Las historias de lo cotidiano

El día de mi graduación en la universidad, un caluroso pero apacible mes de junio de hace cuatro años, justo antes de que nos colgasen la banda de la orla y nos diesen la patada en el culo desde la Universidad a este mundo de tiburones desenfrenados, el profesor encargado del discurso dijo unas palabras que por aquellos entonces supongo que ninguno entendimos muy bien. Era algo así -permítanme la licencia de citar desde la memoria nebulosa de aquel día- como que cuando estuviésemos ahí fuera no debíamos fiarnos ni conformarnos con la información de los de arriba, los jefazos, los grandes peces. Que hablásemos con limpiadoras, conserjes y camareros. Son los que te van a dar la versión más fiable de la realidad.

Entonces, pobres niños que no habíamos salido del cascarón universitario, pensábamos que lo bonito y lo ideal del periodismo era correr detrás del político de turno grabadora en mano, en busca de algún canutazo que nos pusiese en un lugar privilegiado. Pero ahora cada día que pasa me reitero más en aquellas palabras.

Cuatro años después de aquello, tras una breve, intensa e interrumpida carrera periodística, empiezo a entender un poquito. Trabajaba a tiempo pseudoparcial en una sala de juegos para niños con nombre de dudosa reputación (no por la sala en sí, sino porque el nombre evoca precisamente a aquella finca de Michael Jackson, ejem), situada en uno de los barrios más adinerados de Madrid centro. Cada día veía desfilar a familias pijas, tradicionales y bien puestas, con dos o tres hijos a los que no cuidan ellos. Casi todos los días, muchos niños vienen de la mano de niñeras de las más diversas nacionalidades, que son las que se dedican a correr detrás de los críos y a jugar con ellos mientras los padres sorben su café de Starbucks y te piden la contraseña del wifi.

Y entonces eran ellas las que me contaban, a veces con acento latino, a veces con un español poco pulido mientras intercalan palabras en inglés con los niños que traen de la mano. Y soy yo quien aprende de ellas, siempre en femenino, cómo funciona la vida. Eso no te lo explican en la facultad, ni lo ves en un trabajo de oficina encerrado ocho horas al día en un cubículo con salidas esporádicas para mear, el café de máquina o echarte un cigarro.

Las historias no siempre están donde nos dicen que están. En la mayoría de los casos se esconden en la gente que pasa desapercibida, en toda esa gente que se levanta por las mañanas y va a su trabajo de mierda e intenta sobrevivir lo más dignamente posible. También hay historias en lo cotidiano, aunque se empeñen en inundarnos la cabeza con lo contrario.