Nosotras nos gobernamos

Hay algo romántico en los lugares abandonados. Quizás porque la naturaleza brota entre el silencio de su vacío, alzándose poderosa como lo que es: la Madre de todos los principios. Puede que sea por ese silencio que los vuelve tan inspiradores, tan propicios a crear. Su imagen descuidada, el eco acompasando nuestros pasos, su olor a frío… Sí, hay algo romántico en los lugares abandonados, tal vez, precisamente, por lo apagado y triste de la soledad. Y por eso mismo, porque apagado y triste, sólo hay una forma de hacer de un lugar abandonado uno aún más romántico: recuperándolo para el común.

Es justo lo que ha ocurrido en el número 39 de la calle Gobernador, un edificio del que se estaba apoderando el tiempo desde que en 2013 dejara de servir a los madrileños. Pensado para albergar una de las sedes de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y, más tarde, el Centro de Salud de Retiro, este gigantesco inmueble levantado entre las líneas invisibles del triángulo que, con vértices en El Prado, El Reina Sofía y El Thyssen, recoge la máxima expresión de la belleza de la capital cayó inexplicablemente en el olvido. Hasta que se acordó de él la señora Ana Botella. La entonces alcaldesa de Madrid decidió ceder el espacio que se encontraba ya dentro de un paquete de edificios municipales puestos a la venta al primer postor, un hombre de confianza en la familia: el arquitecto argentino Emilio Ambasz. Por diez millones de euros, este señor firmó un contrato que le da la potestad para hacer con la finca sus deseos realidad durante un periodo inicial de 75 años. El proyecto presentado fue el de la construcción del primer Museo de Arte, Arquitectura, Diseño y Urbanismo de España.

Pasaron los años y la idea del amigo del expresidente José María Aznar no se materializaba, y cuando lo hizo, la propuesta no convenció a los técnicos de un nuevo equipo de Gobierno capitaneado por Manuela Carmena. Con ese escenario de fondo y bajo el lema de “Madrid no se vende”, el 6 de mayo de 2017 la gente salió a la calle con los puños en alto para recuperar lo que nunca dejó de pertenecerles. Nacía La Ingobernable, centro social de comunes urbanos.

Rincones que comunican: sala de prensa improvisada y entrada a la filmoteca

Dice el diccionario de la lengua que el autogobierno es la “facultad concedida a una colectividad o a un territorio para administrarse por sí mismo”. Bueno, si se me permite la osadía, yo le sugeriría a la Real Academia Española cambiar ese “concedida” por algo así como “adquirida”. Porque de eso va el autogobierno: de acceder a, de hacerse con, de actuar sin. Acceder a los espacios, esos que están vacíos y son de propiedad pública y a veces privada, si el dueño es una entidad multimillonaria que se sostiene a costa de nuestro sudor; hacerse con el control, de nuestra historia, de nuestra cultura y hasta de nuestros propios cuerpos; actuar sin presiones, o esquivarlas, porque llegan de todas partes y en todas direcciones. Todo eso que vienen haciendo 11 meses más de 50 colectivos en la esquina entre la calle Gobernador y el Paseo del Prado en Madrid. Así que, en realidad, ellas se gobiernan, vosotras os gobernáis, nosotras nos gobernamos. ¿Que por qué entonces eso de “La Ingobernable”?

Pues bien, la primera vez que entré es este enorme rincón en el que se respira libertad, sonaba la Gata invocándonos a todas, hijas de Eva, para la revolución. Con el cielo encapotado, el ambiente parecía teñido de un color morado que mucho me tiene que castigar la vida para que se me borre del recuerdo algún día. Era 8 de marzo y la rabia de miles de mujeres concentrada en la letra de una canción, en la marcha de una manifestación o en la espuma de una cerveza en la calle Gobernador 39 era, es y será, indudablemente, ingobernable. Como es ingobernable la mirada trasparente de Serlinda, la sonrisa contenida de Pablo o el amor incondicional de Antonia puesto en grandes cazuelas de comida caliente para los que esperaron y resistieron a la incertidumbre el pasado 4 de abril, fecha marcada en el calendario para la ejecución del lanzamiento por ocupación ilegal notificado con una orden de alejamiento firmada el 13 de febrero por un Ayuntamiento que, frente a las cámaras, asegura que el desalojo no se llevará a cabo.

Y efectivamente, no se llevo a cabo. La Ingobernable sigue siendo de Madrid. Nuestra, vuestra, de todas. No por capricho, no por pasatiempo, ni siquiera por altruismo. La Ingobernable sigue siendo de Madrid por convicción, por militancia, por necesidad. Que si los hay por ahí que sin una autoridad que les guíe pierden la senda porque han olvidado que no nacieron para seguir flechas en un único sentido, no pasa nada, porque aquí estamos nosotras para recordarles que son libres y siempre lo han sido. Nosotras, sí, las que nos gobernamos.