructivo.

Cuando me enganché a tararear “Malamente”, Rosalía ya se había convertido en políticamente incorrecta por cantar flamenquito mientras soltaba alguna palabra en caló. Cuando quise ver el “Monólogo de la vagina” de la famosa dramaturga estadounidense Evee Ensler, me enteré que estaba censurado en el colegio de mujeres por ser ofensiva contra las “mujeres sin vagina”.

Lo políticamente correcto nos está poniendo contra las cuerdas al mismo tiempo que sirve de escudo a la ultraderecha que la utiliza como lanzallamas a través de insultos racistas y machistas ante un público que considera que supone una revolución en el lenguaje y por lo tanto para la sociedad. 

Tal y como recuerda el episodio “Corrección Política”, producida por Vox y distribuida por Netflix, el concepto nació en 1990 en una caricatura del New York Times para “aquellos que se sentían abrumados por los cambios”, se puso de moda en los campus norteamericanos, salió en el cine en 1994 y con los años, llegó a los medios de comunicación y a la boca de Trump, Orban, Geert Wilders, que ellos, también se niegan a ser políticamente correctos.  

En realidad, como señala señala el cómico W.Kamau Bell lo políticamente correcto fue una herramienta creada por los blancos que no se habían detenido a pensar porque no eran inclusivos.

A día de hoy, cuatro de cada cinco republicanos y tres de cada cuatro demócratas están en contra de seguir las normas que marca el concepto. Sin embargo, el exceso de prudencia que provoca la tiranía de lo políticamente correcto sigue reinando en los campus norteamericanos donde cada vez hay menos espíritu de debate y todo es relativo.

Tener conversaciones arriesgadas con todas sus contradicciones forma parte del pasado si te has convertido en una persona políticamente correcta, a pesar de que sería justo que hoy el término no nos tenga encarcelados y que nos permitiese debatir sin miedo a ser criticado.

Más que nunca es necesario reavivar espacios de discusión donde la política se haga a través de tensiones que construyen la crítica en algo constructivo sin vivir atrapados entre conceptos y sin caer en el juego ultraderechista. 

En contra de lo políticamente correcto, a favor del lenguaje inclusivo

No hay duda. El poder del lenguaje transforma el mensaje, tanto para los amantes de lo correcto como para los rebeldes de la tiranía. A medida que la cultura cambia, la sociedad está obligada a cambiar las costumbres y sus palabras, porque al final somos según cómo nos nombren, pero esto no riñe con tener espacios de debate des-encorsetados o que no nos tengamos que reír de un chiste supuestamente inaceptable. Es decir que soy una portavoza orgullosa de lo políticamente y gramaticalmente incorrecto y le gusta el humor duro.

En contra de lo políticamente correcto no es un alegato a favor de dejar de decir “afroamericano” por negro, volver a incluir “Señorita” en los formularios o que ir en contra del término suponga no ser conscientes de que es necesario ser inclusivos usando términos en femenino.

Desde luego, ir en contra de lo políticamente correcto es un discurso para adultos y una forma interesante de decir cómo cuidamos de las cosas que decimos. El problema surge cuando no nos replanteemos quien ha escrito esas reglas: ¿Quien establece las normas? ¿Qué significan en realidad?¿Dónde está la línea que separa lo que debe decir y no? Y el gran por qué que nos ayuda a entender el trasfondo de los cambios.

La clave de todo este entramado de humor e inclusión parece estar en hablar desde la responsabilidad política y social, no desde lo que hoy consideramos políticamente correcto.

La comedia como arma de destrucción masiva

En un mundo donde abunda la corrección política no hay profesión más peligrosa que la de ser cómico. Cada cierto tiempo se desata la tormenta sobre lo que deben o no deben decir ante un colectivo o grupo que se ha sentido ofendido con un chiste.

El límite de la comedia está en el mismo lugar que el límite de la libertad de expresión: en ningún sitio y lejos de lo políticamente correcto. La comedia aporta información valiosa detrás de una carcajada y si no somos muy idiotas y nos fijamos exclusivamente en la literalidad de las palabras, nos ayuda analizar y contextualizar la realidad en la que vivimos.

El problema del chiste surge cuando lo descontextualizamos y consideramos que las políticas de identidad y lo políticamente incorrecto van de la mano de la xenofobia. A partir de ahí el chiste funciona como una herramienta de construcción de estereotipos.

El humor roza lo absurdo y en ocasiones, la mala educación, pero que esté ahí para reírse del islam, de los judíos, de los cristianos, de una clase social o de otra y de todos en general y sin excepciones ha hecho que podamos superar nuestros tabús, nuestros miedos y tener una democracia más consolidada, porque al fin y al cabo, porque a las dictaduras no les gusta el humor.