Apología de los cuentistas

Llevo un tiempo dándole vueltas a cómo el panorama literario está cambiando, ya no solo en el fondo si no en las formas. En la manera de concebir y crear. Si hasta hace unos años la novela era el género literario por excelencia, con esa cantidad ingente de novela histórica -muchas veces maravillosa, instructiva pese a la parte de ficción-, el auge venido de frente de la novela policiaca, incluso las fugaces idas y venidas de la novela rosa (de la que lamentamos algunos títulos, todo hay que decirlo, y que dudamos que pueda ir más allá de la categoría de “libro”, así a secas); el boom de la poesía se llevó por delante la supremacía novelesca casi de un plumazo.

Lo hablaba con escritores y editores, cuestionándonos el por qué del cambio. Quizá la venida de nuevas generaciones menos acostumbradas a leer, a enfrentarse a un mamotreto de 600 páginas. La falta de tiempo, argumentan algunos. La competitividad con otro tipo de entretenimiento (ay, cuánto daño hace Netflix). El hecho de que en un trayecto de metro es más cómodo leer un puñado de poemas, quizá inconexos entre sí, que meterse en la historia para tener que salir cada vez que suene el “próxima estación” y tengas que abandonar el vagón.

Y en medio de esta lucha (que no es tal, porque al final es consumo de Literatura igual), me acordé de un género a caballo entre los dos, con la brevedad de uno y las historias profundas del otro. ¿Qué fue de los cuentos? Historias condensadas en unas pocas páginas que te dan una bocanada necesaria de aire fresco. Caemos muchas veces en la trampa clásica de que los cuentos son para los niños, fábulas de aprendizaje con las que entretenerles a la vez que aleccionarles. Tenemos en mente a los hermanos Grimm, a Hansel y Gretel, Los cabritillos y el lobo, Blancanieves, Rapunzel.

Pero lo cierto es que el género cuentista por excelencia da mucho más de sí que esto. Y para muestra, un botón. En los últimos meses me he topado con maravillosas recopilaciones de cuentos con firmas de lo más variadas -aunque he de admitir que me ha llamado la atención que casi todos los autores que he leído sean de origen latinoamericano, todo sea dicho- que me han hecho engancharme a este género olvidado y casi perdido.

Empezando por García Márquez y Los funerales de la mamá grande, ocho cuentitos datados de principios de los 60 que nos abren una ventana pequeñita, casi como mirar plácidamente por el ojo de una cerradura, a Macondo. O el surrealismo fragmentado de Cortázar en Historias de cronopios y famas, para abrir boca si no te quieres meter con Rayuela62: modelo para armar pero quieres visitar el mundo del autor argentino de a ratos.

Y de Argentina a Chile, saltando directamente a Barcelona con parada en Amberes, 100 paginitas que harán las delicias de los amantes de lo policiaco y las historias breves, donde Bolaño construyó una de las novelas policiacas más atípicas que podrás leer, a base de 19 fragmentos que te dejarán con ganas de más. Lo suficiente, quizás, para que te acerques a Hemingway y leas alguno de sus relatos, o los cuentos de Poe, o incluso los pequeños poemas en prosa de Baudelaire.

¿Miradas femeninas? Los maravillosos cuentos de Anaïs Nin explorando el erotismo y saltándose el puritanismo de la época de un plumazo, los Cuentos europeos de Doris Lessing y su fotografía de la sociedad de la segunda mitad del siglo XX, o Demasiada felicidad, de Alice Munro. E incluso más reciente, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín, La composición de la sal, de Magela Baudoin (que, además, fue ganadora del premio García Márquez de Cuento en 2015, dicho sea de paso).

Así que pensando en todos esos cuentistas siempre llego a la misma conclusión cuando me pierdo en divagaciones sobre por qué este género no acapara grandes ventas o por qué no tiene la repercusión que se merecería. Que no sé si es por moda o por olvido,  que quizá sea por falta de lectores, pero no por falta de cuentos.