Un poquito de educación, por favor

En el año 2010, me matriculé en la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Recuerdo que aquel año, antes de marcar la casilla de lo que realmente deseaba hacer, me quise echar hacia atrás en mi decisión, no porque dudase del Periodismo, sino porque me daba un poco de miedo salir de mi zona de comfort y porque tenía pánico a que el dinero recaudado de toda una vida por mis padres y destinado para ese preciso momento, no diese sus frutos después.

Rompí la burbuja de comfort en septiembre de 2010. Ante el caos de una gran ciudad para una niña de un pueblo de menos de 5.000 habitantes, logré entrar en un Colegio Mayor en Ciudad Universitaria, para tranquilidad mental de mis padres, que pensaban que me podía descarrilar en la gran ciudad y también, para el desgaste de sus bolsillos. En alguna ocasión, cuando en una situación de apuro tuve que volver a llamar a mi padre para pedir dinero, el me repitió “si pudimos con los cuatro años en Madrid, podemos con todo”.

El primer año de universidad, la matrícula rondaba los 500€, el último alcanzaba casí los 2.000 €. Un ascenso del 120%. El Colegio mayor costaba alrededor de 800 € el primer año y el último casi 1.000€. Cuando fui a vivir a un piso,  después de la odisea de buscarlo y que te acepten como estudiante, los gastos después de la subida de un 7% del alquiler, no eran sorprendentemente menos. Empezar una nueva vida en la capital requiere un desembolso de más de 2.000 euros el primer mes. Duro.

En el Colegio Mayor, cada uno tenía en su puerta un cartel con su nombre y apellidos y yo era la única que era “Pérez García”, apellidos de trabajadores y de herencia de los mismos. Lo normal.  A pesar de que estaba en la misma situación que muchos jóvenes de los cuales sus familias eran dueños de hoteles en Ibiza o tenían diez casas en “la playa” (término que me fascinó al llegar, porque yo vivo en la playa), me di cuenta que me había tragado el cuento de “la igualdad de oportunidades”.  La mayoría no habían estado ahorrando 18 años para esto y eso hace reconocer, que no todos salimos del mismo punto de partida.

No es lo mismo nacer en Oviedo que nacer en un pueblo del occidente asturiano. Allí, aunque por suerte para algunas, no cualquier intento de ir al cine o comprar en alguna multinacional implica 100 kilométros de viaje. No es lo mismo ser de Vallecas que criarse en el barrio de Salamanca. No es lo mismo estudiar en un colegio público con fama de conflictivo que en la ‘British School’ de Pozuelo. Existen estructuras que impiden los primeros no lleguen a las mismas esferas que los segundos y es algo inevitable.

La Univerisdad es la joya de la corona para la clase obrera.  Aunque, Susana Díaz señalase en mayo del año pasado, que nosotros, la clase obrera, nos hemos acomodado a tener la casa “en la playa” y a ir a la universidad, y que en realidad no somos tan pobres sino que teniamos expectativas muy altas y por eso, nos hemos acostumbrado a vivir peor. 

Durante los años de universidad, los hijos de clase obrera han corrido en la misma pista que los demás a pesar de comenzar a calentar desde puestos anteriores. Lo han hecho a través de la demonización de la misma clase en su intento de hacerla desaparecer, como se explica en el libro “La clase obrera no va al paraíso” de Ricardo Romero y Arantxa Tirado (Akal, Pensamiento Crítico, 2017)

En las casas humildes se conoce el esfuerzo de lo que supone llevar a un hijo o hija a la Universidad. Más, si los estudios están ubicados en alguna facultad de la capital y que implican unas mayores tasas universitarias y un alquiler de vivienda que crece cada año. 

En todo el proceso universitario, hubo momentos de frustaración al ser la pija en el pueblo y la obrera de la capital. Hubo momentos en los que trabajé duro por aquello de “la igualdad de oportunidades” y la meritocracia. Hoy en día, sigo trabajando duro, por mi y por devolver todo aquello que me dieron con un esfuerzo sobrehumano y sigo reflexionando sobre la suerte que tuve, pero esta vez, siendo consciente de que parte de mis errores no recaen en mi, sino en un techo de cristal al que cuesta mucho trabajo hacerle una grieta.

Despues de todo esto, cómo para que no me indigne al ver que viene una con un máster regalado.

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