Carta abierta a James Rhodes

Querido James,

Ahora mismo podría estar escribiendo miles de palabras sobre lo que me has ayudado desde que uno de tus libros cayó milagrosamente en mis manos y aprendí que esta vida no va de ser feliz, sino de intentarlo. Y yo había estado toda la vida intentándolo sin darme cuenta de que lo importante es el camino, que yo misma hacía cada vez más oscuro y por el que iba dejando muertos (metafóricos, por supuesto) en las cunetas intentando salvarles de un peligro que en realidad solo estaba en mi cabeza. Pero hoy quiero contarte otra cosa. Para mí, Madrid también es la ciudad que me dio un hogar y esa felicidad que tanto ansiaba, pero porque aquí pude encontrar una pequeña burbuja que me daba el aire para respirar con la tranquilidad que me faltaba en otros sitios.

Nací en una ciudad de provincias muy pequeña donde, de una manera distinta, también fui medianamente feliz pero nunca acabé de encontrar ni un recoveco en el que me pudiera sentir yo sin miedo a nada. Así que acabé odiándolo y repudiándolo, solo porque allí me odiaba y repudiaba a mí misma. Y quizás por extensión, empecé a odiar el resto del país, menos mi pequeño reducto donde todo iba bien. El odio fue en aumento cuando fui creciendo y me di cuenta de todas las injusticias que a diario se cometen en esta España tan amada por todos esos que se hacen llamar patriotas pero que solo quieren un país a su medida y donde solo quepan pensamientos como los suyos.

El caso, James, que me voy por las ramas, es que todo esto me viene a la cabeza después de leer la respuesta que eldiario.es ha publicado, firmada por el tal Teniente Kaffee, a tu carta para el Presidente donde le pides que se ponga (que nos pongamos, porque al final esto nos incumbe a todos) manos a la obra en la legislación contra las agresiones sexuales a menores. La he leído con mezcla de enfado, frustración y miedo. Por el fondo y la forma del texto, que reitera una vez más el discurso que llevamos meses oyendo de que la ley es la ley, que tenemos una justicia ejemplar y blablaba. Y que no nos metamos en sus asuntos. Como si solo fueran suyos. Como si la Ley fuese inamovible, los jueces dioses del Olimpo y nosotros, ciudadanos de a pie, meros súbditos que obedecen y se conforman con lo que les dan. Pero en realidad nunca ha sido así. De serlo, seguiríamos echando cristianos a los leones, quemando brujas en las hogueras, guillotinando nobles, o fusilando a gente que piensa distinto y tirando sus cuerpos en las cunetas.

La Ley no funciona y parece que no nos damos cuenta. Por eso es tan necesario lo que haces. Ese altavoz que enarbolas por los que no pueden hablar. O, si lo hacen, es con una voz casi inaudible. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que el sistema judicial está cada vez más obsoleto. Que los ciudadanos de a pie, simples mortales que qué sabremos de la vida que nos toca cada día, no tenemos ni idea. Quizás no sepamos lo que dice el papel, pero sabemos qué se siente cuando te agreden, cuando te ningunean, cuando no hay nada bajo lo que ampararse. Sabemos lo que se siente cuando nos violan y nos matan y la Ley se queda mirando, dejando impune a quien hace el daño y declarando culpable a la víctima, sentenciándola al silencio, al ostracismo y a la vergüenza.

Hace siete años gritábamos con esperanza en la Plaza del Sol que el miedo iba a cambiar de bando. Ahora no quiero que cambie. Solo quiero que no haya. Pero para ello tenemos que seguir luchando, dialogando y aprendiendo. Aprendiendo que no hay que callar ante las injusticias y enseñando a los que vienen y a los que vendrán que el respeto por el otro y su defensa es lo único que de verdad nos va a hacer libres.

Puede que no sea el mejor ejemplo que se pueda poner, pero decía Jack Nicholson en ‘Mejor… imposible’ mirando a Helen Hunt después de que ella le pidiese un piropo, que ella le hacía querer ser mejor persona. Al final creo que ahí radica la vida. En no dejar de querer ser mejores personas. Así que gracias, James, por no dejar de intentar que queramos ser mejores personas con un país mejor. Sigue tocando el piano y alzando la voz por los que no pueden. Es lo único que le debemos a la vida.