El libre albedrío no existe (o cómo ha sido la segunda temporada de Westworld)

Hace un par de semanas que ha acabado la segunda temporada de uno de los seriones más grandes que ha parido HBO y, después de mucho reflexionar, por fin (CREO) que puedo poner en orden mis pensamientos sobre la serie y lo que nos deja, así que voy a intentar explicaros más o menos de forma coherente qué hemos sacado de estos 10 capítulos.  Si no la has visto, te recomendamos otro articulillo de nuestra página, porque vienen spoilers.

La primera cosa que cabe reseñar, antes de perderme en dispersiones varias, es que sir Anthony Hopkins is the best. Y punto. El que diga lo contrario, miente. Tras las divagaciones y suposiciones sobre su vuelta al parque de Westworld tras su muerte en el último momento de la primera temporada y un primer capítulo de la segunda que lo dejaba fuera de combate, esa bendita escena del capítulo 6 nos ha dado la vida. Sí, sí, esta. Ese reflejito en el piano después de que Bernard siguiese al perro hasta el Mariposa y ya estuviésemos a puntito de caer rendidos. Y por fin su voz con cuatro palabras que pueden ser uno de los mejores regresos de la historia. “Hello, my old friend”. Pues cómo no vamos a quererle, oiga. Y a chillar cual fans histéricas en un concierto de Bisbal a principios de los 2000.

Después de este impepinable momento dedicado al doctor Ford, vamos al meollo de la cuestión. La temporada ha sido vertiginosa en cuanto a escenas bélicas que no habíamos visto en la primera (qué me decís de la escena de los toros huéspedes a medio hacer del último capítulo, ¿eh?), mucho más centrada en aquella trama de la conciencia y el laberinto. Pero la nueva narrativa de Ford ha seguido su curso, tal y como era de esperar, pese a los esfuerzos de Delos porque no fuese así.

Partimos de la base de que las tramas centrales de la serie tienen a mujeres como protagonistas: Dolores por un lado y Maeve por otro. Cada una con su objetivo y con su forma de ser. Dolores se descubre como la portadora de la muerte y poco o nada queda ya de la dulce hija de Abernathy que solo ve la belleza de este mundo. Maeve, por su parte, anhela el amor, pero no uno cualquiera, sino el de su hija en su primera narrativa. Por otro lado, el hombre de negro, un exultante Ed Harris que nos provoca confusión. ¿Cuándo ha dejado este señor de ser el más humano de todos, experimentando la parte más oscura de su ser, para convertirse en otro anfitrión más?

En el fondo y en la forma, nosotros tan tranquilos toda la serie pensando que ahí estaba la carnaza. Pero no. La carne en el asador la ha puesto Bernard, que la ha liado y ni él sabe cómo. Todos los anfitriones muertos, el fantasma de Ford susurrándole que siga con sus cosas, hasta que Bernard se cansa y lo elimina de su sistema. Para mí, ese es uno de los momentos decisivos, la eliminación de esa conciencia ansiada que solo le traía problemas y más problemas. Lo demás, viene dado por ese momento. Nos lo explican más a fondo en los últimos capítulos, cuando Logan reaparece (benditas reapariciones en esta serie) para explicarnos que lo que Delos estaba haciendo con el parque no era brindar diversión a sus visitantes, sino discernir los códigos de los humanos, que al final se resumen en unas pocas líneas. Todos iguales, actuando mediante patrones, guiones escritos por a saber quién (¿convenciones sociales, cultura, el destino, un ente desconocido que nos promete la vida eterna o pudrirnos en el infierno?), y viene la pregunta del millón: ¿somos realmente libres?

Pues parece ser que no. Que por mucho que seamos humanos y supuestamente nadie nos haya programado antes de nacer para un fin concreto, estamos destinados a repetir nuestros bucles personales una y otra vez. Esto explicaría muchas cosas, como porque somos tan imbéciles de caer con la misma piedra todas las veces que sea oportuno sin darnos cuenta de que estamos cayendo. Pero al final Bernard lo consigue: ser libre y comprobar por sí mismo que está cayendo, darse cuenta de sus errores. Conseguir salir del bucle que Ford preparó para él. Tener, al fin, una conciencia propia y establecer las distancias entre el bien y el mal. Y es inevitable, al acabar la temporada, que una pregunta quede pendiente más allá de la trama de la serie y el debate entre huéspedes y anfitriones, más allá de la ética de Delos para conseguir sus fines empresariales y de esa necesidad humana de vivir para siempre. ¿Hasta dónde somos responsables de nuestros actos y de lo que ocurre a nuestro alrededor? El libre albedrío no existe.