Cuerpos que escriben

Ilustraciónde @nono.rueda

La escritura siempre ha sido algo que me ha llamado la atención y que llevo haciendo desde que tengo memoria, me recuerdo siempre con algún diario secreto escondido en la habitación que compartía con mi hermano. Como es obvio, la literatura es algo que también me ha acompañado siempre, crecí entre libros de Kika Superbruja y demás historias de brujas. Cuando en el instituto empecé a estudiar literatura de vanguardia y descubrí a los surrealistas y su escritura automática quedé fascinada. Durante mucho tiempo practiqué esta escritura en una de mis libretas. Para quienes estén un poco perdidas con el término, la escritura automática consiste en ponerte frente a un papel y escribir todo lo que pase por tu mente, sin censura, sin preocuparte por la puntuación o la belleza literaria de lo que escribes. Con esto se intentaba que tus pensamientos traspasaran la barrera del consciente censurador y llegaran al papel tal y como crecieron en tu cabeza.

Años más tarde, cuando ya estaba estudiando un máster, descubrí a una autora, Luce Irigaray. Esta filósofa y feminista francesa, creadora del conocido como feminismo de la diferencia sexual, decía que las mujeres teníamos que empezar a hablar con los labios vaginales. Esta teórica defiende que en el mundo simbólico de los hombres las mujeres siempre nos hemos visto obligadas a vivir en los márgenes. En este mundo simbólico las mujeres no podíamos expresarnos con nuestra verdadera voz que no es otra que la de nuestra vagina y nos veíamos obligadas a cambiar nuestro registro para acercarnos a la voz masculina que se pretendía como asexuada, como voz única de la humanidad, como universal.  Irigaray explica este “parler-femme” en su obra Ese sexo que no es uno (1977). La autora quiere demostrar que el lenguaje y la escritura no son neutras sino que son masculinas y por eso anima a las mujeres a hablar con sus labios vaginales y describe el proceso del lenguaje femenino como un “proceso de entretejerse, escucharla (a la vagina) de manera diferente, sus afirmaciones nunca son idénticas a nada”.

Después me topé con un libro, Diario de un cuerpo (2016) de Erika Irusta. Esta pedagoga menstrual, que también escribe en su blog El camino rubí, ha publicado un libro que es un diario de su cuerpo en el que escribe desde su coño y deja notar las cuatro mujeres diferentes que habitan en una misma según en qué fase del ciclo menstrual se encuentre. Irusta describe la coñoescritura como “una forma de escritura orgánica, corporal que nace del cuerpo cíclico-cambiante. Se trata de un proceso creativo en el que la coñoescritora exorciza la grandilocuente Grámática Universal aprendida para escribir, por fin, desde su cuerpo; no a pesar de este, ni por encima de este”.

Continúa Irusta explicando a qué se refiere exactamente con la coñoescritura y dice así: “Cuando creé el concepto de “coñoescritura” quería aludir al proceso orgánico de escritura desde el cuerpo cíclico. Se trata del cuerpo diciéndose desde una lengua denostada e incluso prohibida, una lengua no reconocida por la RAE, donde las palabra se (re)crean e inventan desde la imperiosa necesidad de nombrarse de acuerdo a una misma. Porque nosotras habitamos el limbo de las palabras. Lo que no se nombra no existe”.

Pues bien, es aquí a donde yo quería llegar. El proceso de escribir desde nuestros cuerpos, conociéndonos, con la voz de nuestros coños es algo necesario para las mujeres, para nombrarnos, para pensarnos, para crearnos un lugar en el mundo simbólico que ha sido el reinado de la masculinidad. Durante mucho tiempo, las mujeres hemos tenido prohibida la profesión de escritoras y cuando por fin pudimos entrar a ella se nos catalogó como “literatura para mujeres” mientras que la literatura escrita pro los hombres siempre ha sido la “literatura universal”. El caso de J.K. Rowling ejemplifica muy bien lo que quiero explicar. La escritora del fenómeno literario de toda una generación firmó su primera novela de Harry Potter ocultando su nombre por temor a que los niños (varones) no quisieran leer una novela escrita por una mujer. Las mujeres hemos tenido que silenciar la voz de nuestro coño o esconderla bajo pseudónimos masculinos para poder expresarnos porque ya en la infancia lo femenino está infravalorado, porque los chicos no quieren leer “novelas para mujeres”. Sin embargo, las mujeres siempre hemos leído esas “novelas universales” en la que nuestra voz brillaba por su ausencia y donde los hombres nos han contado desde su mirada masculina y patriarcal.

Después de estas lecturas, decidí coger aquella libreta en la que practicaba la escritura automática y cuál fue mi sorpresa al darme cuenta que, en verdad, lo que estaba haciendo con esa libreta era la coñoescritura, que en la mayoría de textos hablo con mi cuerpo, de cómo me siento y hay innumerables referencias al ciclo menstrual, casi todos los textos más viscerales están escritos en premenstrual, esa fase en la que, como bien dice Erika Irusta, hablamos con la rabia y nos expresamos sin importarnos lo que vaya a pensar de nosotras el sistema patriarcal. Qué casualidad que justo mientras escribo estas líneas también está hablando mi cuerpo premenstrual.