Las cuentas de la vida no me salen

Por Jaime Reyero Abellán

Todo el rato aireando las ventanas de la vida, todo el rato el tic tac del reloj esperando algo de nosotros. Calculo que hipotecamos nuestra vida desde que nacemos. ¿Cuándo toca disfrutar de verdad? Trabajando la mayor parte del tiempo para buscar huecos para nosotras mismas, en un círculo ilusorio.
En el momento que ponemos nombre a las cosas ya creamos expectativas, el círculo ficticio. Pero la realidad es peor. Separar vida personal y laboral nos condena. Deberían ir en parte de la mano, quien integra su vida en un todo no tiene esos problemas de preconcepción de lo que nos rodea. Casi nadie busca ni dónde debe ni lo que quiere. Eso, unido a lo difícil que te lo pone un sistema hostil, es un cóctel difícil de digerir.
La digestión del día a día, de la cotidianidad, de la rutina, son temas delicados donde conviven el paraíso y el infierno al mismo tiempo. La clave está en aceptar el todo integral de lo que nos rodea y de nosotras mismas, trazar un plan que nos permita reescribir nuestra propia historia. Y digo propia porque nos expropian el alma desde el principio de los tiempos. Son los aires causalistas de los que mueven los hilos.
“Aprendiendo a luchar”, cantaban la banda Reincidentes, emblema del rock urbano español. Quizás sólo nos queda eso. Y es mucho.
Si nos organizamos somos más que los poderosos, pensaba en el pasado. Pero según voy creciendo no tengo claro si somos más o menos o igual o qué. No es tan sencillo esto de la vida, donde 2 + 2 no siempre son 4. Donde los márgenes para echar la cuentas de la libertad no me salen,
Los llamados el pueblo quiénes son y porqué, las clases sociales quiénes las conforman. Para mi entender ingenuo de joven inexperto, los míos eran todos menos los de arriba, que eran muy poquitos. Ahora cada vez creo mas que somos una minoría luchando contra todos. Tal vez un punto medio y ni tantos ni tan pocos, pero sí la certeza de que la masa anda dominada y ni lo sabe, por lo tanto sólo la consciencia nos hará libres.
Mi a veces pesimismo o fatalismo se basa en que en el fondo soy un humanista, puede que uno de los últimos. Quedamos pocos, aunque tampoco nunca fueron muchos, pese a que hiciesen mucho ruido. Cuando confías y crees en que el ser animal humano puede cambiar pero no quiere, entonces la pedrada se hace más difícil de soportar. Ese es mi verdadero sino y mi verdadera cruz.