El verano de la aporofobia

Aporofobia fue la palabra del 2017 por la Fundación del Español Urgente (Fundéu). Aporofobia es un neologismo que nombre al miedo y rechazo hacia los pobres. Aporofobia no es solo un término que se ha puesto de moda, sino una realidad dura y cruel que ha ido en aumento en estos últimos años.

El concepto fue acuñado en la década de los 90 por la filosofía Adela Cortina para diferenciarlo de la xenofobia. No se margina de la misma manera a la persona que siendo extranjero tiene recursos, un equipo de fútbol o conduce un Bugatti Chiron.

En 2017, después de que la Fundéu lo aceptara como palabra del año, la Real Academia de la lengua Española lo incluyó en el diccionario.

¿Qué le pasa por la cabeza a una persona para vender en la calle productos falsificados? ¿Para pedir en la calle? ¿Para entrar en una casa okupa?

¿Qué es lo que nos pasa cada vez que agachamos la cabeza en el metro para no dar unos céntimos o algo de comer a un mendigo?

Un verano de campañas mediáticas contra manteros

Este verano ha estado repleto de mentiras. Pablo Casado ha proporcionado datos falsos desde la valla de Melilla y Ciudadanos ha inventado una nueva cruzada para criminalizar a 150 manteros que venden en Madrid.

El Partido Popular ha hablado de “avalancha” de inmigrantes desde la irresponsabilidad y eludiendo las llamadas de muchas ONG’s que intentaban explicarle que estaban fomentando la xenofobia y el miedo “al otro” a través de datos manipulados.

Ciudadanos con su campaña #CallesOkupadas apuntó hacia los manteros a través de un discurso sobre la “competencia desleal hacia el pequeño comercio” aunque eludiendo  la culpabilidad de las grandes empresas, que gracias a la elusión fiscal, son la principal razón de la desaparición de las tiendas pequeñas que rodean la Gran Vía.

Los productos falsificados han existido siempre. Incluso aquellos y aquellas que están en contra de que los manteros vendan un Louis Vuitton son los primeros en querer tener uno si no disponen de los 1.000 euros que cuesta el bolso.

Como explicó Antonio Maestre este verano en La Sexta a Mayte Alcaraz en un tenso debate a primera hora de la mañana, las mafias que existen son las de falsificación de productos y no las que se encuentran “detrás de los manteros”. Ellos compran los  bolsos y deportivas para tener algo que vender y así poder sobrevivir.

“Los inmigrantes irregulares van a seguir existiendo y los productos falsificados van a seguir entrando por el puerto de Valencia y van a seguir fabricándose en China y Vietnam y es así como este problema no termina al quitar las mantas porque eso sería aporofobia: quitar a los pobres de la calle para que caminen tranquilos los ricos”

La seguridad a la que se refieren muchos partidos de ultraderecha viene aparejada de un trabajo digno que no están dispuestos a otorgar al inmigrante, refugiado o solicitante de asilo. Si se consiguiera lo segundo a través de políticas públicas integradoras se podría alcanzar el objetivo de su seguridad.

El peligroso discurso de “Los otros”

Según el escritor británico Owen Jones, en los últimos años el discurso político se ha orientado a la clase media porque es la cuna del voto. La clase baja ha dejado de ir a las urnas y es una tendencia que se repite en cada elección. En estos discursos también se esconde la percepción que tenemos de la clase empobrecida y la falta de empleo que anteriormente se veían como injusticias que el gobierno debía solucionar y ahora se ven como problemas individuales.

Acabar con el sentimiento de clase es algo que se repite en la historia: pasó en mayo del 68 cuando De Gaulle consiguió dividir a estudiantes y obreros para evitar que las protestas fueran un éxito y lo consiguió Margaret Thatcher en los ochenta al considerar que “clase” era un concepto comunista. Eliminó la solidaridad y convirtió Gran Bretaña en un ring de boxeo entre iguales a partir de la teoría de la meritocracia.  

Hay un pensamiento generalizado de que las ayudas sociales que perciben los inmigrantes son abrumadoras, que la tasa de embarazos entre adolescentes mete miedo y que el índice de escolaridad cae en picado de una forma abrupta. Esto provoca que esa clase media a la que está destinada el discurso de los políticos acabe odiando a los inmigrantes, juzgue a las chicas que se queden embarazadas a los dieciséis y agache la cabeza cuando ve a un grupo de chavales reconocidos como “canis” o “chonis”.

Sin embargo, los datos desmienten la creciente xenofobia que se ha ido extendiendo en los últimos años. Según las cifras totales de las ayudas autonómicas al alquiler de viviendas concedidas entre 2016 y 2017 recopiladas por el diario El País, la población extranjera representa alrededor del 40% de los beneficiados. El error cae cuando se piensa que si el 10% de la población que reside en España es extranjero y el 40% de los beneficiarios son extranjeros, el saldo final favorece a los inmigrantes. Las ayudas se dan según criterios de renta, no de nacionalidad, aunque coincide que son los extranjeros quienes menos ingresos tienen porque hasta ahora no hemos sido capaces de hacer una reforma laboral integradora con las comunidades inmigrantes.

Este tipo de falacias que tienen que ser desmontada a base de sudor por cuatro periodistas que les dejan asistir a los platós de televisión, se propagan por Facebook y cadenas de Whatsapp a la velocidad de la luz. Es preocupante que acaban siendo compartidas en personas mayores, jóvenes, empleados y gente con estudios. Ha pasado a ser un sentimiento generalizado que ha sido atizado con mucho miedo a “los otros”.

En realidad, los refugiados dan más de lo que reciben. Cuando su tasa medida por 1.000 habitantes sube en un punto, el PIB per cápita mejora en los cuatro años siguientes llegando  a una subida del 0,32 % anual según el Centro de Investigación Científica de Francia. Y, resulta bastante desolador tener que proporcionar datos y cifras para convencer de la falta de humanidad que hay con el que tenemos al lado.

Divide y vencerás. Y muchos lo están consiguiendo.