La lucha millennial

Hoy quiero hablar de mi generación. Para ponernos en contexto, somos una generación con muy mala fama. Vagos recalcitrantes, ilustres ignorantes millennials a los que les han dado todo hecho y no les interesa nada más que las pantallas de sus smartphones. Niños de papá con carreras de ensueño pagadas, abocados a una hostia tras otra con la realidad. Porque la vida es muy puta. Pero la mayoría de nosotros eso ya lo sabe.

Hoy vengo a escribir para hacer una defensa de nuestra generación. Para decirle a todos esos que por ser mayores enarbolan la bandera de la sabiduría que su razón está muy a menudo lejos de ser la verdadera. A mí me duelen los ojos y se me cae el alma a los pies cuando veo a mis compañeros, gente muy válida, muy brillante, muy preparada y con muchas ganas de comerse el mundo andando por él como pollo sin cabeza, buscando un trocito en esta mierda que nos rodea para intentar pagar alquileres desorbitados y permitirse el lujo de una cerveza de vez en cuando, porque, lo siento, pero una vida en la que no tengas ni un rato para pasarlo con los tuyos es una porquería.

Pongo hoy mi ejemplo porque creo que puede representarnos. Tengo una de esas carreras pagadas y unos cuantos años de experiencia a la espalda que empezaron antes de acabarla. He pasado por medios de comunicación, hostelería y he dado clases particulares recorriendo Madrid de punta a punta cada día, compaginando con estudios y algo de vida social cuando podía. Ahora mismo, para que os hagáis una idea, tengo cuatro trabajos distintos. La tónica habitual de mis días es salir de casa a las 8 de la mañana y volver a las 10 de la noche, en el mejor de los casos, comer en el metro un bocadillo o un tupper de macarrones frio e ir enlazando trabajos para no llegar nunca a fin de mes. Pero lo que más me apena de esto es que no es un caso excepcional -una manzana podrida, que decían algunos-, sino que es la tónica general.

Somos los nietos de la posguerra, los hijos de unos hijos que vieron a sus padres sufrir para sacarles adelante, que no tuvieron nada y en consecuencia han querido dárnoslo todo. Nos prometieron un sueño que ahora ni no podemos tener. Aquel todo suyo se diluye sin que se den cuenta. Ya no vale aquello de un trabajo para toda la vida, hijos, coche y perro, vacaciones en Isla Cristina y esa concepción de clase media con la que unos y otros nos han engañado mientras hacían y deshacían a su antojo para que no notáramos cuando nos quitasen la sanidad, la educación y el futuro.

Somos una generación frustrada llena de miedos e inseguridades inculcadas que lo único que quiere es tener una vida decente: un trabajo con derechos laborales aceptables y acordes a su labor, con un sueldo normal que te permita una casa decente, viajar un poco, quizás algún día formar una familia… O vivir sin rumbo, pero que sea por elección propia y no por la certidumbre de que ahí fuera no hay nada para ti.

No somos lo que creen, somos el cambio intentando adaptarse a una tradición que se desmorona y nos rechaza. Pero vamos a seguir intentándolo, sobre todo porque este juego trata de dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos, no de echarnos cemento sobre nosotros mismos.