Nacionalismo y regeneración política en la final del mundial

El deporte es una de las acciones políticas que más une a una nación, después de la guerra. Cuando Francia ganó el mundial de Francia 98’, Chirac subió 7 puntos de popularidad en las encuestas. Se había metido hasta el césped aunque no sabía bien lo que era un fuera de juego.

En los 90’, ‘Los bleus’, que se enfrentan hoy a Croacia por la final del mundial en Rusia, fueron los encargados de reconstruir una sociedad francesa rota que se dividía en negros-blancos-árabes. Sin embargo, la victoria llenó  los campos Elíseos de aficionados y no aficionados unidos por un solo color: el azul.

Por aquel entonces, el presidente del Frente Nacional (FN) Jean-Marie le Pen, hacía campaña política calificando “de artificial” la selección francesa porque “estaba cargada de gente que no era francesa” y Chirac era la única persona sobre la faz de la tierra que podía interrumpir un entrenamiento de la selección  y entrar con zapatos al césped.

El fútbol y la sociedad avanzaban más deprisa que los partidos políticos que intentaban disputar un puesto en el fango del periodismo deportivo, que incluso abrieron titulares calificando a los africanos de “pigmeos que acababan de salir del bosque”.  Redujeron a millones de franceses a la cuestión de la raza.

Mismo lugar, misma época. La selección croata realizaba su mejor participación en un mundial que suponía la primera cita tras la desmembramiento de Yugoslavia. Incluso estuvo al borde de eliminar a la anfitriona Francia en semifinales gracias a la maestría de Davor Suker.

Hoy todavía se respira el ambiente del 98. El equipo arlequinado de hoy en día creció entre los campos de refugiados de los balcanes. Modric, Mandzukic o Rakitic ya hacían los primeros toques al balón cuando Suker estaba en la cima de la popularidad.

El que era presidente de Croacia durante Francia 98′ Franjo Tudjman celebró el bronce como una victoria política nacionalista y solicitaba personalmente a los medios de comunicación que apuntaran los objetivos a su cara cuando estuviese cantando el himno croata, igual que lo habían hecho con el líder alemán Helmut Kohl en la primera fase del mundial. 

La presidenta de Croacia actual, Kolinda Grabar-Kitarovic, se paga sus propios viajes para animar a su selección en todos los partidos en Rusia, a los que acude con la camiseta arlequinada debajo de la americana. Populista pero elegante.

Croacia bajo el punto de mira

Croacia ha estado en el punto de mira de todos los partidos por cargar de connotaciones políticas el deporte. En el año 2006, la selección croata disputó contra la campeona del mundo, Italia, un partido amistoso. Algunos aficionados aprovecharon el momento para  formar una esvástica humana en la grada mientras hacían el saludo nazi.

Esvástica humana de aficionados croatas frente a un partido contra Italia en 2006

En 2015, en la clasificación para la Eurocopa 2016, apareció una esvástica en el césped del Estadio Poljud, de la ciudad de Split, donde curiosamente se disputaban de nuevo el terreno contra los italianos.

Ahora, en pleno mundial, “Slava Ucraini” (Gloria a Ucrania) fue el himno que entonó el jugador croata Domagoj Vida después de derrotar a Rusia en los cuartos de final de la Copa del Mundo. “Esta victoria es para el Dinamo de Kiev” recalcó en el mismo video el exjugador y asistente técnico de la selección, Ognjen Vukojevic. Una broma política que le costó su puesto.  

Los jugadores Dejan Lovren y Sime Vrsaljko cantaron para celebrar  la victoria conseguida contra Dinamarca, ‘Bojna Čavoglave’ del cantante nacionalista Thompson, un himno de extrema derecha croata. Todo está relacionado, los movimientos nacionalistas y fascistas croatas están ligados con los similares en Ucrania, ya que en paralelo, los rusos están en consonancia con los serbios.

Los gestos políticos de los jugadores croatas (y franceses) son el reflejo de parte de la sociedad a la que representan y son el fruto de una tarea deliberadamente ordenada por parte de las élites y políticos de cada país.

Sin embargo, también cuentan con el boicot de otra parte de la sociedad que quiere neutralizar el deporte y que quieren mantenerse lejos de la corrupción y la polarización entre los ciudadanos. Es la nueva guerra entre aficionados o herejes, a los que se encasilla como patriotas o independientes.

Para muchos, los gestos en el campo y en el vestuario no se perciben como señales políticas o nacionalistas pero para otros “solo es fútbol y es más que eso”. Ahora tan solo queda esperar que tras el partido de hoy, tendremos tiempo de volver analizar la mitificación de la política en términos deportivos.