El problema es y será nuestro

Por Jaime Reyero

Somos un animal humano conformista, sin rumbo, y que no sabe quién es realmente. Las alas nos las cortamos nosotras mismas en un ejercicio de autocontrol desmedido, vivimos en la contradicción permanente, nos ponemos límites. Adentrados en nuestra propia mentira, castigando al de al lado por nuestros propios errores y, por lo tanto, a nosotros mismos.

No se puede sacar de donde no hay, pensamos que no hay salida ni solución. En este caos de mundo no hay debate. Hemos autosentenciado que las cosas son como son y no como podrían ser. Nos cargamos la utopía sin darle opción de manifestarse y mostrar su plan, ya ni hablemos de ponerlo en práctica. Solo vemos hasta donde marca la línea del horizonte. Y, repito, no queremos ver más.

Buscamos fuera lo que ya habita en nuestros adentros, es el momento de repensar y resituarnos, quizás sea un problema de enfoque.

La culpa es de la otra y no mía, es el momento de reeducar y reequilibrar,  quizás sea un problema de enfoque.

Enfocar es situar el foco en el lugar correcto, saber cuáles son las prioridades, quiénes somos. Para eso hay que crear una base educacional firme y sólida, el resto irá llegando. No tenemos estas herramientas de las que hablo, para la masa social no es una prioridad y ni siquiera saben por qué no lo es.

¿Entonces reforma o ruptura para solucionar todo esto? Claramente y mirando para atrás, vivimos en reformas continuas, pero nunca en rupturas. El inmovilismo interno -la falta de capacidad de autocrítica individual- brilla por su ausencia, y el concepto de grupo en la práctica no existe y se traduce en una quietud externa sin sentido, donde aparentemente no estamos tan mal.

Por mi parte solo la ruptura puede llevarnos al equilibrio con nosotras mismas, con quienes nos rodean y con el entorno.

¿Cómo se rompe con todo?

Primero querer y luego poder.

Para ello hay que apagar oscuridades del pasado como pueden ser la herencia familiar autoimpuesta, el apego, el ego y otros monstruos universales de esos contra los que no enseñan a luchar en el cole. De esos que fingíamos y seguimos fingiendo a veces que no existen.

Aprender a comprender nuestro subconsciente, hacernos preguntas para tener respuestas y así cada vez aumentan las preguntas que hacernos y las respuestas que darnos. Cuestionar y cuestionarse todo buscando ese algo más. Ese algo más que debería ser la norma y no la excepción, pero en el mundo al revés que vivimos nada queda claro.

Un modelo educativo que sitúa a sus alumnas en aulas todo el día, dejando de lado las posibilidades educativas de la vida en la calle, es erróneo. Una alternancia equitativa entre espacios abiertos y cerrados proporciona un equilibrio acorde a lo que significa educarse. En la calle interactuamos con todas las clases sociales y eso crea unidad y elimina prejuicios. Por el contrario, los espacios cerrados con gente de tu mismo entorno, si se prolongan en el tiempo, acaban por convertirse en pertenencia a una única clase social o grupo, y aumenta los prejuicios.

Luego están las mentiras aprendidas, otro mal endémico de nuestra sociedad. Se van anquilosando en lo profundo del subconsciente hasta el punto de ser incuestionables e irrebatibles. Esto genera un viento en contra de enormes magnitudes a la hora de generar progreso y cambios.

El poderoso puede hacer el mal, se escucha y se acepta en la cotidianidad popular, un costumbrismo arraigado, eliminando miedos y barreras, y aceptando que los límites son autoimpuestos. Descubriendo que el silencio es nuestro aliado y no nuestro enemigo, pues da grandes enseñanzas y da mucha paz y calma. Comprendiendo que si hacemos daño al otro nos lo hacemos a nosotros mismos. Generando espacios de diálogo e intercambio cultural.

Dar el valor que merece a la rebeldía como motor de cambios positivos. Y  eliminando fronteras, sobre todo las mentales. Lo primero de todo siempre aprender, y una vez que sepamos el problema es y será nuestro. En ese momento sí tendremos el control y podremos solucionarlo.

Después ,el resto irá llegando.