Cristina Cifuentes y la meritocracia

Por favor, no perdáis la perspectiva con los últimos avances en el ya afamado “caso máster”. Que no vire la atención sobre detalles que son serios, pero no determinantes. Un delito de falsificación documental a manos de quienes atesoran el saber de una institución pública de creación de conocimiento es grave, pero, de verdad, lo es mucho más la espeluznante cadena de presiones que han motivado este detalle serio, pero no determinante. El profesor Enrique Álvarez, director del Máster en Derecho Público Autonómico de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) que Cristina Cifuentes asegura haber cursado y concluido en verano de 2012, ha reconocido que el acta de defensa del Trabajo de Fin de Máster (TFM) presentado el pasado día 21 de marzo —unas horas después de que se desatara el escándalo— por la presidenta de la Comunidad de Madrid como prueba de su honorabilidad es falsa, una “reconstrucción” que le habría encargado el mismísimo rector de la universidad, el señor Javier Ramos.

Y ahora empieza el juego del despiste. El “pito, pito, gorgorito”, ya sabéis. La búsqueda incansable de cabezas que cortar antes que destapar todo un mecanismo que lleva décadas funcionando por la supervivencia del sistema de clases vestido de democracia. He oído por ahí que se dice “neoliberalismo” y que tiene como máxima la apertura de un mundo de posibilidades a todos los individuos que así las quieran aprovechar. No suena demasiado mal. Se supone que, bajo esta premisa, todos y todas podríamos llegar tan lejos como nos propusiéramos a través del esfuerzo y del mérito. Claro que tal vez deberíamos replantearnos algunas cuestiones al respecto, como si existen o no límites éticos en esta carrera individualista o cuán poco nos puede llegar a importar la vida de los demás impulsados por el inmerecidamente exaltado espíritu de competición.

Cristina Cifuentes ha actuado en consecuencia a su convicción ideológica. Porque aquí todo vale, porque nadie ha dicho qué medios son más o menos adecuados para alcanzar la cúspide y porque en ninguna parte ha quedado escrito que tejer toda una red de contactos sometidos a tu propia posición política y prestigio social constituya ninguna falta a la esencia misma de la meritocracia. Al fin y al cabo, esas artes de persuasión, como su imperturbable semblante mientras narra en un tono sorprendentemente convincente un discurso de mentiras, no dejan de ser mérito propio de la presidenta de la Comunidad de Madrid y cabeza del Partido Popular a nivel autonómico. Su esfuerzo le habrá costado cagarse en todos los controles democráticos en su camino hacia la gloria individual que, al mismo tiempo y como en una especie de círculo de favores que se retroalimentan, sirve a la victoria colectiva de toda una clase: la élite.

Pero, ¿sabéis que es lo peor de todo esto? Que ella misma nos lo ha estado diciendo, en cada comunicado, en cada rueda de prensa, en cada comparecencia ante su oposición política en la Asamblea de Madrid. “Yo no soy docente ni he tenido nunca intención de serlo. ¿Alguien de verdad puede pensar que si yo me hubiera querido vincular al mundo académico como profesora asociada no lo hubiera podido hacer?”; así, sin pelos en la lengua, la señora Cifuentes reconoció que si se matriculó en el máster de la discordia fue, meramente, por inquietud intelectual, y no con el objetivo de que le sirviera como trampolín para doctorarse y dedicarse a la enseñanza superior en algún momento de su carrera. Aquella rueda de prensa que siguió al Pleno extraordinario convocado por el parlamento autonómico de Madrid para tratar con exclusividad el asunto, se celebró en una sala diáfana, sin una sola silla, sin micrófonos para las decenas de periodistas que, tomando notas como podíamos sentados en el suelo y esquivando pisotones de los que buscaban incasables la imagen de portada, escuchamos atentos un montón de explicaciones que sabíamos falsas y dejamos escapar perlas tan esclarecedoras como ésta. Porque, efectivamente, si ella quisiera, podría ser profesora, igual que se ha sacado un máster en una universidad pública sin pasarse por clase, sin hacer exámenes, sin presentar su TFM.

Pues eso: meritocracia neoliberal, pura y sin cortar.