Una noche para los libros

Si algo hay que me guste realmente es ver a la gente unida por la cultura. Y justo eso es lo que pasó el pasado viernes en la Casa de Correos de Madrid, donde cientos de personas se dieron cita para disfrutar de un pequeño puñado de autores hablando precisamente de eso, de los libros.

A las seis y media de la tarde, una hora antes de que empezase el evento, la cola para acceder al edificio ya lo rodeaba. El patio de la Casa de Correos se fue llenando poco a poco de almas ansiosas por escuchar a sus autores favoritos dialogar sobre Literatura. Poco hubo que esperar para que Almudena Grandes diese el pistoletazo de salida a esta Noche de los Libros, encantada y agradecida de poder pasarla en su ciudad, con una conferencia sobre uno de los autores más renombrados de nuestras letras, Benito Pérez Galdós. Y es que la Literatura de Galdós va más allá que el simple hecho de construir un libro, va de una herencia gracias a la cual podemos saber cómo fue la sociedad española de su época. Los libros cuentan historias y las dejan en la memoria.

A Grandes la siguió uno de nuestros autores más prolíficos acompañado de una de las voces radiofónicas más queridas por quienes esgrimimos esta profesión, Toni Garrido. Antonio Muñoz Molina habló de su última publicación, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral), una novela donde la importancia de la ciudad se hace patente a cada página.

Y así, poco a poco, llegamos a uno de los momentos más esperados de la noche: la ficción sonora ‘Lorquiana’, de RNE, con Cayetana Guillén Cuervo y Víctor Clavijo a la cabeza. El patio del edificio se sumió en un atento silencio ante las voces de los actores, que nos transportaron a la vida creadora de Federico García Lorca. Y aunque el texto y las interpretaciones fueron impecables, el punto de inflexión llegó al final, con una estremecedora e impactante puesta en escena de La casa de Bernarda Alba. Una Cayetana Guillén Cuervo espectacular se puso en la piel de Bernarda Alba para hacer vibrar al público como pocas veces se ha visto.

La escena final nos puso los pelos como escarpias, por caer en el tópico, pero es que no existe otra opción ante tal interpretación con un elenco enfundado de negro, como no podía ser de otra manera, haciendo vibrar a un público que con casi total seguridad no esperaba esta sorpresa que prevalecerá en el recuerdo de los asistentes. Guillén Cuervo, emocionada, recibía la ovación de todos los espectadores puestos en pie.

Alrededor de las 11 de la noche, ya con el patio iluminado y un piano de cola puesto en primer plano del escenario, subía el autor más esperado de la noche. James Rhodes, con su camiseta mezcla de Bowie y Bach comenzó a pulsar las teclas del instrumento con esa delicadeza de la que solo quien ha vivido y sentido ciertas cosas es capaz. Reconozco que Rhodes es una de esas personas con las que me es totalmente imposible ser imparcial. Poca gente queda en este mundo con tanta pureza dentro, pese a todo, y con esas ganas de transmitirla.

La intervención de Rhodes, con Andreu Buenafuente al otro lado del micrófono, fue la muestra necesaria para que nos quedase claro qué hacía más de un centenar de almas allí sentados, una noche de viernes, esperando a oír su música y sus palabras. Y es que James es justo ese paradigma de que es posible hacer Literatura para todos y por todos. Sin ser el mejor pianista ni el mejor escritor que podemos encontrar, Rhodes hace que a todos los que le escuchan o que le leen se les remueva algo dentro. Algo más importante que el hecho de que sea o no el mejor. Eso no importa. Porque el arte al final es sentimiento, y como tal la Literatura se construye a base de eso. Gente detrás de un sentimiento común que transmite la palabra escrita y que se vale de otras artes para complementarse. ¿Qué puede haber mejor que eso?